Las hierbas de Carmen

Gabriela De la Peña

Uno es lo que observa. Por eso yo soy un árbol de otoño con tres ramas a cuestas. También soy mezcladora de hierbas. Me llamo Carmen y soy curandera.

ací en San Pablo Labrador, el rancho que me enseñó los secretos del día y de la noche en la sierra boscosa. Ahí aprendí mi oficio y los quehaceres de mi gente. También conocí ahí a mi Pancho, mi amado Pancho, que hace ya quince años y un día se nos fue de un infarto. Ese día maldije mi curandería entera, porque no me sirvió de nada para quitarle a mi marido un susto que le dejó el cuerpo más tieso que una piedra. Venía de la fiesta del Santo Cristo, donde había ayudado a montar unos anuncios panorámicos del Municipio. No sé qué vio mi Pancho a medio camino, pero llegó exaltado como si se le hubiera aparecido un muerto, y sólo alcanzó a decirme: “Vieja, vieja…”. Cayó fulminado como por un rayo. Sus manitas se le pusieron duras, duras. Vino Laurita, nuestra vecina enfermera, porque mi chiquillo fue corriendo a avisarle que se viniera con sus jeringas y su cajita de herramientas médicas; pero todo fue inútil, mi Pancho ya venía muerto desde varias cuadras antes.

Doña María me lo había advertido desde jovencita: “m’ija, tú vas a estar muy sola cuando te mueras”. Yo entonces tenía quince años, y mi Pancho era un toro de lidia, así es que no le hice el menor caso a Doña María, la curandera de San Pablo Labrador que me enseñó todo lo que sé de hierbas y de medicinas.

Mi Pancho y yo nos vinimos a la ciudad cuando éramos muy jóvenes. Fue aquel invierno que acabó con toda la cosecha de manzana en la sierra. No teníamos ni un quinto; ni el banco ni el Gobierno quisieron echarnos una mano. Nos dejaron olvidados allá trepados, como estábamos, en la sierra. Tuvimos que dejar lo poco que teníamos en encargo, y nos vinimos a la ciudad. Mi Pancho consiguió trabajo como albañil, porque bien habilidoso y bien fuerte que era. Yo me empleé como obrera, en la fábrica de chorizos de la ciudad.

Para comer nunca nos faltó, eso es cierto. Tampoco para vestirnos y para darnos una vuelta los domingos por la Plaza de Armas y comprar un elote caliente, sabroso, recién salidito del agua con sal que llevan los eloteros en su carretilla.

Y así estuvimos muchos años. Al rancho ya ni volvimos: quedaba tan lejos y teníamos tan pocos días de fiesta.

Me volví muy renombrada entre mis compañeras de la fábrica, eso fue porque yo les podía diagnosticar sus males y les llevaba alguna hierbita para que se aliviaran de sus dolores. No es que en el mercado tuvieran todas las ramas y las plantas que yo conocía, pero como siempre supe arreglármelas con lo que hubiera, luego luego les conocí sus propiedades y me dediqué a probar mezclas que se parecieran a las que yo había preparado antes con Doña María.

Todo, toditito podía yo curar; desde un simple dolor de cabeza hasta los cólicos más insoportables de mis compañeras. Metía mis mezclas en unas bolsitas de plástico y repartía remedios en los minutos de descanso en la fábrica.

“Carmelita, una cura pa’ la tos, mi niño no se levanta de la cama para ir a la escuela”, me decían; y yo que siempre tuve alma de benefactora, sacaba mis bolsas de inmediato y preparaba las hierbitas en un dos por tres. “Este se lo preparas con agua caliente, lo más caliente que aguante la criatura, y le agregas dos cucharadas de miel de maguey, esa que te traje la vez pasada”. “Lo tapas hasta el cogote con todo lo que tengas, pa’ que sude cómo Dios manda, y lo dejas así toda la noche, manque llore de la calentura. Ya pa’l otro día lo vas a tener sano”.

Luego empezaron a venir a mi casa, me traían a todos sus enfermitos y asustados. “A este le hicieron ojo”, me decían, y ya con eso sabía yo qué tipo de hierba se necesitaba. “Esta muchacha se la pasa papaloteando, no entiende razones, está como jullida del mundo”, y con una cachetada y tres padres nuestros componía yo el asunto.

A veces me llegaban casos difíciles: quemados, atropellados y tartamudos. Para todos tenía yo remedio, porque nunca olvidé las palabras de Doña María: “Si estuvo bueno, bueno sigue”, y “Dios entuerta y endereza”. Yo escuchaba lo que me decían los acongojados, hacía mis rezos de la curación, y dejaba que me viniera la solución de entre mis hierbas y mi experiencia.

No me quejo. Cuando el trabajo de la fábrica me quedó muy pesado por mi dolor de rodillas, pude salir adelante gracias a mi verdadero oficio, ser curandera. Ya no tenía que agarrar el camión para ir al trabajo y podía ganar un dinerillo sin salir de casa; porque, eso sí, gente que necesite remedios, nunca falta, bendito Dios.

Una vez vino a verme un joven, me dijo que era fotógrafo y sufría mal de amores. Él creía que yo podía hacer algo por él, “un té de tila, lo que sea, Doña Carmelita”. Yo le expliqué que el corazón no se sanaba con una hierba no más, que él tenía que poner de su parte para curarse. Lo primero era que tenía que hacerse a la idea de que la suerte de los enamorados es caprichosa y cambia su rumbo como los vientos de agosto: “ora pa’ cá, ora pa’ llá”. Le embarré en la oreja mi pomada hecha de tlanchalahua y estiércol de vaca y le di el té de tila que me pedía, no más pa’ que no se fuera a la cama con un vacío en el estómago.

