El plan

James Martell

Deberá hacer el plan. Si quiere continuar con esto. Si quiere todavía poder marchar con por lo menos la semblanza de seguridad, de puntos de reparo. Deberá mencionar ciertas esquinas, ciertas calles, así como decir la hora, dar a conocer la inclinación de la luz, al igual que toda ocasión de sombra. Deberá consultar ciertos mapas, ciertos almanaques (especialmente de granjeros), así como—todavía más importante—un calendario. Tal vez deba también confiarse a los diccionarios, electrónicos o impresos. Esto podría llevarle asimismo a discutir ciertos datos, ciertos eventos, con algunas personas, especialistas o no en sus materias. Todo esto será necesario, lo es ya. Si no, él no podrá continuar su marcha. Tal vez requerirá también de un nombre, o por lo menos de una sigla. 'Él' no será suficiente. De acuerdo con su atención a lo azaroso, escogerá uno simple, con pocas asociaciones, así Hylò, Kit, o Pet. O tal vez uno largo Guillermo, Santiago o Arthzeulo. O simplemente, Osckar, con las dos consonantes remarcándose para evitar la identificación apresurada. Deberá decidirse. Pero aún con el nombre elegido, todavía deberá recomenzar. No sólo desde cierto lugar, sino también desde cierta historia de lugares, transcurridos y/o estancados. Mas cuidando no pecar demasiado ni de un lado ni del otro, evitando demasiado sueño y demasiado desplazamiento. El plan tendrá que marcar esto, que escoger el momento (tal vez con una flecha) cuando un movimiento será la orden, así como cuando se observará la falta de movimiento. Así el plan se acordará como una partitura, incluyendo al tirano y a los esclavos. Siempre alejándose lo más posible de la música, de todo aquello que podría ser llamado musical. El peligro de la tonada deberá ser evitado completamente. Por eso, o para esto, es que él, Osckar, ha decidido escribir esto. Escribir el plan, y después la historia.

En cierto momento, él se dio cuenta de que el relato tenía que ser precedido, que el deseo del relato no era suficiente. Antes de contar, había que detenerse, dirigir aún los ojos mismos antes de observar. Ordenarlos. Bajo o sobre el plan. Había que controlar, que detener la capacidad y la tendencia de las imágenes, o más bien de lo ilimitado entre las imágenes. Así para comenzar se situó en cierta estación de metro, en cierta ciudad. Pero aún en este lugar el plan no estaba listo. No había posibilidad de moverse, de comenzar, hasta que todo estuviera trazado, aún en lo indeterminable de tal 'todo'. Había que, o más bien habrá que confiar en la ceguera, en tal punto ciego sobre el plan, precisamente en el lugar donde él, Osckar, puede ver menos. Este punto no puede ser autobiográfico; como un vacío frente a la historia, frente al comienzo de la historia, tiene, tendría que ser lo que de ningún modo Osckar podría conocer, o dar a conocer. Así, él trata de escoger un instante, un instante olvidado o un olvido mismo. La muerte de tal personaje, o el viaje de algún otro. El despertar después de una de esas noches, o el desvanecerse al término de tal o cual orgía. O tal vez sencillamente un momento entre otros, un momento donde, la mirada perdida, la imagen no podía, no podría formarse. Pero ¿cómo decidir este momento? ¿Cómo circunscribirlo sin definirlo, y así demarcarlo fuera de la ceguera? Piensa en un cuerpo—se dice Osckar—en tal espacio de piel. Pero es inútil, el olvido, el punto se desvanece—Piensa en tal nombre, tal palabra que no puedas formular, hacia la cual todo tu deseo está dirigido—La palabra aparecía como algo más plausible, como la única posibilidad de recordar sin demarcar demasiado, sin terminar lo indefinido. Pero entonces, ¿cómo comprenderla dentro del plan? Y especialmente, ¿cómo considerar el plan como “terminado” desde esta palabra, desde este término impronunciable? Habrá que comenzar el plan sin haberlo terminado, sin haber terminado de concebirlo. Plan sin plan verdaderamente. Así, concebirse desde una estación que no sea tal, en una ciudad que no sea tal, a los cuales ambos, la palabra, las palabras les falten. Desde ahí la historia aparecerá como posible, encerrada dentro del deseo mismo de su relato. Por lo menos hasta el advenimiento de la palabra verdaderamente olvidada. Pero—piensa Osckar—¿y si la palabra, tal palabra, deviniera imagen nuevamente? ¿Rendirse? Tal vez, si tan sólo él pudiera dar esta imagen, pudiera confirmarla, recibirla de nuevo desde alguien más. Pero entonces, ¿qué sucedería con el plan? Tendrá Osckar que detenerse aun más, frente o dentro de la estación, tal vez preguntar a alguien ahí, confirmar un camino o el nombre con el cual denominan los habitantes a la ciudad. Con el cual los demás... No. Al final, no puede confiar esto a los demás, no puede dárselo. El plan no admite alguien más. Habrá que diseñarlo, habría que diseñarlo para que alguien más pudiera ser posible. El punto ciego, así, sería o será esta misma posibilidad. La imagen que no le pertenece, que no puede pertenecerle. La piel nunca vista, ni tocada, ni siquiera soñada. No sólo lo no sucedido, sino lo que ni siquiera puede suceder, ni siquiera concebirse. El plan imposible. El plan que sólo puede ser imposible. Habrá que concebirlo, él tendrá que concebirlo.

