La Corona de Arión: Capítulo II

Adrian_Amalric
24 de Diciembre de 2008 a las 10:01

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 CAPÍTULO II

5-Cocinero II-

Meditaba sobre lo triste que debía ser no ver la luz del sol mientras el chico recogía y limpiaba el servicio. En ese momento apareció Penthar, el encargado de la despensa. Penthar Batijssen tenía, además de un nombre de ciudad, un pasado guerrero, pues había estado enrolado en las compañías mercenarias libres de Calodonia. El imperio Creciente siempre andaba enfrascado en trifulcas con los Kisaurianos y el hombre luchó en varias contiendas. En una de ellas alguien le rebanó media oreja y un trozo de moflete, pero Penthar juraba que el otro había perdido mucho mas que eso. Además la piel de su cara se había arrugado por las inclemencias del tiempo y era seca, desagradable como su carácter. Tal vez los rigores de la lucha lo habían tornado inhumano, pero Joseph pensaba que este hombre ya era malo de por si; algunas personas son malvadas por naturaleza y Penthar era cruel, mentiroso redomado y abusón como el que mas. Llevaba un librillo donde apuntaba el inventario de la cocina de palacio, sus cuentas y todo eso. Iba a pasar de largo, pero cuando vio la escena en la que se encontraba Joseph se paró para reírse del pinche.
---para quien era eso, niñato?---preguntó.

---para el invitado de las celdas.---respondió Joseph. Penthar bufó. Su aliento apestaba a vino.

---pobre de él…hoy se quedará sin comer.---
---y eso porqué?---dijo extrañado Joseph. El ex mercenario hizo una mueca de satisfacción y la parte de su mejilla que no tenía piel se demacró aún más. Se encogió de hombros
---tengo órdenes estrictas de servir al preso una comida diaria. Lo que ha tirado el niño era su ración.---parecía divertirse con la situación.---casi me da pena…para alguien al que le quedan tan pocos días de vida debe ser un trauma quedarse un día sin comer.---esbozó una sonrisa e hizo una reverencia burlona a Joseph. Luego se giró hacia el pinche.---limpia eso antes de que te vea el narizotas!---y ya se marchó.

Joseph se fue a supervisar los calderos mientras pensaba lo que había dicho su oficial de la despensa y se puso de mal humor. Nadie en palacio debería pasar hambre. Comer era lo mas maravilloso del mundo, el placer mas exquisito. Le ponía de mala uva que alguien que dependiese de él no fuese alimentado como es debido, así que decidió pasar por la sala central y cogió un plato con lentejas de tocino y grasa, media jarra de cerveza, pan mas o menos aceptable, dos morcillas de arroz y ya bajó para abajo.

El preso estaba encadenado a una pared por gruesas cadenas en brazos, piernas e incluso en el cuello y una banda le sujetaba firmemente la cabeza a los muros de piedra. Por lo visto el primer día de confinamiento intentó romper la puerta a cabezazos, y eso que los barrotes de hierro eran tan sólidos como cabría esperar. Después de eso fue encadenado, pero cuando se le sirvió la primera ración se clavó la cuchara en el cuello, motivo mas que suficiente para que el carcelero jefe decidiese salvaguardar la integridad de su “cliente” hasta que viniesen a recogerlo. En un primer momento pensó en darle la comida y bebida al mozo de llaves, que lo tendría que alimentar dada la inmovilidad del reo, pero luego se dio cuenta de que aún no había visto al famoso ladrón y ya estaban por venir a buscarlo, así que bajó a las celdas movido por la curiosidad. El hombre estaba, efectivamente, tan inmovilizado que ni siquiera podía bajarse los calzones para hacer sus necesidades. Nadie se había molestado en cambiarle la ropa, por lo que el hedor que desprendía era nauseabundo, aunque aparte de eso y de los vendajes en cabeza y cuello parecía estar sano. Era un hombre bastante mas menudo que él, si bien Joseph, con sus casi dos metros de altura sobresalía por encima de la media con mucho. Tenía rasgos afilados que le recordaba a los piratas Akbarianos, con una nariz aguileña y un mentón largo y estrecho. También llevaba una perilla descuidada y espesas cejas encima de unos ojos pequeños y oscuros, pero uno de ellos estaba tapado por un parche, cosa que lo hacía parecer todavía mas un hombre de mar. Era flaco y nervudo, de piel pálida y vestía ropajes oscuros: unos calzones marrones, botas altas de cuero, camisa holgada gris con un cinturón de piel de serpiente, guantes de tela basta que le llegaban hasta los codos y una capucha gris que ni siquiera le habían quitado al vendarle la cabeza y dejaba entrever pelo negro, corto y liso. Cuando Joseph entró alzó la vista hacia él.