Me explicó que llevaba meses observando a una muchacha que trabajaba en una farmacia, todos los días pasaba por ahí camino al trabajo, y allí estaba ella a las ocho de la mañana en punto, fresca como margarita, detrás del aparador de vidrio. Un día se atrevió a entrar a la farmacia a comprar unas aspirinas. La muchacha lo atendió cortésmente y le regaló una sonrisa junto con el cambio del billete. Desde entonces, él no dormía pensando en su carita de luna llena y en qué hacer para invitarla un domingo al baile.

Pasaba cada mañana por esa calle, sólo para verla detrás del aparador y con la esperanza de que ella volteara mientras él cruzaba por ahí. Se había imaginado ya, hasta el vestido que ella llevaría el día que le pidiera que fuera su novia. Entonces una mañana de jueves había conocido la terrible verdad: ese día ella estaba acompañada en el mostrador, y no sólo eso, justo cuando él había decidido invitarla a salir, ella se besaba apasionadamente con un hombre que le acariciaba el cabello. Quiso morirse. Nunca había sentido espinas en el corazón, por eso se le estaban yendo las fuerzas con cada respiro.

“Vas a untarte esta pomada cada noche, hasta que se te acabe. Te aguantas el olor porque es para ahuyentar los malos sueños, y al otro día te lavas muy bien toda la oreja, porque si no, vas a ahuyentar a tu verdadero amor. Ten mucho cuidado con esto”.

Luego vino a verme una señora, traía a su muchachita de trece años. “Esta niña me regresa de la escuela como fantasma, casi no come y se pasa las tardes llorando. No quiere nada y tampoco me dice qué le pasa”. Le ordené que me mirara a los ojos bien directo y que no parpadeara ni volteara la cara. Miré profundo en sus ojillos, en sus pestañas, en sus ojeras. Me di cuenta de que alguien le había echado la mala voluntad de las envidias, que es tan común a esa edad en que las hormonas traen como locos a todos los escuincles. Vino en mi ayuda el repertorio de las telenovelas. Ahí siempre hay algún remedio para la gente que siente una presión en el alma y no sabe cómo nombrarla. Le aconsejé ver la novela de las siete de la tarde, en la que los artistas siempre tienen alguna lágrima que provocarnos cuando no podemos más con una pena que nos oprime el pecho. También le preparé un remedio para abrirle el apetito y las ganas de vivir, mezcla de flor de naranjo y phitoleca, “se lo das con leche de cabra”.

No soy bruja ni adivinadora. A veces me llegan mujeres desconsoladas que quieren saber si sus maridos o entenados les están poniendo los cuernos. Yo las veo muy desesperadas, entonces les digo “no soy adivina, no le hago a las cartas ni a las estrellas, pero si quiere una hierba pa’l susto, le preparo un tecito y nos echamos unos rezos”, porque un consuelo no hay que negárselo a nadie, nunca.

Yo pienso en mi Antonio, el hijo que se me fue de mojado pa’l otro lado; de puro curioso, porque la verdad es que pudo haber conseguido trabajo como albañil aquí en la ciudad, como hacía su padre. Pienso en mi Antonio y cuando le doy un consuelo o un remedio a alguien, luego luego le digo al Bendito: “así como curo los males del cuerpo, así cúrame tú a mi Antonio que está tan lejos”. Vaya usté a saber si se enferma de gripa o de la garganta cuando anda haciendo sus labores en el campo de los gringos, porque no es lo mismo recibir una carta y un dinerillo suyo de vez en cuando que poder vicentearlo de cerquita cada día… ¡cada vez se me va más lejos! Al principio creí que volvería pronto con su cartera llena de dólares y su ansia de hacer dinero ya apaciguada, pero después del primer año, me escribió diciendo que se iba pa’ otro lado, más al norte de los Estados Unidos, y luego en los años siguientes se ha ido yendo más pa’ arriba, ya casi me llega a Canadá.

A ver si va a ser cierto lo que me decía Doña María y estiro la pata antes de que regrese mi Antonio. Yo, por si las dudas, ya estoy preparando mi propio remedio, ese que me va a permitir volar hasta donde está mi Pancho un día de estos. Soy muy cuidadosa con mi experimento de hierbas, porque tampoco se trata de dárselo a alguien por error o ponerlo en manos de alguna persona que no tenga criterio del bueno para usarlo. Lo malo es que no tengo cómo probarlo. Me da cosa dárselo hasta alguna rata, no vaya a ser que me cobre el Bendito eso de andar matando con hierbas, manque sea para una buena causa: mi descanso eterno y el de la gente que me rodea; porque eso de ser una carga para otros, a mí no se me da de ninguna manera.

Creo que no me queda mucho tiempo, estoy vieja y a veces me fallan la vista y la memoria, quién sabe si de tanto que he visto y he suspirado en silencio. Me estoy preparando ese remedio para la muerte y sé que funcionará cuando lo necesite, por eso estoy tranquila. Meterse un plomazo ¡ni Dios lo mande!, que luego no vayan a culpar a algún inocente de entre la gente que vive conmigo en la vecindad. Mejor quedarme dormidita con mi remedio, pasar al otro mundo durmiendo como criatura recién llegada a éste, y que ya no más le avisen a Antonio que morí en paz.

Así es que así voy cada día, a busque y busque el remedio que me mande al más allá cuando sienta que ha llegado el momento, pues como dije, soy curandera, y creo que nací para serlo no más para poder morir cuando yo quiera.

Eso no me lo enseñó Doña María, eso ya es cosa –y a mucho orgullo- de “Carmen, la curandera”.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 12/Sep/10