La Casa Vecina

Leo Mendoza

De los naranjos nacían ramos de flores donde anidaban las palomas. El jardín era tan viejo que aún guardaba un desvencijado carruaje en el que los niños jugaban a Hopalong Cassidy y al Llanero Solitario.

Se descolgaban de las vecindades aledañas, de aquellas casas carcomidas donde habitaban modestos cuartuchos para gozar de libertad y del espacio. Sóstenes llegaba con sus tres hermanos y buscaba en los árboles frutales algo para engañar al hambre.

A veces, en las mesas colocadas bajo las arcadas que rodeaban al patio, descubrían leche, galletas, bocadillos. Sus madres los regañaban por devorar aquellos alimentos que, sin lugar a dudas, no les pertenecían. Pero los dueños los dejaban ahí para que se saciaran.

Las viejas decían que era una casa embrujada, habitada por monstruos, brujas y hechiceros, pero ni así conseguían atemorizar a los niños.

Ellos acompañaban a la mujer sin cabeza cuando se encaminaba a la cocina en busca de té. De las alacenas surgían metros y metros de tela multicolor que uno de sus antiguos novios, un prestidigitador, olvidó ahí. Pero aquella búsqueda aliviaba a la buena señora de su migraña y se retira a sus habitaciones vaporosa, etérea.

La niña serpiente jugaba con ellos a las escondidas y amaba con pasión a Ramiro, el más pequeño de los hermanos. Se ocultaban juntos, comían en el mismo plato y alguna vez con esa lengua bífida con la que hablaba de la maldición de sus padres, dijo que el pequeño parecía un ratón, un tierno animalito y Sóstenes vio cómo saboreaba la carne de su hermano, pero ni aún así dejaron de visitar la casa.

Y cuando la mujer araña llegaba de visita los niños tenían que andar con cuidado para no pisar sus felpudas patas. Ella les tejía suéteres y chambritas, carpetas de centro de mesa y aunque algunas de las prendas estaban elaboradas con un estambre pegajoso, ellos las aceptaban y lucían en las fiestas de la vecindad los altos cuellos Mao y los chalecos cerrados con rombos multicolores. Wenceslao, el mediano, se vistió con esa ropa hasta su ingreso a la universidad ya que no sólo era fuerte y resistente sino que, con el paso del tiempo, se amoldaba a su cuerpo como un guante a la mano. En la casa, la madre utilizaba las carpetas para atrapar todos aquellos insectos molestos que merodeaban en su cocina: moscas, cucarachas y hasta un pequeño ratón al que los niños adoptaron como mascota y le enseñaron a hacer trucos y correr dentro de una rueda de metal para ganarse un trozo de queso soñando con que alguna vez podían ser compañeros de sus vecinos, los artistas.

El espectáculo que más amaban los niños era el de la mujer mariposa. Casi todos los días, por la mañana, antes de ir a la escuela, saltaban el muro y se detenían delante de un centenario roble donde aquella mujer dormía arropada por una manta de seda. Dormía como murciélago o vampiro -decían las viejas chismosas- y amaba despertarse a la luz del sol y pasar el día revoloteando entre las flores. Ellos, que habían visto todas las matinées de Drácula, sabían que el calor del astro mataba a los insepultos. Ella por el contrario, lo adoraba. Así que no le temían y esperaban gustosos a que la luz tocara los pliegues de su capullo para que extendiera sus alas. Al hacerlo los bañaba con polvo de estrellas que los hacía ir a la escuela felices y brillantes. Era maravilloso ver cómo sus ojos, enormes, se abrían entre los gritos de los niños y luego, muy lentamente, como un bebé en sus primeros pasos, caminaba entre los árboles y las plantas del jardín olisqueando las flores.

Sóstenes amaba su delicadeza, la manera como sostenía las dalias entre las manos para probar su aroma. Así vivía, oliendo petunias y siemprevivas hasta que llegaba el ocaso y se envolvía de nuevo en su frazada y se colgaba plácidamente de una de las ramas de aquel árbol que se erguía orgulloso en el centro del patio.

