Caída libre

José Manuel García-Candás

Durante largo, infinito tiempo, se han lanzado hacia abajo. A lo desconocido.

Llegan a la orilla y se tiran. Así de simple. Vienen de todos los rincones, con la animación de lo nuevo por dentro y el temor a lo desconocido, todo ello provocando extraños claroscuros desde el interior de sus masas luminosas. Algunos se lanzan elegantemente, arqueando su cuerpo y tomando las formas más inventivas, disfrutando la atracción que los jala al fondo. Otros, más dudosos y cautos, retrasan deliberadamente su salto, resistiéndose lo más posible al vértigo atrayente, hasta que toman valor y se avientan, o hasta que el llanto, los gritos, la desesperación los dominan, haciéndolos pegarse a la falsa seguridad que asegura la distancia hacia el conducto del nacimiento, pese a que los demás inevitablemente siguen cayendo, arrastrándolos contra toda su resistencia. Y otros más, muchos de ellos emocionados y expectantes, cargados de grandes esperanzas y ansias por aventurarse, son detenidos por los guardianes, gigantes brillantísimos que, sujetándolos con manos más duras que la verdad y un giro triste de su hermosa cabeza sin ojos, les confirman que su caída ha sido pospuesta por eventos desconocidos e inevitables desde allá abajo, donde la vida es capaz de causar las circunstancias más extrañas hasta llegar al extremo de anularse.

Todos ellos son distintos, brillantes e irrepetibles pase a su aparente similitud, y su energía consume cualquier duda, cualquier inquietud posible. Entre ellos sólo existen como parámetros de diferencia la abundancia y el exceso en su brillo, en su fuego. Nadie se explica nada, nadie se detiene a penar en un por qué. Tan sólo saltan o se dejan arrastrar, convirtiéndose en un torrente que anula cualquier disparidad, una ola de brillo que se hunde al derramarse sin detenerse jamás para cuestionar su salto.

Algunos se avientan por el simple deseo de llegar pronto y continuar su brillo allá, en Tierra, sin importar los peligros que les esperan. Otros, menos luminosos, pero con una luz más peculiar y colorida, se lanzan con la convicción ciega de brillar más allá de la extraña frontera material que los espera, de trascender su opacidad primera, su falta de brillo y distinción en ese inicio anterior a lo congénito. Y muchísimos otros se lanzan sin pensarlo, inconscientes o deseosos —o ambas cosas, sólo su creador sabe lo que llevan por dentro— por llegar a donde tengan que llegar, sin importarles nada, ni su presente en el país de la luz eterna, o su futuro allá abajo, en los mundos terribles, interesantes, intimidantes y retadores que yacen al fondo del abismo, donde el contraste reina y la dureza del cuerpo y la materia define el porvenir.

Pero hay alguien que no salta.

Contenida, pero a la vez ardiendo en tonos carmesíes y violentos sin comparación alguna con los de sus congéneres, se rehúsa a saltar, aunque no es el miedo ni el pánico lo que la detiene. Su figura aguarda junto a los demás, pero no salta, se queda ahí, ofreciéndoles el paso a los demás sin dedicar amabilidad o interés. Tan sólo aspereza, silencio. Indiferencia.

Misterio. Alguien así lo es. Por lo tanto despierta sorpresa y suspicacia en ese Reino de fulgores uniformes. Por eso la armonía, aun fluyendo, se crispa con lo extraño, por pequeño que éste sea.

Espera. Y aunque los Guardias saben que eso es inaudito, no hay ninguna ley que censure o detenga este acto, o que obligue a la masa enrojecida a dar el paso. Así que le dejan así, a la orilla del abismo, concentrada en vislumbrar sin éxito el final de un viaje que no se decide a realizar. Tan sólo insiste en asomarse sin emoción al abismo, interrumpiendo esta acción para lanzar miradas tras sí, sin dejar nunca de esperar, mientras los guardianes, incandescentes por naturaleza y ciegos por decreto para evitar privilegios o escarnios, esperan a que algo –lo que sea- rompa esta anormalidad.

De entre todas las almas —dedujeron—, una de ellas debía ser la esperada. Y sólo hasta verla podría cambiar su semblante y actuar... o incrementar su diferencia.

