EDITORIAL DE JULIO DEL 2000
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El cuento tiene cascos ligeros, alas en los costados y veneno en la punta de la lengua. Sus efectos deben de ser inmediatos, sombríos o iluminadores, exactos. A diferencia de la novela y el ensayo, sus hermanos mayores en cuanto a definición de un estilo, en cuanto al ocio divagante, tiende a proclamarse como obra en sí, existente como una entidad única sin mayores explicaciones.
Un buen cuento, es decir, un cuento acabado, es tal cuando desaparece la presencia de su autor. El ejemplo más significativo es la del cuento llevado a su extremo, a la minificción. Concisión sin adornos, palabras como flechas, muerte o vida instantánea. En el relato corto, más que breve, brevísimo, la idea preconcebida de una estilística no tiene factura de identidad, pero se erige como creación con vida propia.
De esta manera, entre todas las artes, el cuento aparece como la propuesta más generosa, más compartida, más de todos y de nadie. Un dios o un demiurgo anónimo se inmola en una propuesta en que fondo y forma son lo mismo, sacrifica el estilo del ensayista o del novelista, y se extiende en los lectores que se adueñan del anonimato.
Una comunidad literaria, cual es el caso de Ficticia, sólo puede sobrevivir mediante el signo cuentístico. Lo común se da en ese principio que valora más la obra que al creador, más al placer comunitario que al individual, que apuesta más por la literatura que por la política.
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En Ficticia, asimismo, todos somos enanos con obras gigantes, o gigantes con obras enanas, pues en el cuento se vale todo, siempre y cuando sea breve, inteligente y vaya al punto: ese círculo de imaginación que rompe las leyes, que trasgrede lo establecido y que no necesita de fórmulas.
En esta perpectiva, escribir o leer cuentos en nuestra ciudad, comentar sus perfecciones o desagravios, es como seducir a una mujer hermosa, besar a un hombre joven, y después organizar un festín para que los dioses, es decir, los escritores, lectores y comentaristas, sigan siendo propicios, sigan creando un mundo lleno de asombros.
Bajo tales premisas, en julio ganamos otro premio, el Golden Web Award "Reconocimiento por creatividad, integridad y excelencia" otorgado por la Asociación Internacional de Webmasters y Webdiseñadores. También, situación que valoramos más importante, se sumaron a la Antología ficticiana dos escritores de reconocida solidez y echadores de palabras cual naipes: los maestros Alberto Ruy Sánchez y Óscar Wong; además de otros dos jóvenes literatos que en mucho enriquecen el presente y el futuro de nuestra comunidad: Sergio Santiago Madariaga y José Manuel Candás.
Entre todos, como todos los meses, seguimos construyendo Ficticia. En esta ocasión, los creadores de las nuevas zonas que se pueblan de historias son: Emiliano Pérez Cruz, Leo Eduardo Mendoza, Alberto Chimal, Ramón Helena Campos, Isaí Moreno Roque y Pornole, quienes junto con los usuarios del Puerto Libre, Café Literario, Tablero de Anuncios, página de Ligas y el Libro de Visitantes mantienen vivo este gran cuento comunitario que todos los días renace.
Agradecemos, por último, que el maestro Ignacio Trejo Fuentes se haya ocupado de nueva cuenta de Ficticia en los medios de papel y que con su pluma y sus ideas, que se pueden leer en el Sueño de la Razón, nos siga ayudando a engrandecer Ficticia.
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Agosto, Septiembre, Octubre, De Aniversario, Diciembre.1999 De Fundación, Diciembre.
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