Garvas
28 de Mayo de 2006 a las 21:54
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Astarot.
El 3 de junio de un año incierto, Felipe vio su cuerpo reflejado en el espejo. Desde los veinte, diariamente efectuaba, a las cinco treinta de todas las mañanas, una hora y media dedicada a su físico, conformada de treinta minutos de meditación y sesenta de prácticas deportivas regulares, para después asearse meticulosamente, desayunar una combinación de alimentos balanceados junto a su segunda esposa e hijos, y platicar un rato con ellos para después dirigirse al trabajo, satisfecho de haber convivido tiempo suficiente con la estirpe, que había construido con sumo esfuerzo y dedicación, en un medio ambiente urbano en el que los valores cada vez pasaban más a segundo plano.
Ya de camino a la zona administrativo-industrial de la región, Felipe aprovechaba para revisar y estructurar con entera sobriedad, estrategias y proyectos financieros, apoyándose en el equipo de expertos y ejecutivos cuyo propósito era facilitar la administración de su imperio comercial, forjado de acuerdo al criterio de la brillante mente de Felipe...
Este día, el 3 de junio del año incierto, las cosas cambiarían un poco su proceder. Felipe se miró al espejo, se dio vuelta una vez confirmada la sana apariencia de su escultural complexión, después de haber ejecutado la serie de ejercicios y haberse bañado, como era su costumbre. Se sentó en un banquito Luis XlV, que se encontraba en la lujosa oficina –situada apenas a unos metros de su exquisita alcoba alfombrada y decorada con tonos rojizos-oscuros–, tomó la bocina del teléfono y realizó una llamada al número directo del Gerente de asuntos legales de su empresa.
- Ya lo tengo pensado –dijo Felipe a Ramón, sin que éste se extrañara de la forma tan áspera con la que su jefe se dirigía a él–. Quiero heredar todo, contando las acciones y las propiedades a una sola institución.
Pero para comprender el sentido de lo que Felipe dijo después de esta frase, valdría la pena mencionar ciertos aspectos fundamentales de su personalidad.
Para empezar, debe hacerse notar que no existía ser, socialmente hablando, como Felipe Sabnac. Su carácter no se debía a la integridad y heroísmo que caracterizan a las arquetípicas figuras de un noble caballero, y mucho menos a logros pertenecientes al bien común que ostentan los modelos a seguir y que toda sociedad intenta instalar. No obstante, debe mencionarse que, su esencia siniestra, tampoco había sido construida por el placentero gozo de cometer desmedidas actividades villanescas: la sutileza de cualquier retorcido acto que cometía, se componía de elementos mucho más elaborados que la simpleza con la que se construye y desempeña una mente criminal cualquiera. Felipe siempre se esforzó por comportarse de forma centrada y moderada, aún en las circunstancias más adversas y desalentadoras, como era el caso de encontrarse consciente de la inevitable y dolorosa muerte que le sobrevendría por el cáncer que atacaba sus entrañas, o en una situación totalmente contraria, como lo era optar por la aniquilación física de sus competidores, ganando de esta manera un mayor dominio y presencia sobre el mercado. Él determinaba que su deber hacia la infamia, era por razones de principio ético y no por otra causa atenida a la débil vanidad, avaricia y mucho menos a un trastorno mental.
Por todos estos motivos, y un poco por el romanticismo que hasta el peor de los presentes tenemos, Felipe se bautizó en secreto bajo el sobrenombre de Astarot, contemplándose a sí mismo como la reencarnación del antiguo ser mitológico, cuya fuerza radicaba en el manejo del dinero, la desgracia y el poder, sin que nada en esta historia posea un carácter místico o mágico en lo absoluto... Astarot, era un abnegado admirador del desprecio hacia los miserables y los desafortunados, sin tener que justificarse con falsas adoraciones a entes diabólicos. De hecho, las pocas veces que se alegraba de lleno, sonriendo un poco sin demostrarlo jamás ante nadie, era cuando sucedía una tragedia, causando la muerte de miles...
Su fortuna –como casi todas–, era producto de haber descifrado las debilidades y necesidades de la gente, que compraba debido al deseo de alcanzar la felicidad, sin darse cuenta de que, entre más lo intentaran, más se hundían en el desconcertante vació de existir.
En resumen: Felipe Astarot era un excelente empresario.
