Ente nocturno

Dan Lee

Espero en la oscuridad, mi eterna aliada. Los minutos pasan, heraldos de las horas. Permanezco en mi refugio, azotado por la sed y el hambre, impaciente.

 

Después de mucho tiempo de permanecer en mi estado latente, he despertado. La cercanía de los humanos, su calor, su sangre, es lo que me ha traído de vuelta al mundo; a ese mundo del que tuve que huir hace tanto tiempo por falta de alimento. Se encuentran en un periodo de agitación que los trajo a hurgar cerca de este espacio, tal vez aún me recuerdan y buscan darme muerte. Mala fortuna, perros, ya tienen mi atención. Ahora no descansaré hasta saciarme.

 

En este escondite es donde habitaron mis ancestros, los cuales fueron erradicados por los humanos en decenas de purgas masivas; no pueden soportar que bebamos de ellos sin ser detectados. Supongo que lo consideran una burla a su sobrevalorado intelecto. Por la razón que sea, lograron dejarme solo y como último miembro de mi clan debo tomar venganza por el honor y la memoria de aquellos que me antecedieron. Comeré hasta hartarme. Sembraré el terror con una nueva dinastía de los nuestros. Hordas, oleadas invadirán los hogares, las ciudades. Volveremos a ser lo que fuimos alguna vez.

El primer paso será acabar con esa familia de asesinos en la que he concentrado mi odio. No olvidaré el día en que, al regresar de una expedición en busca de otras fuentes de alimento, encontramos a centenas de miembros del clan masacrados, mutilados, partidos por la mitad; algunos sumidos en una incomprensible inmovilidad. En la huida perdí a mis otros compañeros, menos ágiles de mente que yo.

Tuve que tragar mi coraje, esperar el momento adecuado para contraatacar. De noche, no puede ser de otra forma. Deben estar distraídos, lo suficiente para que descuiden a las crías, sus puntos más débiles. La espera ha sido larga, mas hoy obtendré mi recompensa.

 

La noche cayó hace un buen rato. Escucho a los imbéciles andar de aquí para allá; algo traman, pues se mantienen cerca de una suerte de luces que no paran de parpadear, amén de que la han pasado entre cánticos y danzas. Seguramente de alguna forma se enteraron de mi presencia, saben que no solemos atacar lejos de las tinieblas. Tal vez descubrieron una forma de pasar las noches sin sueño. Maldita estirpe.

Un golpe de fortuna. Cerca de mi escondite, una luz se ha apagado. Percibí la tibieza de una cría dormida al fondo de esa habitación. En cuanto la dejen sola, es mía.

Abandono mi refugio y me dirijo sigilosamente hacia mi víctima. Sé que sus rasgos chatos inspiran a los humanos a protegerlo. Lo único que yo siento es sed, hambre.

Muerdo, comienzo a succionar. La herida deja escapar el líquido generosamente. Para los de mi especie no existe un placer mayor que la sensación del hocico rebosante de sangre. Bebo hasta derramar el elixir entre carcajadas. Así sabe la venganza.

Súbitamente, mi víctima se mueve, se sacude y me arroja hasta dar con la espalda en el suelo. El dolor es nulo. Estoy listo para el juego, siempre lo estuve y no hay nadie mejor que yo para la huida. En cuanto me incorpore…

Una extraña nube avanza hacia mí, me cubre y se adhiere a mi piel con tacto ardiente y ácido. Me falta el aire. Intento escapar, pero el rocío venenoso parece estar por todas partes. ¿Qué nuevo artilugio ha inventado esta raza maldita para acabar con nosotros? Nunca lo averiguaré. No puedo respirar más, el fin está cerca. Estirpe de perros, ¡maldita sea por siempre y para todas las eras!

Moriré con dignidad. Muestro la cara a este crío que logró derrotarme. Fue superior; porta aún en la diestra el objeto de metal que disparó mi caída. Merece el reconocimiento postrero de nuestra especie. Mueve los labios. Me atengo a su cruel sentencia:

“Tenga su navidad, puta... Ire, jefa, ¿no que ya no había chinches?”


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 27/Abr/11