Habar Ahala
16 de Abril de 2000 a las 13:38
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Delante suyo, el ordenanza caminaba con dificultad , cargando el pesado volumen que tomaba con ambos brazos y apoyaba en su sobresaliente barriga. El doctor Salazar , yendo unos pasos por detrás, lo escuchaba respirar con dificultad, y bajo los faldones del guardapolvo gris veía cómo arrastraba la pierna derecha, evidentemente afectada por alguna dolencia.
Cuándo llegaron a la mesa de lectura en el centro del salón, el ordenanza arrojó el grueso tomo sobre la misma, que aterrizó estruendosamente.
- Gracias - farfulló Salazar, con un tono que indicaba todo lo contrario a la gratitud.
- Me llama cuándo termine, dotor - replicó el otro, desapareciendo entre las estanterías antes de que algo más le fuera requerido.
Con una expresión de fastidio tomó asiento Salazar, lamentándose una vez más de la repentina enfermedad de su secretario que lo obligaba a abandonar su pulcra oficina y presentarse personalmente a lidiar con el personal del Registro y la tediosa búsqueda.
Con puntilloso cuidado, abrió su maletín y sacó algunos elementos antes de echarle una mirada al gran libro. La carpeta con los antecedentes, un bloc de notas, lapicera, lápiz, media docena de marcadores de cartón, una regla de madera de 25 centímetros. Los distribuyó en precisa posición sobre la mesa, siguiendo un protocolo establecido por él desde joven y respetado a rajatabla.
Acto seguido, procedió a replantearse el motivo de su presencia en aquel lugar y de la comparecencia del voluminoso tomo ante sus ojos. Esta era otra de sus pautas; la de no iniciar búsqueda alguna, ni hacer el menor movimiento sin antes tener plenamente esclarecido el objeto de sus inmediatos esfuerzos.
El caso Brigante, una cuestión menor de la que normalmente se ocuparía su convaleciente adjunto; la sucesión de los bienes de un desquiciado asesino fallecido en la cárcel recientemente, donde fuera a parar por el doble homicidio de su esposa y el hijo natural de esta. La cliente era la sobrina del criminal y su única heredera conocida, la cual deseaba entrar en posesión de un campo en la zona de Nogoyá.
Salazar procedió a deslizar las hojas con parsimonia, recorriendo su vista con ritmo constante las anotaciones.
Sintió cierto disgusto entre los folios cincuenta y seis y cincuenta y siete; inscriptos en el año sesenta y dos, en los que por primera vez el escriba remplazó el uso de la tinta fresca y la letra caligráfica por el rápido pulso de un bolígrafo. Una señal de decadencia en la técnica de la escritura a la que no se acostumbraba pese a convivir con ella desde siempre.
En el folio ciento catorce encontró el antecedente que buscaba. La inscripción de un inmueble rural en la zona sur de Nogoyá como propiedad de María Sellares de Brigante, el catorce de Julio de 1975.
Un timbre de alerta sonó desde su metódica memoria. Tomó su carpeta, buscó la fotocopia del acta matrimonial de José Brigante y María Sellares. Casados el quince de Julio de 1975 decía el documento.
Rápidamente, imaginó una boda por Iglesia entre el señor Brigante y la señora Sellares en la mañana del 14 de Julio del 75; la firma de una escritura de compraventa en la tarde del mismo día, por parte de la señora Sellares, que quizás orgullosa firma con su apellido de casada por vez primera; y la celebración del matrimonio civil al día siguiente.
Con pulso firme anotó en su borrador: "Inscripción incorrecta. La señora Sellares era legalmente soltera al adquirir el bien. La propiedad no es bien ganancial compartido con José Brigante".
Volvió su vista a la inscripción. Bajo la misma, entre dos renglones, un tenue trazo de lápiz afirmaba: "Posible bien a heredar por Alcides Sellares".
Lo invadió un sentimiento de malestar. La pésima costumbre de algunos colegas suyos o de sus ayudantes de hacer apuntes marginales sobre los mismos Registros oficiales durante sus consultas lo escandalizaba. El jamás habría ensuciado un documento de esa manera.
Algo más estaba fuera de lugar. Aquella letra le resultaba vagamente familiar, pero tras observarla largamente no pudo determinar el porqué de esa impresión.