---que me aspen. Cada día me cambian el mozo! Tan mal huelo ya?---tenía la voz áspera por la falta de bebida y un acento extraño. Joseph se acercó y le ofreció un trago de cerveza. El tal Lundheard bebió con ansias hasta agotar el líquido.

---no deberías haberte bebido toda la cerveza. La comida sabe mejor si se acompaña de bebida. Además: podrías…---
---atragantarme? Ojalá.---el ladrón esbozó una sonrisa.

---porqué quieres matarte? Tanto miedo tienes al juicio que te espera?---
---si me traes mas cerveza te lo cuento.---dijo con sorna. Joseph no le hizo caso, sino que empezó a darle el alimento. El otro probaba los bocados sin entusiasmo, pero lo notaba hambriento y no dejó nada en el cuenco, pero en el último bocado empezó a carraspear violentamente. A Joseph esas cosas no le hacían ninguna gracia.

---para ya!---dijo molesto---no voy a traerte mas cerveza.---
---y que tal un pellejo de vino? Aunque sea basto me conformaría---dijo el ladrón en tono burlón.

---no soy un criado.---replicó. Lundheard lo observó con su único ojo.

---ya sé que eres el maestro cocinero. Había estado en palacio antes.---aquello cogió por sorpresa a Joseph. Al verlo el otro se animó.---me serviste una vez. No lo recuerdas? Crema de setas con trozos de higo de Kraftamiel, estofado de ternera con zanahorias al vino y espetón…ah, si! Y también pastel de carne con sorpresa y aquella mariconada de pasteles de canela en forma de vaca.---
---eran ciervos…---dijo Joseph. Recordaba aquel banquete. Se hizo cuando el Conde Fortune aún vivía, en honor a una familia noble que había acudido a Salamandriya por asuntos de estado.---je…también servimos faisán trufado aquel día. Y cebollitas caramelizadas con puerros de la granja.---añadió.

---si…y todo regado con vinos fuertes y cerveza negra.---dijo el ladrón satisfecho.---cocinas mejor cuando tus comensales son de alta cuna.---
---no recuerdo haberte visto en el banquete.---al ver que el reo callaba supuso que tenía que hacer.---media botella de vino y me lo cuentas?---Lundheard sonrió.

---parece que empezamos a entendernos!---
Cuando bajó de nuevo a las mazmorras llevaba dos botellas de vino. Aquel comentario le había ofendido, en el buen sentido y él había aceptado el capón. Esta vez la bebida era de buena calidad. Lundheard aún seguía encadenado a la pared y cualquier otra cosa lo hubiese sorprendido. Le dejó beber un buen trago y luego bebió de su botella.

---este si me ha gustado.---dijo satisfecho el ladrón. Joseph callaba.---ah, si! Querías saber lo del banquete…veamos: que tal si jugamos? Si adivinas quien era te bebes mi parte, y si no, me quedo con las dos botellas. Te parece bien la apuesta?---Joseph nunca apostaba. Ya no. Años atrás había perdido la herencia familiar en timbas de torneos de caza.

---no voy a apostar contigo. Podría quedarme con las dos botellas si quisiera.---
---oh! Veo que mi contrincante es un hueso duro de roer.---aquel comentario le hizo gracia. Desde luego el ladrón era osado y ni siquiera el confinamiento parecía haber hecho mella en su moral.

