Ficticia Comunidad Literaria: Cuentos, Historias, Narraciones, Relatos, Crónicas escritas en español
EDITORIAL DE SEPTIEMBRE DEL 2001

 

Editorial del Cuento en Ficticia

En septiembre Eusebio Ruvalcaba cumple 50 años. También en el 2001 celebra sus 25 años de escritor. Los 25 de la muerte de su padre, el violinista Higinio Ruvalcaba. Y 10 de la aparición de Un hilito de sangre (Premio Agustín Yáñez de Primera Novela), obra que tiempo después el cineasta Erving Neumayer convierte en película.

Foto por Mónica Villa

Le pido una entrevista y me cita en la cantina La Providencia, uno de los escondites de este autor de más de una treintena de libros que van desde la narrativa a la poética, desde el ensayo al aforismo, desde el reportaje periodístico al artículo de fondo y que, recientemente, acaba de publicar dos nuevos trabajos, Diccionario inofensivo. Ensayo sobre las cosas (Lectorum) y Con los oídos abiertos (Paidos), que esta semana se presenta en librerías.

Son las doce del día y el maestro Ruvalcaba, becario del Centro Mexicano de Escritores en 1981, tutor durante cuatro años de jóvenes escritores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, actual miembro del Sistema Nacional de Creadores y uno de los fundadores de Ficticia, entra al bebedero y no representa el medio siglo que trae a cuestas. Más bien, con su barba de conquistador medieval y el cuerpo macizo, parece uno de esos muchachos sin edad definida que se embarcaban con Hernán Cortés en busca de nuevas tierras. Sin embargo, de inmediato la timidez lo asalta:

-Mejor olvida la entrevista y te invito unos tragos -comenta al tiempo que saluda a Javier Toscano, uno de los socios de la cantina, quien manda la primera ronda por cuenta de la casa.

Es un hecho que a Eusebio no le gustan los homenajes ni los reconocimientos. Evita hablar de sí mismo, pero como es un mujeriego empedernido, de esos que han sobrevivido dos matrimonios (Coral Rendón es su actual esposa) y a mujeres furiosas, por ese tema, para despistar, se inicia la charla. De pronto, cómo no queriendo la cosa, le suelto a bocajarro:

-Hace 25 años que murió tu padre, y también hace 25 que empezaste a escribir, ¿un hecho tiene que ver con el otro?

-No lo sé. No sé si sea una mera coincidencia o yo estaba esperando un empujón, que me pasara algo fuerte para poder escribir.

Entonces, en la intimidad que significa hablar de la familia, más con unos tragos enfrente, el escritor cuenta que por allá de 1951, cuando el violinista Higinio Ruvalcaba (1905-1976) y la pianista Carmela Castillo van a dar un recital de sonatas al Teatro Degollado de Guadalajara, el nacimiento de su hijo los toma por sorpresa, ya que se adelanta dos meses a los nueve planeados.

De esta manera, pues, Eusebio Ruvalcaba es oriundo de Guadalajara, Jalisco, pero su infancia transcurre en la Ciudad de México. "En casa", apunta, "el ambiente es musical, y mi padre, un hombre intenso, luminoso, me enseña a escuchar música y a reír de las cosas, empezando por mí mismo".

-¿Tiene algo que ver la música con la literatura?

-Tienen que ver en el sentido que tocan el fondo de la naturaleza humana, de que son un modo de asomarse a los hoyos negros tu condición como hombre, y que te proporcionan un poco de alivio, alegría, felicidad y paz, igual un buen poema que una sonata o una sinfonía.

Así, Ruvalcaba se recuerda como "niño de clase media, bastante solitario", que descubre "pronto secretos como la mujer y algunos vicios que siempre procuré trabajar". A los 19 años se casa y tiene dos hijos (Flor y Alonso), época en que se dedica tanto a estudiar Historia en la UNAM como "a la mecánica automotriz y la venta de carros que compraba en Veracruz y vendía en Guadalajara". Tiempo después se divorcia, sobreviene el fallecimiento de su padre, y a los 25 años abandona todo por una tardía vocación de escritor.