El mago era espléndido aunque a Sóstenes le caía mal porque algo turbio creía adivinar en su mirada y porque sus trucos siempre eran oscuros, misteriosos, como nacidos de un rencor profundo. Los animales que surgían de la chistera huían aterrados de su presencia y las cartas que utilizaba en los trucos de mano tenían figuras que a varios de los niños les helaban la sangre: la dama estaba decapitada y el rey colgado cabeza abajo mientras que los caballeros eran descuartizados por sus propias monturas. Él les decía que era hijo de jacobinos y por ello su ferocidad contra la realeza pero nadie supo a ciencia cierta de qué hablaba... Al mago le gustaba enredar a todos los habitantes de la casa. Hacía bromas que divertían a los niños pero que mostraban la negrura de sus entrañas: alguna vez desapareció las alas de la mujer mariposa; en otra rasuró a la mujer barbuda y una más partió por la mitad a la niña serpiente enamorada de Ramiro. No era malo, pero deseaba con pasión a aquella mujer a la que Sóstenes amaba. Pero eso sólo lo supieron mucho tiempo después, cuando la noticia apareció en los periódicos.

La casa estaba llena de animales que eran para los pequeños una maravilla: un loro que hablaba de Maximiliano, el emperador, y un caimán sin dientes al que, como a un niño de brazos, le preparaban una papilla. Un ejército de perros saltaba entre los aros; se balanceaba sobre enormes pelotas y algunas veces, alejados de la vigilancia del entrenador, solicitaban que les ayudara en sus tareas el más viejo y sabio de aquellos animales, la yegua Centella que sabía sumar, restar, multiplicar y adivinaba el futuro aunque nunca fue muy lista para las divisiones y la raíz cuadrada.

Para los pequeños lo máximo era el circo de pulgas y su entrenador Marcelo. Cuando él estaba en casa todos se arremolinaban alrededor de la pequeña vidriera donde los insectos, vestidos elegantemente -unos de etiqueta y otros folclóricos-, realizaban todas las suertes: estaba el hombre fuerte que levantaba pequeñas pesas policromas y también la niña que en una carreta iba a sacar agua del pozo y los trapecistas, los saltadores, los bailarines de tango. El colmo de todo era cuando el domador de aquel diminuto circo sacaba a sus animales a comer: abría una pequeña puerta de la vitrina y colocaba ahí su antebrazo. Los insectos se acercaban cautelosos y se prendían a la piel hasta quedar saciados. Para los niños aquella comida era fascinante lo malo es que el domador dejó de ir cuando dos de sus estrellas se fugaron saltando al pelo revuelto de dos chiquitines. Las pulgas que poblaron la vecindad, antes que entre todos los vecinos cooperaran para fumigar, eran extraordinariamente habilidosas: saltaban de perro en perro, de cama en cama, se escabullían a las manos más expertas en el arte de espulgar. Y lo que era peor, sus hijos las admiraban y celebraban sus hazañas. De ahí que un tiempo todos anduvieran pelones y oliendo a DDT.

Todo esto era la casa vecina por eso, cuando el circo se fue y en la gira el mago intentó envenenar a la mujer mariposa ellos ya no volvieron a ser los mismos. Los periódicos dijeron después que no era la primera de sus víctimas, que antes ya había atentado contra algunas de sus novias para convertirlas en atracciones de la feria. Se lo llevaron a las Islas Marías pero en el camino se volvió humo.

La casa se cerró a piedra y lodo y años más tarde fue derruida. Donde estaba el jardín levantaron un multifamiliar de varios pisos. Un edificio frío y gris en cuyos corredores, muy de tarde en tarde, Sóstenes lo sabe porque es dueño de un departamento, en los pasillos aparecen palomas y conejos y una lluvia de polvo brillante de la que nadie -ni siquiera los ingenieros de mantenimiento- puede explicar su origen.


Otro cuento de: Zool√≥gico    Otro cuento de: Circences  
Otro cuento del Mismo Autor   
 Sobre Leo Mendoza    Envíale e-mail
 Índice de temasÍndice por autoresEl PortalLo Nuevo
 MapaÍndices AntologíaComunidadParticipa

 

 

* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 10/Jun/00