Wallace y ella
Daniel Terrones
Llegó a visitarnos un fin de semana, por la tarde. Traía un pantalón ajustado, de casimir, con grandes campanas. El pelo negro a la altura de los hombros se adhería perfectamente a su cara, redonda y blanca. Era Sandra, la amiga de Isabel, mi mujer. Yo estaba un poco molesto, quería dedicar la tarde a leer mi libro sobre Charles Wallace, un explorador inglés que viajó al África en el siglo XIX para estudiar las costumbres de los massao, una tribu de pescadores y constructores de canoas, recién descubierta en esa época. Me encontraba en la parte más interesante de mi tesis, donde quería comparar las costumbres de este pueblo africano con las que prevalecen en algunas comunidades negras del Caribe. Pero esa mujer estaba ahí, en la sala de nuestra casa, con su risilla sincopada y un vaso de ron con soda que le serví de muy mala gana. Isabel y yo discutimos en la cocina. Le dije que estaba muy ocupado, que cortésmente me despediría de ella para irme a leer a la recámara. Isabel insistió en que me quedara. Gracias a Sandra, explicó, había aprobado un difícil examen de química en la secundaria. Gracias a ella, me dijo también, había conseguido su primer novio. Acepte quedarme, pues no quería seguir escuchando sus necedades. Según Wallace si un massao visita a otro en un momento inoportuno, cuando la tribu se prepara para ir a cortar árboles por ejemplo, se le obliga a trabajar para el agraviado por un lapso de 30 días y 30 noches. Yo a esta tipa la pondría a sacar apuntes del libro de Wallace y a ordenar mis copias fotostáticas por un año. A Sandra, con todo y su risa histérica y sus ridículos zapatos de plataforma de corcho. Cuando por fin se acabo la velada, Isabel se fue en el auto a llevar a la tipa a su casa. Más aburrido que un tornillo, me fui a dormir esperando con pavor el irremediable regreso de mi mujer, que cada vez me tenía más harto con sus interminables y consabidas anécdotas de la secundaria. A la semana siguiente fui a la biblioteca de la universidad. Consulté un mapa de África con la localización de las mas diversas tribus descubiertas a principios del siglo XIX. Renové el préstamo de mi libro y salí al campus. Lucía espléndido, casi idílico, con sus grandes áreas verdes y unos edificios geométricos alrededor. Todo me gustaba, menos dos jóvenes de pelo largo que perdían el tiempo tocando la guitarra bajo los árboles. Según el viejo explorador, entre los massao no había tiempo para la holgazanería. Si un individuo era sorprendido flojeando bajo una palmera en horas de trabajo, se le quitaban su choza y sus herramientas y servía al jefe de la tribu hasta que se consideraba que el castigo fuera suficiente. Digamos, unos seis meses. Yo a este par de vagos los hubiera puesto a destapar los excusados de mi casa y del edificio entero por medio año. Animado por estos pensamientos me dirigí al estacionamiento. Varios muchachos de las facultades caminaban con mochilas y cuadernos en la mano. Más allá, en una explanada, varios vendedores de libros ofrecían a gritos su mercancía. Mi auto estaba cerca de ahí. El aire empezaba a darme de lleno en la cara. Abrí la puerta del auto con dificultad porque traía las manos llenas de cuadernos y de papeles. Al hacerlo, una carpeta se me cayó al piso. Me incline desde el asiento a recogerla, y fue cuando vi otra vez esas suelas anchas, de plataforma de corcho, sobre el vimento. Subí la mirada, y en el trayecto pude ver unas medias negras, una minifalda oscura y un rostro claro, encerrado por un pelo negro, y que no dejó de soltar una conocida risa histérica: era Sandra.
–Hola, que haces por aquí –dije por decir algo. Llevaba prisa, me esperaba mi
tesis.
–Doy clases aquí en la universidad –dijo, y volvió a reír.
–Ah, sí. ¿Lo comentaste la otra tarde, no? –dije algo aburrido–. ¿Clases de
que?
–Lectura de mapas, en el Instituto de Geografía.
–¿De veras? – dije un poco incrédulo, poniendo las manos sobre el volante y
sin dejar de verla–.¿Qué mapas?-pregunté.
–Los que realizaron los exploradores de los siglos XVIII y XIX.
–¿En serio?– dije más interesado–. Yo estoy haciendo mi tesis sobre Wallace.
y su trabajo sobre los massao.
–No me digas– casi se metía al auto–, tengo un libro que habla sobre sus
exploraciones.
Fue inevitable. Ofrecí llevarla a su casa a cambio de que me prestara el libro.
En el camino cruzó una pierna y yo no podía dejar de echarle un vistazo de vez en vez. Para conquistar a una mujer, el massao varón lleva ante ella los utensilios que son producto de su trabajo como lanzas, canoas, palos de pesca, etc. Sí el trabajo es impecable, la massao hembra no podrá resistirse a los deseos de su pretendiente. Así, mientras evadía el tráfico metiéndome por calles poco transitadas, le hablé a Sandra de mi investigación, del ahínco con que consultaba los libros, de todos los mapas que había revisado. Ella no dejaba de abrir sus ojos claros y yo descubrí que era muy bella cuando no reía. Subimos varios pisos antes de llegar a su departamento. La pared de la estancia estaba tapizada con reproducciones finas de algunos mapas del siglo XVIII y un librero de madera lucía varias enciclopedias geográficas.
–Acomódate, en ese cajón están las bebidas–dijo señalando el librero–. Voy por el libro–.