Nadie sabe cuánto esperó, porque ahí no existe el tiempo y a nadie le importa medirlo. Pero fue mucho. Son oleadas enteras de luminescencias las que se derrumban sin parar hacia el mar de planetas, mientras el alma solitaria y rojiza continúa distante en su expectación. Finalmente, en el instante menos esperado, en uno de los grupos aumenta el fulgor. Y al voltear a verlo, para saber qué pasa, casi por reflejo, todos entienden sin dudar que ha llegado por fin a quien se esperaba.

Es Él. Su luz es más pura, más intensa, más viva y cálida que las otras, incluyendo las de los guardianes. Es difícil describir el resplandor que emite, pues no es ajeno al de las demás almas. Y sin embargo, se distingue del de aquellas por su calidad, porque no parece producto de un destello interior, sino parte de un fluido sin final, permanente, que contagia a las demás, que las atrae para fundirse con Él y ganar parte de esa energía infinita, generosa. Todas ellas se envuelven en su calor, lo disfrutan y tratan de mezclarse con él, y aunque no lo consiguen por completo, es notorio que el placer de ese contacto marcará su destino una vez que lleguen a donde deban llegar.

Era como si Dios hubiera creado esa alma de sí mismo para precipitarse. Eso piensan varias de las esencias para después olvidarse de la idea. ¿Para que desearía fragmentarse? Que absurdo. Que locura estando la caída frente a ellos.

Sin importarle nada, el Expectante corre hacia donde se encuentra el Esperado. Brinca sobre otras luminescencias, rodea grupos y guardias, empuja a todos con frenesí, y en su afán de llegar hasta Él está a punto de caer por el abismo. Finalmente logra estar a una distancia desde la cual sus gritos son escuchados. Los guardias, desconcertados, la detienen en su intento, pero Él, sereno,  las detiene con un ademán, y la que esperaba puede al fin acercarse a ese espíritu superior, frente al cual hasta los guardias acaban asintiendo.

—¿Por qué no saltas como todos?

—Tengo dudas.

—Yo también saltaré. No lo he hecho porque quería saber qué deseabas.

—Quiero estar a tu lado. Quiero ayudarte.

—¿Sabes a que voy?

—Sólo sé que tú no eres un alma común, que eres parte de Dios, y que allá abajo vas a cambiarlo todo. Quiero seguirte a donde vayas.

El brillo de ese espíritu extraordinario aumenta sin control. Es evidente su emoción. Los guardias, nerviosos ante su magnanimidad, se le quedan mirando con todos sus sentidos, incluida la vista inexistente, que alcanza a captar la silueta de esa incandescencia excepcional que incluso a ellos intimida. Algo inusitado y a la vez terrible está a punto de pasar, pero no saben qué es. Y sin embargo, nada pueden hacer, ya que el que provoca el caos tiene la última palabra.

—Tú estarás a mi lado, pero debes lanzarte antes que yo. Es una orden.

Y por primera vez, la incandescencia roja se reduce.

—Pero tengo miedo.

—¿Miedo de qué? ¿A qué?

—A fallar, a lastimarte, señor.

—No pienses en eso. Tú nunca me fallarás. Lo que tengas que hacer lo harás y no te temblará la mano ante el deber. Lo veo en ti, cuya luz es rara y apasionada.

Más intensa se volvió al escuchar estas palabras, y al hacerlo casi se puso al parejo que su líder.

—¡Lo será, señor!

Y sin dudarlo más, el Alma Roja, ahora casi blanca por la dicha, se lanza en toda su gloria, no sin antes mirar a su Señor por última vez antes de su encuentro en Tierra.

—-Gracias por mostrarme mi destino, Señor. ¡Gracias!

Y Él lo ve lanzarse, la más bella de las almas, dispuesta a todo por cumplir con su papel. Mientras se pierde en el espacio, no puede evitar sonreír. Es una sonrisa deslumbrante, vital y dolorosa, seguida de una frase final, antes de su propio, vertiginoso descenso, que nadie, excepto él, escucha.

—De nada, Judas.


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 12/Sep/10