Ficticia Comunidad Literaria: Cuentos, Historias, Narraciones, Relatos, Crónicas escritas en español
EDITORIAL DE ENERO DEL 2000


 

Editorial de Ficticia Comunidad Literaria cuento

Cada cambio de época arrastra monstruos. Y nuestra ciudad, Ficticia, no es ajena a dicha historia. Cuando, por ejemplo, la aristocracia del oriente de Europa es suplantada por la nueva burguesía, el mito del vampiro, existente ya desde tiempos inmemoriales, retoma auge: los viejos nobles, decadentes y en agonía, necesitan sangre fresca, núbil, de doncellas o de jóvenes hermosos para sobrevivir. ¿Cómo obtenerla? Mediante la seducción: levantando de sus sombras pasiones demoniacas de inmortalidad, exquisitez y belleza. Ahora bien, en estos días del paso de un milenio a otro un hecho sin precedentes sucedió en nuestra comunidad: la clonación.

Editoral de Cuentos. Foto por Mónica Villa. Rodrigo Murray, conocido en el mundo real por ser hijo de uno de los grandes actores argentinos del siglo XX, don Guillermo Murray, actor a su vez y conductor del programa Todos hablan de la televisión Azteca, se clonó en el laberíntico laboratorio ficticiano.

En una carta recibida en el cuartel central de Ficticia el 9 de diciembre de 1999, a las 12:52 p.m., el propio Murray (Rodrigo o su clon, todavía no se sabe cuál) da fe del hecho:

"Al parecer en Ficticia ya aparecieron los clones virtuales", escribe. "Ejemplo: yo mismo me cloné. Nací el 6 de noviembre y volví a nacer hoy, 9 de diciembre. Como verán, si no hay noticias anteriores de clones, ya existen: uno se dedica a la lectura y el otro es turista. Espero que pronto podamos tener uno que pague las cuentas en el banco mientras el original se queda con su mujer dándole besitos en el cuello (de la matriz), no le fuera a pasar lo que al de la película, que por andar clonando ya se estaban clonando a su vieja, digo, chingando".

En el Censo y en el Libro de Visitas ficticiano, asimismo, aparecen otros datos que vuelven todavía más confuso este abominable error de la ciencia, por lo que el Cónclave de la ciudad le pedirá al clon de Murray, ya que fuentes fidedignas dicen que es más inteligente, mejor actor y más guapo que el original, dé una explicación satisfactoria en la T.V. mexicana sobre los actos de su frankensteineano predecesor.

Sin embargo, al margen de la corrupción y vicios de algunos ciudadanos, enero del 2 mil es un mes significativo para Ficticia, pues se integran al Concilio, con su trayectoria y obra artística, el maestro zacatecano, novelista y cuentista, además de traductor del inglés al español, traducido a su vez al inglés, francés e italiano, Severino Salazar, autor de los cuentos Navidad (regalo, vía correo electrónico, del 24 de diciembre a todos los ficticianos) y Día de Reyes; el humorista Virulo, que hoy por hoy es uno de los más importantes artistas cubanos en la propia Isla y en el extranjero; el nuevoleonés Ricardo Martínez Cantú, que después de muchos años retoma su labor literaria como el ajedrecista que sabe que su destino final no está en derrocar al Rey enemigo, sino jugar al gato y al ratón con su Reina; Roberto Alcalá, con obra cuentística publicada en editorial Aldus y que sabe que escribir historias es sinónimo de exorcismo de fantasmas; mientras que cierra el ciclo Álvaro Hernández, firme promesa de la literatura poblana.

Leo Eduardo Mendoza, ficticiano fundador, por su parte obsequia un relato de familia penetrado por una atmósfera que este autor ha vivido y trabajado desde sus años mozos: el comunismo. Elías Ruvalcaba, también fundador, con ironía descabellada se mete en las bambalinas de los juzgados y las polémicas pro y anti protección de los animales (de cuatro patas). Y Marcial Fernández transcribe un cuento ya publicado en la antología Hambre de gol, estampas y crónicas de futbol, editorial Cal y Arena -por cierto, tiraje agotado y cuya segunda edición aparecerá próximamente- y en la que forman parte del equipo célebres jugadores de Ficticia: Ignacio Trejo Fuentes, D.T.; Diego García del Gállego, cancerbero; el propio Mendoza de barredora, Francisco Conde en la media creativa y Eusebio Ruvalcaba de caza goles.

Luis Bernardo Pérez y Agustín Cadena, con su ya maestría característica, aportaron al tesoro de la ciudad varias minificciones.

 


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