-¿Cómo empieza la profesión?

-Empecé a escribir poesía -comenta-, porque estaba muy clavado y quería llegarle a una chava. Recuerdo que me encontraba en la biblioteca de El Colegio de México haciendo un trabajo para alguna asignatura de la Universidad y, de pronto, frente a la hoja en blanco, me puse a escribir un poema.

El editor Jaime Aljure, entonces, se convierte en su maestro de literatura. "Lo conocí hace muchos años, cuando yo era más ignorante de lo que ahora soy, y puso en mis manos la poesía, la palabra escrita, su misterio e historia. En cuanto a mi maestro de creación literaria fue el norteamericano George Albenet, quien tenía esta fiebre, esta locura por escribir, y me deslumbró siempre su situación de un escritor en el extremo de la vida".

Así, empieza publicar poesía, narrativa, ensayo y a los 37 años se vuelve a casar y tiene otros dos hijos (León Ricardo y Ericka Coral). De alguna manera se vuelve una persona serena, que asume "la vida en todos los sentidos, en todos los momentos, no sólo cuando estoy escribiendo. Soy alguien a quien sencillamente le gusta sentarse a escuchar música, tomar algunos tragos con algún amigo o solo, o jugar con mis hijos, sin ningún secreto ni misterio".

-¿Cómo uno encuentra vocaciones tan diversas dentro de una misma vocación? -se le cuestiona.

-En realidad la palabra escrita es una sola, y los límites entre los géneros literarios los ponen, los dictan, más los estudiosos, los académicos, que los propios escritores. ¿Por qué los escritores pasan de un género a otro? Por una obsesión, por una necesidad; no por transgredir o experimentar, aunque haya algunos casos. Más bien, porque la expresión busca diferentes caminos. Es como el cauce de un río que viene bajando y que, de pronto, prefiere o la velocidad de la gravedad, o el canal suave y manso. Me parece que no hay ningún mérito pasar de un género al otro.

-De los libros que has escrito, ¿tienes algún favorito?

-Cada libro tiene su historia y sus características. Cada uno abre una ventana que uno no sabe hacia donde va. En ese sentido, no tengo favorito. Las satisfacciones siempre son diferentes, y en cada cual he encontrado motivos de alegría y también, de pronto, de bochorno. No considero que ninguno sea meritorio; pero lo que he escrito, ha sido con toda mi pasión. No he escrito línea, hasta donde yo creo, superficial.

De su novela El hilito de sangre, un libro que marca parte de su trayectoria como escritor, a Eusebio Ruvalcaba le significa tanto "como un amigo. Cuando la escribí estaba en el transito de mi divorcio, y me obligaba cada semana a escribir un capítulo para que el domingo, al ver a mis hijos -que entonces eran adolescentes- podérselos leer, y eso era un motivo de alegría y concordia entre ellos y yo". La película, sin embargo, "no la he podido ver en mis cinco sentidos. En el estreno me salí por vergüenza, y la segunda vez que fui al cine iba ahogado de borracho y me la pasé dormido o llorando".

-Este año has publicado dos títulos, Diccionario inofensivo y Con los oídos abiertos, ambos de ensayos, ¿qué me puedes decir al respecto?

-El primero es un recorrido de mis obsesiones volcadas a través de algunos objetos que conforman la vida diaria de cualquier hombre: los focos, los sobres, las sábanas, los tornillos; me gusta detenerme en esas particularidades, porque creo que están colmadas de sugerencias, y uno de los trabajos del escritor es descubrir esos matices que, de pronto, pueden pasar inadvertidos por la gente que desprecia una silla, por ejemplo, pero que, ese objeto si hurgamos en él encontramos motivos de fábula, de deleite o de hondura.

"Con Los oídos abiertos", abunda, "es un libro que versa sobre mi relación con la música, toda vez que soy un melómano ávido y un descubridor continuo de ese lenguaje cifrado. Me gusta escribir sobre música y hacerlo desde una plataforma que puede sugerir atmósferas, cosas, emociones y sensaciones, todas a favor de un posible deleite".

 

 


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