LA MAÑANA

Hugo G. Kolunga

-Este nos deja bien, Tuerto -dijo, y los dos jóvenes desaliñados, deliberadamente desaliñados, subieron al 176 que iba para la zona de Pilar.

El que habló, Mario, era bastante alto, fornido y no tendría más de veinticinco años. Vestía una campera de cuero, jeans y borceguíes. Todo haciendo juego con el color de sus ojos y de su larga melena de cabellos lacios y negros como el betún. El otro, más o menos de la misma edad, apenas si le llegaba al hombro y, de acuerdo a la opinión de alguna persona de clase media aburguesada, tenía más pinta de viyero. Tal vez por su apariencia sucia, o por su tez oscura, o porque le faltaba el ojo izquierdo, o porque tenía en compota el derecho o, seguramente, por la suma de todo esto.

-Me parece que's por acá -dijo Mario luego de unos cuarenta y cinco minutos de viaje-, no'stoy seguro pe' igual bajemo'. A ve' si nos pasamo' to'avía.

Saltaron del colectivo ya en movimiento y comenzaron a caminar mientras le daban los últimos sorbos a un tetra-brik.

-Aaaargh, 'tá recaliente -comentó el Tuerto sin que su voz delatara disgusto alguno por la temperatura del Pico de Oro. Habían estado tomando durante toda la noche y, aunque ya era cerca del mediodía, aún les quedaban ganas de seguir escabiando- ¿Falta mucho, Mario?
-No sé, 'toy desubicado, me parece que bajamo' ante', ¡ja ja ja!
-Qué te reí', boló. Tengunambre bárbara, má' vale que'n lo de tu vieja haiga morfi.
-No te hagá' draaama, Tuerto, ya te dije que mi vieja viene bien. Aparte hace un pedazo que no no' vemo', se va a poné' recontenta cuando me vea, vas a ve'. Aparte mañana e' navidá', ¿no? ¿Qué vieja no se alegra de ver al hijo en navidá' por má' borracho que sea, eh?
-La mía -pensó el Tuerto en voz alta, y siguieron en silencio un par de cuadras hasta acabar con el vino.
-Allá'n l'otra cuadra e' -señaló Mario-, pe'o primero vamo' a tomá' una birra en aquel almacén po'que mi vieja no va'queré' que tome'n la casa.
-'tá, vo' andá'comprá mientra' yo voy a la carnicería d'enfrente a ve si me habilita algo pa' morfá' que no doy má'.
-Nooo, no bardié' que son rebrígido' acá -trató de persuadirlo Mario-. Como son toda' quinta por acá, te ven medio en pedo y que no so' d'acá, son capace' que te mandan la yuta esto' guacho'. Yo entro a comprá' y salgo al toque, vo'.... quedate acá.

Del otro lado del mostrador, Don Iván, que estaba haciendo cuantas y renegaba con la parva de impuestos que debía pagar, lo escudriñó por sobre el marco de sus lentes con un dejo de desconfianza.

-¿Me da una cerveza, don?
-¿Tenés envase? -le preguntó el almacenero.
-No, pero la tomamo' en la puerta y enseguida le paso la botella.
-Te sale veinte la cerveza y tenés diez de seña -le dijo don Iván secamente, después, como para sondearlo y en un tono más afable, preguntó: -¿No son de por acá, no?
-No, pero mi mamá vive en la otra cuadra. ¿La conoce a Kati?
-¿Kati Ludueña?
-Sí, es mi mamá -respondió Mario con orgullo, pues a pesar de haber sido prácticamente criado por su abuela, quería mucho a su madre-, tengo veinticinco lucas nomás, don.
-No importa, dame veinte, después alcanzame el envase. Si no me decís que es tu mamá y me decís que es tu hermana, igual te habría creído -agregó don Iván sonriendo y pensando en Kati, la linda Kati de quien estaba secretamente enamorado desde hacía mucho tiempo.
-Lo que pasa que me tuvo de joven, a los dieciséis -le explicó Mario-, yo tengo veinticuatro, así que ella ahora tieneee....
-Cuarenta -se apresuró a decir el almacenero, que siempre se jactaba de ser más rápido que cualquiera cuando de cálculo mentales se tratase.
-Claro, y mi hermanito Emanuel tiene nueve -siguió Mario-, pero él es hijo de Ricardo. Mi viejo se borró antes de que yo nazca. Bueh, ahora le paso la botella, don.
-Bueno, saludos a tu mamá, esteee....
-Mario, don. Mario Ludueña, como mi mamá.

Mientras los dos amigos disfrutaban la Quilmes, que estaba bien helada (lo que la hacía mucho más sabrosa), y fumaban 'carioca' el último Derby del Tuerto, vieron aparecer raudamente un patrullero.

-Ojalá sigan de largo -susurró Mario.
En tanto el Tuerto pensó: "Seguro que fue el carnicero."

