EDITORIAL DE MARZO DEL 2000
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Se cuentan historias aterradoras. Los unos y los otros hablan de mafias. Pareciera que el mundo de la inteligencia pertenece a sectas cerradas, totémicas y con un mañana de colas de cochino. Se desvirtúa la palabra, principio del placer literario, en pos de un poder mezquino. Y los autores que no juegan con tales reglas difícilmente pueden dar a conocer su obra por sus obras mismas.
Si bien la antigüedad los hombres se reunían alrededor de la hoguera, en el ágora o en la taberna portuaria para contar o comentar relatos, con la aparición de la imprenta el narrador y el oyente se distancian, se pierde la comunión de la charla.
Así nacen dos nuevos personajes: el escritor y el lector. Así también lo que antes era convivencia se transforma en un ejercicio solitario, y como tal en un acto de escasa réplica, diálogo, intercambio, aunque sí en una creación, tanto en su parte activa como pasiva, de mayor exigencia.
Esto da por resultado una paulatina comercialización de aquellas voces que antes estaban al alcance de todo el mundo: surge la firma y se acaba la narración oral, bien común de tal o cual sociedad. Y eso trae consigo el éxito individual, los grandes monopolios de la palabra y, por consiguiente, un arte de poderes que casi siempre se extralimitan más allá de su imperio.
Internet, sin embargo, viene a revertir el empeño de las capillas. No como una competencia a los libros, a las revistas, a los suplementos literarios o culturales de los periódicos, sino como una alternativa distinta en la que el lector vuelve a estar cerca del escritor, ya que puede comentar lo leído, intercambiar tópicos y enriquecer el discurso planteado.
La red, asimismo, posibilita que jóvenes autores -fundamento de toda vanguardia-, o bien aquellos escritores que no creen en más mafias que las de un miembro, puedan dar a conocer su obra y nutrirse de la crítica, de la competencia, del amor y odio de sus pares, no de la falsa bonomía de padrinos literarios.
Y en tal concepto, con apenas cuatro meses de existencia, se ha desarrollado Ficticia: como una comunidad abierta en la que cada participante es responsable de su testimonio y crítica, en una suerte de anarquismo que busca ser sociedad ideal, en donde la inteligencia -siempre con plena libertad- se templa en la inteligencia de los demás.
Así, ya que la imaginación, la generosidad y el placer son las únicas monedas de Ficticia, en marzo las arcas de nuestra comunidad se ven favorecidas no sólo por los ficticianos que diariamente construyen el sitio en el Puerto Libre, en el Café Literario, en el Libro de Visitas o en el Tablero de Anuncios, sino por seis nuevos autores que engrandecen -en todos los sentidos- la Antología ficticiana.
Sean pues bienvenidos Enrique Serna, uno de los mejores narradores de México y quien acaba de ganar el premio Mazatlán por su novela El seductor de la patria; el maestro Héctor Perea, escritor, investigador, periodista y pionero en cuanto a la divulgación cultural en Internet; Pablo García, viejo ficticiano y jovencísimo autor con un futuro importante en el mundo de las letras; Hugo G. Kolunga, cuentista argentino; Marcos Leija, periodista; además de Enrique Vallejo, amigo de poetas, empresario y sabedor de los dones de la crónica.
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Agosto, Septiembre, Octubre, De Aniversario, Diciembre.1999 De Fundación, Diciembre.
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