 

Comenzará así desde un árbol, de unos cuarenta o cincuenta años. Cubierto completamente de hojas, encerrado entre distintos arbustos, en el jardín de una pequeña casa, casi una cabaña en una ciudad del norte. Desde ahí comienza el recuerdo, de la ciudad, de la estación de metro, del mar mismo. Pero también el recuerdo de la casa, de la cabaña misma. Mientras escribe intenta asimilar o describir dónde confluyen ambos recuerdos. Hasta ahora el único punto es el silencio que envuelve los dos lugares. Dentro de este silencio aparecen también ciertos animales, topos, ratas, ratones, y caballos principalmente. Los caballos entran en la cabaña, antes un establo. Con sus ojos negros gigantescos descansan sudando bajo el calor del verano. Otros caballos corren sobre el pasto, mientras cuatro o seis avanzan frente a una carreta. Sobre la carreta una mujer saluda bajo un sombrero rosa extendido. En la cabaña el ruido de pájaros se mezcla al ruido del tren que se acerca. Por las ventanas uno puede ver los rostros de los pasajeros, a veces prisioneros, a veces infantes de camino a un picnic. Algunos saludan hacia la ventana de la cabaña, otros permanecen con sus rostros contra el cristal, observando el vacío. Osckar comienza a narrarse algunas de las historias de las caras, de las manos que saludan, que se aferran, así como de las pesuñas que rasguñan, marcan el suelo. En todas las historias una figura se perfila, con la luz en la espalda, avanzando entre los árboles, las casas, o dentro de los túneles. La figura se reduce a veces, sentándose en una banca, o en cuclillas sobre el pasto. A veces se le ve de perfil, a veces casi de frente, borrándose y distinguiéndose entre el humo de un cigarro. La figura se demarca sobre una luz lejana, la luz siempre detrás de ella. Osckar quisiera imaginarla con un sombrero, un sombrero antiguo, pero no demasiado, de principios, de la mitad del siglo XX. Ahora la figura comienza a alejarse, precisamente entre los rayos o líneas de luz que se difuminan desde los árboles. Ahora nuevamente sólo hay el silencio, o el silencio es simplemente el espacio donde nada aparece. Imagina entonces una tonada, casi un silbar. Los caballos recomienzan, las luces se reflejan desde puntos distantes, ahora una carreta, ahora un camión de carga. De repente el rugido y el temblor de un gran vehículo pasando por la autopista. Todo sucede como si se pudiera salir de la casa, de la cabaña. Aunque Osckar se da cuenta de que saliendo, permanece todavía ahí. Avanza entre los arbustos, sus pies destrozan ciertas piedras al entrar en la autopista, las luces se ven ahora más lejanas, aunque algunas parecieran acercarse. Él describe todo esto desde la cabaña, incluso su propio retorno cuando la autopista se vacía nuevamente. Incluso aún el sonido de su voz llamando afuera de la cabaña. La estación de metro vibra mientras él espera. Algunos pasajeros comienzan a observarlo. Uno de estos pasajeros sabe su nombre, conoce el nombre que él mismo se ha designado. Osckar respira de alivio cuando el tren por fin arriba. Se acerca a la puerta, tira de la palanca y entra intentando replegarse lo más posible en el rincón entre los asientos. Él no sabe quién es el pasajero que podría llamarlo, y en cierto modo no desea saberlo. En su rincón, abre su maleta, saca un libro, y comienza a intentar concentrarse. Aunque nunca ha leído este libro, algo en él le recuerda otro texto, uno que había leído en la cabaña. Se trataba de un libro de instrucciones, de recomendaciones y de puntos desde donde poder comenzar. Alguien se mueve ahora en el vagón, y Osckar debe retirar la mirada de la página. Al mismo tiempo capta su mirada reflejada en la ventana. El tren comienza a montar en diagonal ahora, la luz lo invade desde los vagones de enfrente, hasta que Osckar tiene una vista de toda la ciudad, o de lo que él llamaría la ciudad. Sobre él el cielo inmenso con muy pocas nubes; debajo, un terreno baldío gigantesco. El otro libro le decía que no había realmente lugar desde dónde comenzar, ni tampoco un momento. A lo mucho, el punto 'hoy'. 