COLAS Y RABOS

Molkas
4 de Diciembre de 2008 a las 12:49

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COLAS Y RABOS

"¡A la cola! ¿Cuál?

¿Qué no es la ISO única?"

Pitoniso no hay que ser para saber qué va a pasar en el 2009: la cargada de los búfalos pastoreando con cargo al erario-IFE se atrincherará con rumbo al 2012. Y como lo primero es lo primero, las tajadas del Congreso y el reparto del presupuesto entre los chipocludos, dejarán a los simples mexicanos desa-tendidos en sus pequeñeces: la inseguridad, la corrupción, el desempleo, la insalubridad, los baches, las colas, en una palabra, en los rabos de la postración.

¿Y para qué sirven las colas? Para que la gente no moleste. Si en las agencias del ministerio público se recibiera de inmediato a los ciudadanos, se les entregara el acta en quince minutos y luego se les tuviera al tanto de las averiguaciones, las denuncias se multiplicarían tormentosamente (¡Uff!). Todo está hecho para que la gente prefiera no denunciar y pagar coyotes.

Si en el Seguro Social se pudiera consultar al médico por teléfono o visitarlo sin hacer previa cita y horas de antesala, las consultas se multiplicarían absurdamente (¿Más?). Todo está hecho para que la gente prefiera acudir a un dispensario, automedicarse un TV genoma-lab o pagar un médico particular con la consecuente factura de lujo.

Las colas, los turnos y los trámites con acuse de recibo y sin resolución, hacen que la burocracia y sus genios inventen los “miércoles ciudadanos” donde, también, si usted quiere ver al preciso, tendrá que madrugar para obtener un boleto en la lista de espera y desesperar hasta ser atendido. Si no, andará buscando en las diferentes mesas de atención por rubros o especialidad: seguridad, obras y servicios, desarrollo urbano, protección civil, etcétera, en donde, como en un mercado, los diferentes tenderos intentarán desatenderlo, según el rango del cliente, perdón ciudadano, o la importancia del asunto. Y, como en los tianguis, le llegarán decenas de opiniones, de ofertas y sugerencias de solución, las que tratarán de envolverlo haciéndole promesas de seguimiento y arreglos que nunca se cumplen, pues quedaron en el aire o sólo sirvieron para enriquecer la demagogia y justificar el gasto.

Las colas o esperas también sirven como muestras de poder. Las jerarquías se definen por quién va a ver a quién, y cuánto lo hace esperar. Plutarco Elías Calles se dio el lujo de citar al presidente Lázaro Cárdenas, y de tenerlo esperando en la antesala. ¿Para qué? Para demostrar quién era el jefe Máximo. Y hasta jefecitos de quinta categoría les prohíben a sus secretarias pasarles una llamada antes de tener a la otra persona en la línea, esperando a que su majestad se refresque el gaznate. El mensaje es claro: el importante soy yo, tu tiempo es desperdiciable. Así que ¡aguántate paisano!

Órlov, el estudioso de las masas, estimó que en la Unión Soviética se desperdiciaba el tiempo completo de quince millones de personas en hacer colas diariamente. No hay cálculos semejantes para las ventanillas mexicanas de los edificios de los poderes y servicios públicos, el Seguro Social o las bancos-fisco; ni para los costos conexos que implican los viajes de ida y vuelta, la preparación de requisitos, la congestión del tráfico, la contaminación y la basura provocada por los que van o vienen de hacer trámites. Nadie mide estos costos. Por eso es que tanta gente está dispuesta a pagar por ahorrarse tanta molestia. ¡Qué díscolos! Y de allí surge la otra ventaja de las colas: la oportunidad de sacar dinero tramitando o prevaricando: "hay recursos, los agotamos; no hay, ¡fuera de la cola!

Pero el problema de fondo es el desprecio, la autodegradación. Lo que no paga no se respeta: por eso se desperdicia. Si la cola le costara, no sólo al que espera (y a toda la sociedad), sino al que hace esperar, el cuadro cambiaría. Si la burocracia tuviera que pagar un peso por minuto de espera a cada una de las personas en la cola, muy pronto reorganizaría el servicio para reducir la cola al mínimo, y hasta eliminarla. No es ninguna milagrería: es la práctica normal de las empresas eficientes, profesionales, las que tienen que pagar el costo de ambos lados de la ventanilla.

El análisis cuantificado de la formación de colas empezó en la industria textil. Cuando el hilo de un telar se revienta, la máquina deja de producir, mientras el operario no reanuda el tejido. Si hay pocos operarios atendiendo muchos telares, la cola de las máquinas paradas puede ser muy larga y la producción perdida muy costosa. Pero aumentar el número de operarios también cuesta. Como la empresa paga ambos costos, los compara y determina la combinación óptima. Se hacen estudios de este tipo desde hace ochenta años para toda clase de operaciones. Todo bajo el supuesto fundamental de que la cola cuesta. Si no cuesta, porque el desperdicio lo pagan otros, ¡pues que viva el desperdicio y el ISO de una sola ventanilla!

Con la cantidad de gente que sobra en el sector público, sería fácil abrir más ventanillas, ampliar los horarios, atender por teléfono, poner personas que orienten antes de hacer la cola y personas que informen lo que está pasando adentro (La chorcha).

Esperar a un pasajero internacional en el aeropuerto de la ciudad de México es kafkiano. Desde que se anuncia la llegada del avión hasta que salen los pasajeros pueden pasar horas, sin ninguna información sobre lo que está pasando adentro, que permita aprovechar el tiempo. Hay que estar de pie y a la expectativa sin interrupción, en medio del gentío, para evitar un desencuentro.

El problema de fondo es el desprecio a la sociedad (la discordia). ¿Quién va a ocuparse de pequeñeces, si está a la vista la piñata del 2009? Toda la carne al asador, que al cabo lo que importa es que los de casa (partidos) y sus incondicionales se casen con los que ya están arriba en el candelabro y de esta manera la “Jauja mexicana” se vea beneficiada con los votados por la providencia y los fondos del incesto iFEnstitucional.

¿Y los de abajo? Esos aguantan. Si ya aguantaron 198 años, ¿qué no aguantarán otra pozolada de vísceras y nixtamal chiloso?

Molkas.

Molkas



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