Génesis de Barrabás
Juan Maya
Simeón sale de la fábrica a pesar de la lluvia que inunda las lodosas avenidas. Se ha puesto un pedazo de plástico encima pero el agua le chorrea por todo el cuerpo. Son las once de la noche. Cuando por fin llega a la parada del autobús prende un cigarrillo; el farol de la esquina ilumina parcialmente su rostro y el humo que se eleva en espirales esparcidas en el aire. Resiente su espalda agotada, las manos le arden por los callos. Necesita dinero. Piensa en conseguir otro empleo además de la fábrica, pero ya no alcanzaría al autobús nocturno.
Tratando de esquivar los charcos viene ya el autobús, casi destartalado. El chofer levanta a Simeón que se acomoda en los asientos de en medio, junto a una anciana. Entonces se pregunta cómo es que una mujer tan mayor está a esas horas fuera de su casa. Debe tener unos setenta y tantos años, las arrugas le llenan el rostro, entrelazándose, y un pellejo azulado cuelga de sus antebrazos, que asoman bajo las axilas un mechón de largas canas. Como toda señora grande se siente sola y comienza a platicar con Simeón. Pero él está tan cansado que sólo asienta o niega sin prestar atención al monólogo de la señora y se desparrama en el asiento centrando su mirada en la figura del Señor de Chalma que el chofer tiene en el tablero iluminado con foquitos rojos: la sangre escurre por todo su cuerpo, la cabeza agachada implorando o tal vez doliéndose solamente. Simeón siente el mismo dolor en el cuerpo, lo mira, lo comprende. En ese momento el chofer frena porque otro hombre le ha hecho la parada. Simeón se golpea contra el cristal y vuelve de su trance, la viejecita sigue hablando. El hombre sube al autobús, es delgado, tiene los ojos hinchados y una camiseta negra con Jim Morrison al frente. Saca una pistola detrás de su pantalón y apunta a los pasajeros:
–– Ora sí, hijos de la chingada, ya valieron madre, putos. Saquen toda la lana o les parto su pinche madre a todos...
Pone el arma en la cabeza del chofer y le ordena seguir manejando. Luego camina por el pasillo. La gente lo mira aterrada y comienzan a hurgar en sus bolsillos y a quitarse los relojes, anillos, pulseras, todo lo que consideran de valor:
–– A ver, putitos, cáiganse con la lana, no se hagan pendejos o me los chingo.
Por fin llega al asiento donde está Simeón. La viejecita mira al hombre, nota la hinchazón en sus ojos y percibe cierto olor a alcohol. ¿Qué me ves, pendeja?, grita el hombre y la mujer, retorciéndose en su asiento, lloriquea angustiada. El hombre comienza a ponerse nervioso, la pistola tiembla en su mano sudorosa:
–– Cállese, pinche vieja, que le meto un plomazo.
La vieja sigue aullando, el hombre le apunta a la cabeza, el instante se congela, nadie se mueve, sólo Simeón aprovecha el nerviosismo del ratero para echársele encima. La pistola no se dispara aunque el hombre tampoco la suelta. Los dos ruedan por el piso y entre patadas y golpes se pierden en el pasillo del autobús. Por fin Simeón logra acomodarse sobre su adversario pero éste no se rinde y sigue luchando. Simeón mira a los pasajeros:
–– Ayúdenme, no ven que se me va.
Pero todos disimulan tratando de no mirar la escena:
–– Órale, cabrones, ayúdenme que este güey me va a matar...
Nada, todos se quedan en sus asientos. La viejecita ya no grita. Simeón sigue forcejando hasta que se escucha un disparo seco, estridente. La gente se lleva las manos a la boca como para callar cualquier expresión.
Simeón se levanta agigantándose en el pasillo, mira al hombre yerto en el piso, sus brazos extendidos y el rostro hacia abajo; los ojos se van apagando poco a poco, el brillo en la cornea se desvanece. Simeón mira a los pasajeros: tampoco todos esos ojos tienen luz. La gente se relaja y empiezan a platicar entre ellos de lo ocurrido. Pero Simeón se agacha y toma la pistola que yace junto al muerto, corta cartucho y apunta a los pasajeros:
–– Ojetes ¿por qué nadie me ayudó?
Se quedan quietos mirándose entre ellos:
–– Ahora me los voy a chingar, putos. Cáiganse con la lana. ¡Órale, hijos de su rechingada madre, rapidito antes de que mate a otro cristiano!
Los pasajeros se quitan los objetos de valor que ya se habían acomodado. La anciana grita, pero Simeón la calla de un manotazo, después recoge el botín y camina a la salida del autobús. Antes de bajar mira al Santo Señor de Chalma en el tablero, lo toma y se lo guarda en el bolsillo. Después se interna en la oscuridad de la lluviosa noche, corriendo entre los charcos. A él no lo van a crucificar...
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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 12/Sep/10