Y se fue a una de las habitaciones. Yo abrí un cajón y saque dos vasos de vidrio junto con una botella de ron. Había globos terráqueos por todos lados, de metal, de madera, inflables. Más allá, en una esquina iluminada por una lamparilla, estaba su mesa de trabajo con papeles, libretas y escuadras de dibujo. Apareció Sandra luego con un delgado libro de pastas rojas y solapa de color. Lo revisé mientras ella se servía un trago. En la contraportada leí que se trataba de un explorador holandés que visitó a los massao en un viaje muy posterior a los realizados por Wallace. Nunca había oído hablar de él. Con un vaso en la mano, Sandra camino hacia su mesa de trabajo y sentándose sobre ella me miró insinuante. Guarde el libro entre mis cosas y la seguí. Permaneció en silencio cuando le quitaba la falda. Nos empezamos a besar mientras varios terráqueos inflables caían suavemente al piso.
Empecé a llegar cada vez más tarde a mi casa con el pretexto de la tesis. De esta ya ni me acordaba, porque pasaba todas las tardes en casa de Sandra. Bebidos, hacíamos el amor para luego ver su colección de mapas. Sobre estos planeábamos futuros viajes que realizaríamos juntos. Yo deseaba atravesar África, mientras ella se sentía más atraída por la Patagonia y los polos. Discutíamos en ese tono un rato para luego volver a hacer el amor. Regresaba a casa muy cansado. Mi mujer me esperaba despierta en la cama, con la lámpara encendida y una revista en la mano. Yo me metía bajo las sábanas a dormir sin hacer ningún caso a lo que dijera. Hasta que una de esas noches la encontré levantada en la sala y con un ceño muy agrio en el rostro. Empezó a reclamarme la falta de atención en que la tenía, que ya no hacíamos el amor, etc. Más cansado que nunca, quise ignorarla y me fui a dormir a la recámara. Era imposible, porque en seguida se puso a gritar como una histérica alrededor de la cama, jalando las cobijas y arrebatándome de la almohada. Ah, los massao ya sabían todo lo nefasto que pueden llegar a ser las mujeres, pensé. No gratuitamente sus espíritus malignos eran femeninos. Al día siguiente salí muy temprano del departamento, casi sin hacer ruido. Cuando llegué por la tarde a casa de Sandra, me encontraba de mal humor. Empecé a beber más rápido de lo acostumbrado cuando ella empezó a decir que sería maravilloso visitar el polo sur subidos en un trineo, viendo osos blancos y pingüinos a nuestro paso y no sé que más necedades. Siguió así un momento hasta que aventé mi vaso sobre uno de los mapas que tenía colgados en la pared. Enmudeció abruptamente, abriendo los ojos, muy sorprendida. Empecé a caminar por toda la sala, harto y molesto.
–Oye ¿Quién te crees– le gritaba–, para estar hablando de estúpidos viajes y pingüinos pendejos?
Sandra se levantó muy asustada y se acercó hacia la puerta buscando su bolso.
–¿Nunca piensas tener una familia, formar un hogar –seguía yo mientras
caminaba en círculos por toda la sala–. ¿No sabes que la mayor satisfacción para una mujer son sus hijos, su marido?
Se me acerco desafiante.
–Vaya, ya veo que eres un macho–empezó a gritar histéricamente–. Seguramente también serás un cornudo.
Enojado por lo de cornudo caminé hacia ella, pero estaba fuera de sí. Le temblaban los labios y apretaba los puños tenazmente. De pronto agarró una botella de ron por el pico.
–Opresor–me gritó y sus ojos adquirieron un tono de flechas encendidas. Su mano era firme sobre la botella.
–Fascista– me dijo mientras yo me dirigía hacía la puerta. No estaba jugando.
–Tú y tus fijaciones patriarcales–gritó.
Tomé mis cosas y salí muy rápido, oyendo tras de mi un estruendo de gritos y vidrios rotos. Bajé a la calle y subí a mi auto, prometiendo jamás volver. Recordé a mi mujer mientras cruzaba las calles. Entre los massao la infidelidad es muy castigada. Si un varón es sorprendido en compañía de una mujer ajena se le expulsa de la tribu, y sus pertenencias, incluidos esposa e hijos, pasan a la choza del jefe. Además, a él se le dan diez azotes y se quema a la mujer con quien se cometió el delito. Mi esposa jamás había leído a Wallace, pero igual estaba dispuesta a echarme. Ya me tenía junto a la puerta dos maletas que contenían parte de mis pertenencias. Harto, las agarré y me dirigía a la central camionera dispuesto a salir de la ciudad, deseando ver a Sandra colgada y en llamas. Cuando vi la calle ya nada me importó. Era de madrugada cuando llegué a la central. Con un boleto para Veracruz, fui un rato a la cafetería mientras salía mi pasaje. No estaba deprimido. Iba a retomar mi tesis hasta concluirla magníficamente. Ahí mismo me dio por volver a revisar mis notas y demás papeles. En medio de estos encontré el libro del explorador holandés que me prestó Sandra. Revisé el índice y encontré que el prólogo hacía referencia al libro de Wallace. Emocionado, busque la página y leí con estupor que en una incursión posterior al África, el holandés pudo comprobar la falsedad de los datos proporcionados por Wallace, que estaba más interesado por los viajes y sólo quería agradar la moral de la Sociedad Geográfica Inglesa para que le pagaran un nuevo destino, esta vez a Australia. Los massao, como se podrá leer en este libro, decía, eran entre otras cosas un apacible pueblo hedonista que se dedicaba principalmente a hacer el amor bajo las palmeras y a recoger los cocos que caían de éstas.
* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 28/Sep/10