Tal cual. Luego de haber insultado y echado de su negocio al Tuerto acusándolo de ladrón, que sólo había entrado a pedir algo para comer, "si le sobra, don", el carnicero llamó a la policía. Este era un facho para quien todos los negros eran chorros y todos los pelilargos, drogadictos (aunque él nunca se dormía sin antes haber tomado un Lexotanil). Así que no dudó un instante en discar el número de la comisaría.

Los dos policías que venían en el patrullero, tras una brusca frenada, descendieron del mismo a lo SWAT y obligaron a los jóvenes a tirarse boca abajo como si se tratase de dos criminales peligrosísimos. Mario se había olvidado los documentos y el Tuerto los tenía, pero en un estado peor que deteriorado. En realidad, le habría convenido decir que no los tenía para evitarse la bolaceada por parte de los canas. Seguidamente los esposaron y uno de los vigilantes rompió el envase de cerveza (que aún estaba por la mitad) de una certera patada. Don Iván salió presuroso de su almacén e increpó duramente a los policías diciendo a los gritos pelados que todos los canas eran una mierda y que mejor le pagasen el envase que acababan de romper porque tarde o temprano (y esto lo dijo con asombrosa seguridad) los iba a cagar, que ya encontraría alguna forma. Estos, sabedores de que el viejo ucraniano, a diferencia del carnicero, jamás colaboraba con la cooperadora policial, no le hicieron caso, subieron a los jóvenes al patrullero dándoles, además de un culatazo atrás de la oreja al Tuerto que había amagado a resistirse, sendos puntapiés y se marcharon.

-Así que viendo dónde pueden robar algo, ¿no? -dijo el policía más gordo.
-¿Por qué nos ponen esposa' si no estábamo' haciendo nada? -se quejó el Tuerto.
-Callate, boliviano -le ordenó el que manejaba-. ¿No te das cuenta qure ahora en la comisaría yo apreto un solo botón de la computadora y les saltan todos los antecedentes? Van a pasar las fiestas encerrados, pedazo de giles.
-Pero si íbamos a la casa de mi vieja que vive a una cuadra de donde nos levantaron -se defendió Mario.
-Vos también cerrá el orto que te conozco bien -dijo el policía gordo tomándolo de los pelos-. Vos sos de Victoría y te dicen el Indio.
-¡Qué Indio! -gritó Mario tratando de liberarse- Yo soy de Ballester y me llamo Mario Ludueña...., ningún Indio. Y te digo que mi vieja vive en este barrio.
-Mirá, pendejo -dijo entredientes el que conducía-, vamos a donde decís que vive tu vieja y pregunto. Si llega a ser mentira te juro que los llevamos a un descampado, les metemos un tiro en la cabeza y a la mierda, total nadie ve nada, ¿entendés? Y no me tuteés más.
-'ta bien -dijo Mario-, preguntá. Vas a ve' que's verdá'.
-Sí, ¿quién es? -preguntó Kati desde el living.
-La policía, señora. Aquí tengo a un sujeto que dice llamarse Mario Ludueña y ser hijo suyo. ¿Podría salir y confirmar esta información?
-No es necesario, no conozco a nadie con ese nombre -respondió Kati sin abrir la puerta pero viendo a través de la mirilla a los jóvenes en la parte trasera del patrullero.
-Bueno, disculpe la molestia -dijo el policía mientras se retiraba enfurecido.
Al tiempo que el patrulero se alejaba, Ricardo, el marido de Kati, regresaba de hacer unos mandados.

-¿Qué quería la policía, querida? -preguntó como quien no quiere la cosa luego de besarla suavemente en la comisura de los labios.

-Nada -respondió ella-, parece que lo tenían a Mario. Les dije que no lo conocía.
-¡Qué! ¡Cómo vas a hacer eso!
-Seguro que estaba borracho y venía a pedir plata para seguir tomando -le dijo Kati-. ¡A ver si aprende de una buena vez, éste.
-Pero no podés mandarlo en cana de esa manera, amor.
-No te preocupes -lo tranquilizó ella-, dentro de un par de horas paso por la comisaría y aclaro todo. Es para darle un susto nada más.
-Como quieras, después de todo res tu hijo.

Dentro de un par de horas aclaro todo, había dicho Kati Ludueña. Sin embargo, en aquella soleada mañana, dos días después de lo narrado anteriormente, se encontraba en un estudio de televisión contando en vivo y para todo el país que el veinticuatro de diciembre a las doce menos cuarto del mediodía había visto a su hijo, arriba de un patrullero, por última vez, que aún no había aparecido y que en la comisaría nadie le dio una explicación. La policía negaba todo, estaban seguros de que sus argumentos prevalecerían por sobre los de esa mujer con antecedentes de prostitución.

Lo que todos ignoraban era que durante la tarde, en ese mismo estudio, se presentaría don Iván con un video filmado desde la terraza de su negocio por su nieto Hernán de tan sólo diez años. En la película podía verse claramente cómo Mario y el Tuerto eran violentamente subidos a un patrullero.

Hernán vería al fin cumplirse su sueño de convertirse en un auténtico cazador de noticias, y el conductor del programa se regocijaría morbosamente al conocer las cifras de rating alcanzadas con esa historia.

Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 05/03/00


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 05/03/00