Pasa la vida

JM DORREGO
20 de Octubre de 2005 a las 08:31

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 Estás frente a la puerta, dispuesto a abrirla. Al menos, para eso has llegado hasta allí. Te atusas el pelo, carraspeas, ajustas el nudo de tu corbata y miras tus zapatos, a ver si están relucientes. Pues no, relucientes no están, así que utilizas la manga de tu camisa a modo de trapo. Ahora sí, ahora da gusto verlos, casi salen estrellitas, lucecitas, como en esos anuncios de la televisión donde pasan la crema de calzado tal por el zapato y allí, en el zapato, se refleja el mundo todo, como por arte de magia. Es increíble, lo que hace una manga de camisa. Ahora tienes que limpiar la manga de tu camisa, donde está toda la suciedad que has liberado de tu calzado ¿Qué esperabas? Lo único que has hecho ha sido transportar la suciedad de un lugar a otro, de tus zapatos a la manga de la camisa. Parece mentira que todavía pongas esa cara de sorprendido. Eso lo estudiaste en el colegio: “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Y la mierda, por sorprendente que te parezca, también es energía. Sí, se transforma, o lo que es lo mismo, se traslada de un lugar a otro, porque transformarse es una manera de viajar. Pero claro, tú en el colegio no atendías, no estudiabas, no nada, y así te va. Total, que tienes la manga de la camisa manchada con la mierda de la punta de los zapatos. Ahora, el siguiente paso es limpiarte la manga. Pero antes carraspeas de nuevo, te vuelves a alisar el pelo y ajustas otra vez el nudo de tu corbata. Y la puerta que sigue ahí, frente a ti, la maldita puerta, y quizá te hagas una de esas preguntas estúpidas, tipo ¿Por qué existirán las puertas? ¡Ya te vale! La filosofía nunca fue lo tuyo. Ni las metáforas, ni el simbolismo. El caso es que sacas el pañuelo que tienes en el bolsillo de la chaqueta, el pañuelo de punto, de punta en blanco, el pañuelo de secarte el sudor, de sonarte las narices, el de las despedidas. Frotas la manga de tu camisa con el pañuelo, en su nueva función, pero es peor: la suciedad se extiende de la bocamanga hasta casi el antebrazo. Ahora sí que la has hecho buena. Lo que era una discreta mancha, que bien podrías haber disimulado con cierta destreza, se ha convertido en un auténtico lodazal. Y la puerta sigue ahí, frente a ti. Cambiarte de camisa ya no puedes, es demasiado tarde. Si hubieses llegado con tiempo a la cita, aún tendrías la posibilidad de bajar a la calle y comprar una camisa nueva. Pero ya no, ya es tarde. Tú tienes la manía de llegar con el tiempo justo a las citas, en algún lugar escuchaste que llegar con demasiada anticipación a una cita es darle una importancia al citado que quizás, tras la cita, llegues a la conclusión de que no se la merecía. Bien, vale, como frase no está mal, eso de que llegar con anticipación es darle demasiada importancia al citado, pero ya ves, luego pasa lo que pasa. Será mejor que dejes las citas para el frontispicio. Eso te sucede por hacer caso a todo lo que oyes por ahí, sin cerciorarte de que las fuentes tengan un mínimo de credibilidad. ¿Y ahora qué tienes? Veamos: tienes una voz que, por más que carraspeas, no se aclara; tienes un pelo que por más que alisas con tus manos sudorosas, resurge de nuevo de sus cenizas y se desmelena, dejando alrededor de tu cabeza una suerte de aura despeinada, como de santo loco; tienes también una corbata de Gucci, de Gucci, sí, pero cuya decoración de cuadriláteros desentona escandalosamente con tu camisa de rayas (Parece mentira que no recuerdes la primera regla del dandy: “jamás combines cuadros con rayas”) ; y la camisa, claro, tienes tu camisa con motivos geométricos, apayasada, con la bocamanga derecha embadurnada de crema de zapatos. Y los zapatos, claro, tienes, eso sí, tus reluciente zapatos italianos, tus flamantes zapatos italianos que, en cualquier caso, no te servirán para disimular el resto de tu desangelada estampa. Bien mirado, das medio pena. Ah, claro, también tienes un ramo de flores sujeto entre tus sudorosas manos. Son lirios ¿Adónde vas con esos lirios? Sinceramente, eres un poquito patético. Pero lo peor, lo peor de todo: tienes ante ti una puerta, una puerta y un timbre que –ahora lo sabes- jamás llegarás a pulsar.
Ahora te has desajustado el nudo de tu horrorosa corbata y enciendes un cigarrillo mientras te das la media vuelta y te encaminas por el pasillo hacia el ascensor. Te sacas la chaqueta y te la echas a la espalda por el hombro derecho, sujetándola por el cuello con tu dedo índice flexionado, como has visto tantas veces hacer en mil películas a los tipos derrotados, a esos héroes con pies de barro pero que caminan con la cabeza bien alta tras la derrota. Hoy no ha sido un gran día, muchacho, pero en peores te has visto. Atrás queda la puerta, la puerta a la que nunca te decidiste a llamar. Y tras la puerta, ella, tu princesita ¿De veras merecía la pena? Ahora que lo piensas, esa chica no estaba a tu altura ¿Te has fijado en su manera de andar? ¡Parecía que se acababa de bajar del caballo! Y su diente, ese diente que asomaba entre sus insulsos labios y que más de una vez pensaste que parecía dispuesto a salir disparado para clavarse en tu yugular ¿Qué era cariñosa? Sí, claro, de los rinocerontes también se dice que pueden llegar a ser extremadamente cariñosos, pero eso no significa absolutamente nada. Definitivamente, esa chica no era para ti.
Y por fin, miras tu reloj: las diez y diez. Si te das prisa, te tomas un par de cervezas en el bar de Franky y luego a casa, que a las once pasan por televisión “Harry el sucio”, con ese Clint Eastwood de poncho roñoso y gesto duro e implacable, ni que se lo hubiesen esculpido con cincel. Y luego una copita, y a dormir. Sólo te falta, mientras llega el ascensor, fruncir un poco el ceño y silbar aquella melodía de Sinatra, esa para las grandes ocasiones ¿No la recuerdas? Sí, hombre, aquella, aquella que decía “Pasa la vida/igual que pasa la corriente/ cuando el río llega al mar… ¿O esa era de Camarón? ¡Qué más da!

JM DORREGO

 


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