LA VIEJA TRADICIÓN (PORMENORES DE LA VIDA ETERNA)
Para Lucia Berlin
Carlos Cuarón
Antes del atardecer un cúmulo de pesadas nubes negras se había aferrado al cielo. Mientras oscurecía, la lluvia empapaba el atrio y el granizo golpeaba por fuera a los vitrales. Parecía que los golpes provenían del interior.
Estaban hincados frente al altar. Ella de blanco; el de negro.
-Los anillos, por favor...-pidió el padre
Ellos se miraron fijamente a los ojos.
-Los traes tú, amor -dijo ella.
-No, cosita, los tienes tú -dijo él.
-No puede ser. Yo te los di.
-Sí. Pero te los regresé ayer en la noche.
-Los ha de tener el padrino -interpuso el padre.
-No tenemos padrino de anillos -respondieron los dos.Un murmullo desvanecido por la granizada escapó de los invitados que abarrotaban el templo.
-¿Qué les hiciste? -dijo él- ¿Cómo pudiste olvidarlos?
-¿Qué? Tú los tenías -respondió ella indignada-, tú te los quedaste. Yo no olvidé nada.
-Claro que sí, chiquita. Todos sabemos que tu mala memoria es mal de familia.
-No te metas con mi familia.
-Ay pero si tu papá olvida hasta su nombre, hombre.
-Pues yo no sé si tu mamá sólo tenga memoria o de veras sea un elefante, idiota.
-No te metas con mi mamá y no me digas idiota.
-Cabrón.
-Pendeja.
-Señores, ahorita no es el momento... -quiso conciliar el padre.
-¿Ah no? ¿Entonces cuándo? -preguntaron los dos.Una dispersa parvada de aplausos voló entre los invitados de las primeras filas.
-No me vuelvas a decir pendeja ¿eh? -advirtió ella y aprovechó para arrancarle la corbata de moño.
-Pendeja -reitero él sin asomo de duda y le arrebató el velo, haciendo de su peinado una maraña de estambre.
-Ya estoy harta de tus agresiones -y le rompió la camisa y el pantalón, salpicando una lluvia de botones.
-Y yo de tu poco sentido común -y la dejó en fondo al quitarle el vestido de un tirón.
-Esto es demasiado -sentenció el padre.
-Usted no se meta -le dijeron los dos.Algunos chiflidos de apoyo brotaron de los invitados.
-¡No puedo permitir esto! ¡No aquí! ¡Estamos en la casa de Dios! -les recordó el padre ahogado en la divina rabia.
Protegidos por el halo dorado del altar, los dos se levantaron del reclinatorio, alcanzaron al padre y lo amordazaron con su estola. Luego le amarraron pies y manos con el lazo nupcial y lo sentaron sobre el púlpito, dejándolo cual muñeco de aquel gran ventrílocuo llamado Dios.
Los invitados batieron palmas.
-No me puedes tratar así ¿oíste? -dijo ella desprendiéndole una oreja.
-Él se quedó pasmado.
-¡No te dejes! -gritó un espontáneo.
-Eres mía -dijo él arrancándole una mano.
-¿Tuya? Eso crees -ella le soltó un zarpazo que lo hizo eunuco en un instante.
-¿Eso creo? -él le extirpó un seno en una sola tajada.Ella lo miró y le picó los ojos. Dos córneas gelatinosas pendieron de sus largas uñas.
Él la tantea y le sacó los dos ojos. Enteritos.
La Iglesia quedó en silencio.
El granizo aplaudió por los invitados.
Los novios buscaron con el olfato y, haciendo un gran esfuerzo, se arrancaron el corazón mutuamente.
Bajo una gran ovación quedaron unidos en vida eterna.
* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/10/99