EDITORIAL DE DICIEMBRE DEL 2000
Aunque es un lugar común, también es una verdad. Posiblemente la única sobre la faz de la Tierra: el tiempo todo lo convierte en polvo. Y queremos detener esa erosión, más cuando se habla de arte, de los primeros lenguajes, de las figuras que iluminan la roca de la cueva, de la escritura del templo, de los murales de la catacumba, del color del vitral o de los libros.
¿Por qué?
Desde que la humanidad es humanidad la búsqueda no es otra que la de la piedra filosofal: fuente que nos mantenga jóvenes e inmortales, razón y creencia de religiones, de actos creativos y de aquello que heredamos. Sin embargo, la batalla es lenta y tortuosa.
Un reportaje de Gareth Cook publicado el reciente 5 de noviembre en Boston Globe dice: "…de los aproximadamente 6 mil 700 lenguajes que se hablan hoy en día, por lo menos la mitad o hasta el noventa por ciento se extinguirán en menos de un siglo, pues cada dos semanas desaparece un dialecto".
Bibliotecarios de todo el mundo, por otra parte, se quejan que sus tesoros se transforman poco a poco -aunque con una velocidad aterradora- en naturalezas agónicas, paisajes yermos, el éxodo al nunca jamás: sólo basta abrir un incunable y darse cuenta que sus páginas son sólo destrozos.
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¿Qué hacer?
En el caso de las lenguas, el Linguistic Data Consortium, que agrupa a 850 instituciones de diversa índole, proyecta colocar en Internet desde gramáticas detalladas hasta cintas grabadas de diversos lenguajes a punto de olvido, para así asegurar su perdurabilidad y riqueza.
En el caso de los libros, la opción también es la Internet. Y aunque existen un gran número de sitios encargados de esta tarea, la aportación que plantea Ficticia parece la adecuada según las propias características de nuestra comunidad: no almacenar historia sino hacer la historia mediante las historias de sus historiadores, es decir, sus cuentistas, cronistas, comentaristas, talleristas, estudiosos y lectores.
En otras palabras, apostar por la ansiada fuente de la eterna juventud en un medio que, hasta el momento, salvo que el tiempo que todo lo convierte en polvo diga lo contrario, parece inmutable, un dios aristotélico que desde su inmovilidad genera todo el movimiento.
Muchas veces se ha dicho que Internet no sustituirá al libro, sino que tan sólo es un distinto vehículo de comunicación. No obstante, así como las leyendas orales se convirtieron en papiro o en tabla de arcilla, y la tabla y el papiro en piedra, y la piedra en papel, el papel tiende, ya por cuestiones ecológicas, ya por costos de producción, ya por tiempos de traslado de un lugar a otro, a convertirse en página electrónica.
El futuro, en este sentido, no es muy halagüeño para quienes todavía soñamos el paraíso imperecedero en una biblioteca, para quienes cuidamos una realidad virtual como si se tratara de un trabajo de edición propio de Gallimard, pero tampoco negamos el destino, por lo que proponemos un refugio digno para nuestra literatura, para los placeres que ofrece esa literatura y para un posible infinito a los portadores de tal placer.
Bajo tales fronteras le damos la bienvenida a la Antología de Ficticia al maestro Guillermo Samperio, autor de más de una veintena de libros de diversos géneros, además de incansable promotor cultural; al historiador cubano, radicado en Sevilla, Arsenio Rodríguez Quintana, y a las autoras Carmen Simón y Mónica Manrique.
De igual manera, nuestra ciudad mantiene un crecimiento constante gracias a la generosa colaboración de diversos artistas plásticos. El pintor mexicano, radicado en París, Gerardo Lartigue fue el encargado de construir el mapa de nuestros valles y montañas, y el diseñador gráfico, probablemente el más importante de México en lo que se refiere a edición de libros.
Otros autores que han participado al presente engrandecimiento de Ficticia son Federico Schaffler, Bruno Schwebel, José Luis Vasconcelos (Mandrágora Tafoya), Roberto Gutiérrez Alacalá, Fabián Piñeyro (Yerbabuena), Óscar Cossío, Manuel Ruelas, Amèlie Olaiz (Dakiny), José Manuel García-Candás, Sergio Ochoa Meraz y Francisco Morón Sosa.
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