---además: seguro que eras uno de esos estúpidos juglares. Me equivoco?---la cara del otro se iluminó con una sonrisa pícara.---no me digas que eras el bufón… No? Entonces quien? Tal vez algún mayordomo del séquito de los invitados?---Lundheard rió ampliamente.

---amigo: si hubieses apostado ya habrías perdido 6 botellas de vino!---
---sorpréndeme, entonces.---dijo Joseph admitiendo la derrota.

---la cortesana.---confesó Lundheard.

---que cortesana?---
---no lo sabías? El marqués de Lebon enviudó hace 10 años y no ha vuelto a contraer matrimonio, pero por alguna razón le gusta estar acompañado cuando visita otros rincones del mundo.---Joseph trató de recordar: el marqués de Lebon era un hombre gordo con un bigote enorme que gustaba acicalar en las puntas con un mejunje que los mantenía tiesos como espigas de trigo y vestía ropas coloridas. Aquel día llevaba unas calzas horribles de color azul que definían unas piernas como palillos y en contraste con su gran barriga le daban un aire de títere grotesco. El jubón con motivos florales y un extraño sombrero de ala ancha sobre su redonda cabeza daban mas crédito a esa imagen, pero si la memoria no le traicionaba iba acompañado de una guapa joven pelirroja de aspecto frágil.

---me tomas el pelo.---dijo decepcionado, pero Lundheard se reafirmó:

---claro que no! Porqué querría tomar el pelo a la única persona de esta maldita ciudad que me ha tratado bien? Te digo que yo era la moza del corpiño de encajes de hilo de draña y la sonrisa bobalicona.---
---imposible…era mas baja que tú. Y también mas esbelta, por no mencionar lo de las tetas y la nariz chata.---el bribón observaba divertido.

---hay algunos trucos…---empezó. Joseph lo miró desconfiado.

---trucos de mentiroso. Me estás engañando.---
---claro que no! Te digo que hay trucos…maquillajes, bultos de ropa para sugerir curvas…---
---y como explicas lo de que se le veían la mitad de las tetas en aquel corpiño que parecía a punto de estallar por tanta generosidad? Maquillaje también?---el ojo de Lundheard emitió un breve destello.

---oh…eso. Eso era magia.---se había pasado 3 pueblos. Hasta ese momento le estaba haciendo gracia la serie de triquiñuelas del ladrón y su sentido del humor, pero era evidente que ya se estaba guaseando de mala manera. Apuró su botella hasta el final.

---ya he escuchado bastante.---dijo seco.

---no quieres oír el resto? Ahora viene la parte interesante: cuando el marqués se quiso meter en la cama y lo hechicé para que creyese que yo era el criado.---Joseph se puso rojo de ira y de buena gana le hubiera dado un bofetón, pero se abstuvo porqué estaba encadenado. De haber estado libre lo habría manteado seguro. Lundheard continuó con su relato con un semblante divertido:---si hubieses visto la cara del chaval! Jo, jo, jo…el pobre no sabía si “aquella petición” entraba dentro de sus obligaciones, así que cuando el borracho del marqués empezó a sobarlo se dejó hacer pero luego, cuando se empezó a bajar las calzas se asustó y salió corriendo…Ja, ja, ja!!! Al día siguiente el tonto de Lebon ni siquiera recordaba lo que había pasado, pero el criado se pasó el resto de su estancia acojonado!---
---basta! Ya he escuchado demasiado.---dijo Joseph malhumorado.---no haces mas que decir sandeces. Típico…debes estar desvariando ante la perspectiva de tu muerte.---
---mi muerte? Eso es lo que crees? Te equivocas pues, amigo cocinero.---
---crees que te salvarás? Que no irás a la horca?---preguntó.
---la horca…por supuesto. Lo harán, seguro. Me colgarán en la plaza mas grande que encuentren, si…y con un montón de campesinos curiosos voceándome lindezas. Proclamarán mis crímenes solemnemente y entonces se acercará uno de esos monigotes de la Santa Imposición para preguntarme si me arrepiento de mis fechorías. Ese será el momento en el que le regalaré un escupitajo en su inmaculada frente. Y, si: seguro que entonces me colgarán, o me pasarán por la guadaña, o tal vez me sumerjan en aceite hirviendo, o puede que me aten una piedra al cuello y me tiren a un río para que sea pasto de los peces. No sé…siempre es diferente. Depende de la zona donde seas juzgado. Que mas dará lo que me hagan, mientras sea rápido---Lundheard no parecía muy preocupado ante aquella situación.---tu que crees, amigo? ---
---que mas me dará a mi como te maten. Lo que deberías hacer es arrepentirte de tus fechorías y suplicar perdón.---Joseph empezaba a sospechar que la osadía del tal Lundheard era mas bien inconsciencia pura.