En cuánto al porqué de la insolente nota adicional, sólo podía pensar en una causa. Un posible embargo.
Guardó sus herramientas en el maletín tan cuidadosamente como las había desplegado. Llamó al ordenanza, repetidas veces, para comprobar como esperaba que éste se había puesto fuera de su alcance.
Salió al pasillo y se dirigió a la Secretaría.
- Debo consultar la sección de embargos - le informó al encargado, un canoso y antiguo empleado - los correspondientes al año 75 en adelante.
- Acompáñeme, doctor Salazar - el empleado lo conocía de tiempo atrás, desde sus inicios, cuándo sus visitas a aquel edificio eran más frecuentes.
Lo condujo hasta un salón donde tres o cuatro de sus colegas se afanaban sobre los archivos con expresión de hambrientas aves de presa. La Sección de Embargos siempre había convocado tal concurrencia, desde que podía recordarla.
Salazar volvió a cumplir su ritual previo mientras el servicial encargado acarreaba los registros solicitados.
Su búsqueda fue afortunada, encontró la referencia en pocos minutos. Un embargo preventivo solicitado sobre los bienes de Alcides Sellares, en el año 75, por honorarios impagos, solicitada por...
Lanzó una exclamación, e inmediatamente observó de reojo a los demás concurrentes, temiendo haber llamado la atención. Seguían ensimismados en sus tareas.
Volvió a leer. "Agustín Salazar, abogado, y..", rezaba la inscripción.
Desde las brumas de su memoria llegó el dato que necesitaba. Un caso de su juventud, un cliente de poca monta al que debió demandar luego porque se negó a abonarle sus servicios. El hombre era un insolvente, y jamás pudo cobrarle.
En un cálculo a vuelo de pájaro, estimó que la modesta deuda ahora sería una respetable suma por la aplicación de los intereses.
Revisó su carpeta. Entre los últimos papeles encontró un recorte de diario, seguramente agregado allí por su servicial secretario.
Correspondía a las noticias policiales, era un reporte del doble homicidio de María y Alcides Sellares a manos del esposo de la primera, quién utilizó un cuchillo de cocina para acabar con ambos. El crimen se había cometido durante una tarde de domingo, y los cuerpos sólo habían sido hallados días después, por sospechas de los vecinos que advirtieron a las autoridades. El homicida, José Brigante, fue arrestado poco después, y condenado sólo por la abrumadora evidencia material, ya que se negó a confesar su culpa.
Su mente ya vislumbraba las consecuencias y las dificultades. Con una precipitación insólita en él, rebuscó y extrajo de la carpeta el certificado de defunción de María Sellares.
Tal como sospechaba, el médico no pudo establecer una hora precisa para el deceso.
Sobre su bloc de notas escribió:
"A - En caso de haber fallecido primero Alcides Sellares; la señora María Sellares carecía de parientes directos que la sucedieran al momento de ser asesinada. Por tanto, es su único heredero su esposo, José Brigante, y por fallecimiento natural de éste, nuestra cliente.
B - En caso de haber sido asesinada en primer término la señora Sellares, y siendo el bien en cuestión propiedad adquirida antes de su matrimonio legal; es heredero del mismo Alcides Sellares, y a la muerte de él, quienes le sucediesen; cómo así también los acreedores que tuviesen reclamos contra él".
Una gota de sudor corrió por su mejilla. Tornó a mirar nuevamente hacia los otros concurrentes. Gente de la profesión que lo conocían, y a menudo lo odiaban. Su prestigio en la plaza local era envidiable, su clientela la más selecta, y todo eso era el resultado de su conducta sin tacha.
Imaginó los comentarios, las maledicencias, haciéndolo aparecer como un aprovechado que manipuló el caso de una cliente para apropiarse de su herencia con la excusa de cobrarse una antigua deuda.
No le interesaba en lo más mínimo, renunciaría a la demanda de inmediato. Pero el Foro no se lo permitiría, la política de estricto cumplimiento con los honorarios profesionales era una de sus premisas máximas, máxima a la que él mismo había adherido rigurosamente.
Se lanzó al pasillo nuevamente. Debía encontrar la forma de resolver esa mala jugada del destino.