'Hoy Osckar está todavía en la cabaña, mientras describe esto.' Desde aquí puede ver otras vías, así como dos o tres personas que esperan la llegada de otro tren. Aunque intenta, y logra leer el nombre de la estación, para cuando comienza a escribirlo ya lo ha olvidado. En la cabaña entra una brisa ligera, lo cual lo invita a levantar la mirada de la hoja. Osckar piensa entonces que por aquí debe de estar el libro, el libro del comienzo, de la teoría. Pero por ahora no puede levantarse. Sus manos sudan un poco, la estación donde él debe bajarse debe de estar cerca. Intenta entonces pensar cómo debe dirigirse a alguien si es que alguna persona decide o se encuentra en la necesidad de hablarle. Ninguna palabra le parece perfecta, así que se decide por 'ciao' como lo más cercano a lo universal que él pueda encontrar. El tren comienza a detenerse y, entrelazando sus manos y encogiéndose de hombros, Osckar sale del vagón. La luz le impide observar bien. Escucha el silbido y piensa que tal vez dejó el libro en otro lado, fuera de la casa, o aun que tal vez lo olvidó. Con su mano izquierda entonces se asegura que el otro libro todavía está en su maleta. Siente la forma y camina un poco más tranquilo. Así que ésta es la ciudad—dice—mientras se reclina en la silla dentro de la cabaña. El atardecer comienza a desvanecerse, invadiéndolo de un sentimiento de prisa, de urgencia. Alrededor de la cabaña se dibujan varios edificios, la mayoría de ellos muy altos, con ventanas de espejo; el sol está reflejándose desde las ventanas hasta los árboles, demarcando cada vez más unas líneas, ciertos rayos de luz que proyectan los árboles y los edificios. Alguien comienza a acercase a Osckar, entre el silbido y el rugir de los camiones él escucha claramente las pisadas. Una dos, una dos... éstas comienzan a amortiguarse, como si el suelo deviniera arena. Osckar debería describir esto. Así decide volver a buscar el libro. Pero sabe que debe de hacerlo rápidamente, que no queda mucho tiempo. Debería de tener todo listo, de haberlo escrito antes de que la figura llegue a él, antes de que lo toque. Ahora, entre los rayos de luz, más allá de los edificios y de los arbustos, una sombra comienza a aparecer de manera intermitente, dibujando aquí y allá líneas horizontales cada vez que cruza dos árboles, o dos columnas o monolitos. Osckar entonces comienza a palpar su mochila, la retira de sus hombros y busca dentro de ella con las dos manos. Debajo de varios folletos y mapas, encuentra el libro. Lo abre y comienza a buscar el pasaje. Una dos, pasa las páginas mientras la sombra se divide y vuelve a unirse. El pasaje, él lo recuerda sólo visualmente, es decir, no sabe exactamente qué dice, qué palabras tiene, sólo que está en el lado superior derecho. Osckar ya no escucha las pisadas, y las páginas ahora las pasa lentamente. Levanta la mirada y observa dos, tres líneas de luz que se expanden frente a sus pies, como si fueran a consumirlos. En el libro hay tres puntos separando dos párrafos. Pero él no reconoce ninguna palabra. Hoy...

El plan está hecho.

 


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 28/Sep/10