Pero para Astarot, el poder no lo representaba todo ni era un motivo por el cual prevalecer. Él no se conformaba con lograr la gloria pisoteando a los demás negociando de forma limpia y lícita, o sucia e ilícita. Se impuso lograrla siempre bajo los métodos más escalofriantes, exagerando la necesidad de tener que recurrir al salvajismo, la violencia y la muerte; siempre y cuando, no lo disfrutara. No requería del capital de su empresa para lograr todo esto. Su negocio era una excusa para lograr lo que él creía correcto: cometer un daño con un fin mayor, el fin de volver aún peor a este mundo. Para él, era normal despreciar a la humanidad; pareciéndole ridícula su forma de proceder y de considerarse una civilización avanzada. “Por qué tener piedad, lástima o algún instinto de defender a semejante especie en la que sus personajes benéficos, estadísticamente, eran una deformación en comparación al promedio normal de su totalidad”. Y aunque toleraba a aquellos que hicieran lo que se conocía como “El Bien”, al resto los encontraba denigrantes, decadentes, torpes e inservibles. Para Astarot, contemplar la ignorancia de los pueblos subyugados por sus gobernantes, sus mentiras y su clase rica a la que él pertenecía, era un gran deleite. Ver como el país más poderoso del mundo engañaba y manipulaba a sus ciudadanos, le daba sentido a la existencia, en la que, individuos como él, habían visto las cosas como realmente eran, aceptándolas y volviéndolas parte de su organismo y tipo de vida. ¡Qué EU bombardee por petróleo y que los terroristas destruyan lo que les venga en gana, y que en represalia maten a mis seres cercanos para que el dolor y el deseo de venganza me invada a mí y a quien se cruce en el paso de la avaricia!... Pero nunca, por piedad, me irrumpa el anhelo penitente de querer mejorar las cosas... Ese era su credo. Estar conciente del hambre que sufrían en África, las enfermedades tan atroces que los humanos experimentaban, los niños abusados sexualmente y asesinados. Ninguna razón sería válida como para llorar o arrepentirse. Y de haber podido, Felipe hubiera contribuido más a que estos actos se perpetraran en un mayor número de gente. “No a la educación” “No a la justicia ni a la igualdad” “Que se reduzca la oportunidad de amar y ser feliz”. Los hijos de Felipe se encontraban a salvo en un medio ambiente en el que ignoraban lo que sucedía con su padre y el resto del mundo; al igual que la esposa, quien compraba feliz sobrevalorados productos inservibles, después de acostarse con un gigoló y tomar café en una sucursal perteneciente a alguna trasnacional que representaba lo imbécil que la humanidad se había convertido. Más bien, que siempre había sido.
Pero la muerte estaba cercana para Felipe.
Todo el dinero debía ir a una sola institución o persona, ¿pero a quién? Después de cuestionarse, incontables veces la misma pregunta, Astarot reconoció la importancia de darle una oportunidad a los grupos o individuos que podrían marcar una diferencia. Algo dentro de sí le decía que hacer ése bien por toda una raza o razas que odiaba, no era incorrecto y posiblemente era lo mejor para partir con honor de esta vida. ¡Qué noble sería contribuir a defender a todos con la esperanza de que un futuro profeta ideara una forma de encaminar correcta y debidamente a esta tortuosa humanidad con pocas esperanzas de subsistir y con pocas posibilidades de retomar lo que realmente valía la pena! Para el postizo Demonio, no existía un motivo lógico pero supo que hacerlo –creer–, sería lo correcto; que su deber, a esa altura de la vida, era perdonar por vez primera y encontrar la salvación por medio de la redención. Darse cuenta que alguien debía ser capaz de hacer lo imposible, por muy lejano que pareciera. Era hora de la fe.
Esta mañana del 3 de junio de un año incierto, Felipe se dio la vuelta frente al espejo después de confirmar la firmeza de su aparente sana complexión de un hombre de 54 años, para después tomar el teléfono y llamar al Gerente Ramón, encomendado de dirigir los asuntos legales de la empresa que arduamente había edificado.
- “Ya lo tengo pensado –dijo con voz serena–. Quiero heredar todo, contando las acciones y las propiedades a una sola institución. Quiero que todo quede a nombre del sector balístico y nuclear del ejercito nacional de los EU... Infórmame lo que requieras para que esto suceda”
Felipe Sabnac colgó. Después desayunó con su familia una serie de alimentos balanceados, platicó con ellos lo suficiente para irse después a su empresa y asegurarse de que se mantuviera tan firme como su persona hasta el último momento
Su esposa fue de compras a Louis Vuitton. Su hija iría con amigas a un club de moda. Y su hijo de 13 años compraría tres éxtasis y una pulserita de livestrong que utilizaría en la noche en medio de una orgía... Él, Felipe, en la tarde cuando comenzara a oscurecer, compraría una camioneta Hummer, equipada para transportar tanques de oxigeno, para después firmar el testamento y prepararse a dormir tranquilo sin nada que lo perturbara.
Garvas