Llegó frente al encargado. Una idea tomaba forma en su mente, decidió avanzar en ese sentido
- ¿Existe alguna información sobre casos criminales que hayan surgido con posterioridad a la condena judicial de los mismos? - le espetó.
El hombre parpadeó, sorprendido por el extraño requerimiento.
- Me refiero a detalles que sólo fueran conocidos por el criminal, y que no pudieron ser establecidos durante el proceso.
Un gesto de comprensión iluminó la cara del otro
- En el subsuelo tenemos el Registro de Ultimas Confesiones. Se trata de la compilación de declaraciones efectuadas por presidiarios cercanos a la hora de su muerte. Como usted sabe, doctor, muchos criminales revelan en esa situación extrema cosas que escondieron toda su vida.
- Quisiera consultarlo - dijo Salazar, en el tono menos exaltado que le fue posible.
Lo siguió, escaleras abajo, a través de los niveles y salones conocidos, hasta llegar a un sector del edificio que no recordaba haber visitado antes en toda su larga práctica.
- Esta parte es la más antigua, y su mantenimiento ha sido deficiente - explicó su guía - por eso quedó reservada para archivos que raramente se consultan, como el que le mencioné.
El último subsuelo olía a humedad y encierro, media docena de mortecinas lámparas de luz apenas lo sacaban de la penumbra. Era un sótano dividido por un entrepiso de madera, con largas estanterías cargadas de documentos en ambos niveles.
- El Registro de Ultimas Confesiones está en la parte inferior, doctor - el hombre estiró su mano señalando algo adelante - la superior está muy cargada, tanto que le han colocado algunos puntales para sostenerla. Lamento no poder acompañarlo, pero no puedo permanecer tan lejos de la Secretaría por mucho tiempo
- Atienda sus obligaciones - le replicó Salazar.
Dejó el maletín sobre una pequeña mesa, recorrió las hileras de volúmenes pacientemente. Al fin, encontró el tomo correspondiente al año de la muerte de José Brigante.
Se sentó bajo la luz más cercana. Lo revisó hoja por hoja, de punta a punta, volviendo al principio y repasándolo nuevamente.
No obtuvo nada. Ni una mención a José Brigante, que habría muerto sin soltar sus secretos.
Una profunda desazón lo dominó. El no debía estar allí, en un miserable sótano del vetusto edificio de archivos oficiales, persiguiendo los rastros de un crimen vulgar para evitar las consecuencias de un ridículo malentendido.
Sintió unos pasos sobre su cabeza, encima del entrepiso. Alguien que caminaba en forma despareja, y parecía raspar el piso. Recordó al primer ordenanza, el que arrastraba la pierna.
La situación le resultaba insoportable, el desarrollo de su día de trabajo no podría haber sido peor. La enfermedad de su secretario, el descubrimiento de esa extraña ligazón con su cliente, la frustración de la búsqueda emprendida.
Los pasos se apuraron, rompiendo el ritmo, luego escuchó un golpe seco, como de un cuerpo cayendo contra el piso. Una especie de temblor recorrió la estructura.
Volvió a sentir que él no debía estar allí.
Un sonido sordo, creciente, llenó el ambiente. Acompañados de más golpes, el sonido de objetos que caían. Intuyó al ordenanza trastabillando en el piso superior y precipitando la caída de las estanterías y su contenido, como un castillo de naipes que se derrumba.
No debía estar allí, deseó estar en su oficina como siempre, ocupando su mente en la resolución de cuestiones legales, como todos los días. Esto que le ocurría ahora era algo desagradable y sin control.
Pensó que si algo le sucedía la demanda contra Alcides Sellares se extinguiría.
El crujido se transformaba en estruendo. Uno de los puntales cayó al piso. Sintió el estallido de tablas y vigas que ya no soportaban. Su mano aferró la lapicera en un acto reflejo.
"El conflicto de intereses se resuelve " - escribió - " nuestro cliente cobrará su herencia".
En la calle frente al edificio de archivos oficiales, el estampido sobresaltó a los escasos transeúntes, cuando el aluvión de maderos, tirantes, un ordenanza barrigón y toneladas de papel de registros sepultaron al abogado Salazar.
Habar Ahala