PERDER LA CABEZA

Roberto Gutiérrez Alcalá

Ayer, lo confieso, perdí la cabeza. Alguien debió de haber dado la voz de alarma, pues a los diez minutos un grupo de personas se presentó en mi domicilio.

-Somos del Comité Pro Defensa de la Integridad Individual y Social -dijo un hombre de aspecto saludable-. ¿Nos permite pasar?
-Adelante -dije.
-¿Se encuentra usted bien?
-Un poco confuso.
-Caballero, entremos en materia: ¿por qué perdió la cabeza?
-Bueno, verá: estoy enamorado y...
-Ésa no es razón para perder la cabeza -atajó una mujercita elegantemente vestida y de ademanes nerviosos.
-Sí, lo sé -dije-. Aunque...
-Nada, nada. ¿Se imagina qué sería del mundo si todos perdiéramos la cabeza cada vez que el amor embargara nuestros corazones? ¡El caos!
-Es que...
-Caballero, en realidad no nos interesa saber por qué perdió la cabeza -dijo el hombre-. Estamos aquí para encontrarla y para reprenderlo severamente.
-Bien.
-¿Tiene idea de dónde pudo haberla perdido?
-No.
-Haga memoria... -dijo un anciano de mirada acuosa y cristalina.
-Me levanté a las siete -dije-. Luego de vestirme, sonó el teléfono. Era Olga. No recuerdo qué me dijo, sólo sé que perdí la cabeza cuando dejó de hablar. Tal vez rodó debajo de la cama...
-Ya revisé ahí -dijo una joven que momentos antes había visitado mi cuarto-. No hay más que un par de pantuflas viejas y mucho polvo.
-¡Oh! -exclamó la mujercita.
-Caballero -dijo el hombre que parecía llevar la batuta-, si lo desea, puede perder un dedo, una mano, incluso una pierna... Sin embargo, la sociedad no puede permitir que uno de sus miembros pierda la cabeza. La cabeza, óigame bien, debe permanecer siempre en su sitio.
-Sí -dije.
-Además -dijo el anciano-, hablando desde un punto de vista meramente estético, un individuo que pierde la cabeza adquiere una apariencia bastante fea. Si pudiera verse...
-Cada uno de nosotros peinará una zona -anunció el cabecilla-. Así nos resultará más fácil encontrarla. Mientras tanto, usted aguardará sentado en este sofá. Confío en que no intentará huir.
-¡Por supuesto que no!
-Muy bien. Manos a la obra -dijo, y se desperdigaron por toda la casa.

Inmóvil en el sofá, rogué al cielo para que la busca terminara pronto. Creo que fui escuchado, pues al rato la joven reapareció con mi cabeza bañada en lágrimas y con el pelo revuelto. Apenas la reconocí. La joven dijo que la había encontrado en el cuarto de servicio, y me la dio. Yo me la coloqué de inmediato y, antes que pudiera poner en orden mis pensamientos, aquellas buenas personas me dijeron que, si me atrevía a perderla otra vez, el castigo, entonces, sería ejemplar. Luego se despidieron amablemente y emprendieron la retirada.

Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 05/08/00


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* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 05/08/00