---arrepentirme? Eso es para la gente normal. Yo soy especial.---
---vas a soltar otra de tus baladronadas?---
---si…la mas gorda de todas. Quieres oírla, amigo?---Joseph ni siquiera se dignó a contestarle. Se giró hacia la puerta dispuesto a irse pero como temía, la boca del bribón no sabía callar.---soy inmortal!---proclamó Lundheard. Aquello le hizo estallar en carcajadas y se giró hacia el ladrón. Tan chulo, capaz de inventarse fantasías como los cuentos de las viejas e irónico ante su destino. Le gustaba ese tipo de conducta en la gente y tuvo que admitir que el reo le había tomado el pelo de buena manera. No podía ofenderse ni hubiera sido justo. Ese hombre, ante las puertas de la muerte se lo estaba tomando con humor. Hasta con un toque de orgullo y elegancia.

---toma, te la has ganado.---dijo Joseph mientras le ofrecía la media botella de vino que quedaba. El reo bebió todo el contenido de un trago, satisfecho.

---espero que no pierdas el humor cuando estés en el patíbulo.---
---claro que no. Gracias por el vino, amigo. Eres un buen tipo. Mis agradecimientos por el trato recibido. Que te vaya bien por la vida.---dijo Lundheard. Joseph también se despidió:

---y yo espero que pienses en lo que te he dicho antes: medita sobre tus acciones.---El ladrón asintió.

---claro…ya sabes: tengo todo el tiempo del mundo.---

6-Setúbal II:

Parecían exactamente lo que eran: una escolta. Ellos 4, batidores de la Corona en las tierras norteñas, tenían la misión de patrullar los bosques y senderos, cazando alimañas, limpiando los caminos e informando de cualquier nueva relevante. Las Tierras del caos se extendían amenazadoras al norte y nunca eran del todo seguras. El Cubo de Don Simrod y la zona que lo rodeaba era el último bastión de la Corona, la punta mas alejada del reino. Allí las dehesas estaban controladas, pero hacia el norte, este y oeste los senderos se volvían traicioneros, pues cambiaban de la noche a la mañana, e incluso en algunas ocasiones con solo dejar de mirar a un sitio ya se retorcía. Adega no estaba acostumbrada a esos cambios bruscos de paisaje, pues la ruta que le tocaba habitualmente estaba lo suficientemente cerca de su aldea y apenas mutaba. Los bosques que separaban el Cubo de Kraftamiel eran harina de otro costal…por supuesto podría, su inmaculada compañera, haber elegido la ruta del camino ancho, pero de haberlo hecho su viaje habría durado entre 2 y 3 semanas mas. No era muy habitual que nadie escogiese vadear estos caminos de árboles altos y caminos oscuros, pero cuando la necesidad era apremiante se hacía. La muerte del Conde de Salamandriya había dejado un vacío de poder y no estaba nada clara la causa de la tragedia. Dependiendo de la mencionada causa el mandato de Salamandriya devendría en una u otra persona y, por eso, era necesaria la presencia de la mujer que escoltaban, pues por lo visto entendía de venenos y era especialmente hábil en sacarle las verdades a la gente. Mignon era una sacerdotisa de rasgos curtidos, muy diferente a como se imaginó Adega el día anterior. Ella pensaba que tendrían que escoltar a una dama pía y frágil, desacostumbrada a los viajes por montaña, pero Mignon era una mujer fuerte y acostumbrada a los rigores del senderismo. Tenía unos bonitos ojos azules y un pequeño lunar en la mejilla izquierda que la hacían parecer sensual. Sin embargo, el color de su piel estaba aclimatado al cambiante clima y estaba tostado. Era esbelta pero se la veía fuerte y sana, vestía sencillos ropajes de viaje, de cuero blando y telas suaves, pues aún estaban a final de otoño y el tiempo era cálido de día, aunque de noche refrescaba mucho. Llevaba una capa de piel de mamífero basta, de varios tipos de animal, de un color oscuro y, por supuesto, de su cuello colgaba el medallón del sol, símbolo de poder de la iglesia. También portaba una pequeña maza de madera y metal, probablemente plata pensaba Adega aunque no estaba segura del todo, porque nunca había visto aquel metal noble, totalmente inexistente en las tierras de Salamandriya e incluso raro en la Corona de Arión. Pero en el lejano y rico Reino de Kath era tan común que incluso se decía los campesinos Kathianos utilizaban cuchillos y cucharas de plata. Posiblemente se lo preguntaría durante los, aproximadamente, 3 días de viaje que les esperaban. Habían salido antes de que el sol asomara por la colina de la vieja, llevaban casi dos leguas de camino y ya los árboles eran tan tupidos que en algunos tramos ocultaban la luz del sol casi por completo.

Se habían organizado de manera que la sacerdotisa nunca permaneciese sola, con dos batidores escoltándola en todo momento y uno varios pasos adelante, allanando el terreno y otro que iba y venía, unas veces de atrás, recogiendo bayas, setas y cualquier alimento disponible o de otras partes, cuando divisaba una potencial presa. Rhamud había cazado dos perdices horas atrás y, cuando pararon para cocinarlas junto a varias setas la dama se ofreció a ayudar e incluso sacó de su bolsa un recipiente donde traía especias lejanas, cardamomo y pimienta verde de las llanuras Aakbarianas. Enseguida hizo migas con el resto de los batidores, sobretodo con el joven Tytos, que ya años atrás tenía un deje pío y había estado a punto de enrolarse a las órdenes de la santa fe. Tytos escuchaba a la mujer con devoción, y esta agradecía el momento contando anécdotas de viajes pasados.

Por lo visto Mignon había recorrido buena parte de las tierras de la Corona y conocía muchos lugares. Había estado en los bosques de Gamaliel, escoltando caravanas que se dirigían al puesto comercial de Calodrión. El bosque de Gamaliel era antiguo y misterioso y era desconocido en su mayoría por las gentes de la Corona. Varios clanes de salvajes vivían en él y, aunque se había batallado para erradicarlos o someterlos, de hecho eso nunca había sucedido. Según las leyendas anteriores a la llegada de los Arionenses el bosque de Gamaliel, o el Gran Bosque como era conocido por los salvajes, estuvo dominado por una raza misteriosa conocida como “los elfos del Bosque”, gentes con poderes místicos y vidas extraordinariamente longevas que amaban la naturaleza, las bellas artes y la solitud. Si las leyendas eran ciertas vivieron en torno a la era de los antiguos, haría unos 2 o 3 mil años y gobernaron sus tierras sabiamente. Se decía que su imperio abarcaba todo el Bosque y sus esplendorosas ciudades blancas estaban en lo mas adentro de Gamaliel, sobre copas de árboles gigantes y tan antiguos como ellos. Pero según la tradición hubo algún tipo de suceso que, o bien había obligado a una gran migración por parte de este pueblo, o los había erradicado por completo. Lo que estaba claro es que las gentes de Arión jamás habían visto un elfo y, desde luego, Adega creía que todas esas historias no eran mas que eso: historias. Pero los salvajes eran reales y representaban una amenaza considerable sobre las caravanas de especias, telas y piedras que se dirigían al puesto de Calodrión, ya que hostigaban a los viajeros por las dos rutas del Bosque. Mignon había pasado hasta en 3 ocasiones por el sendero de Carrolab y nunca a través del de Wingdlum, mucho mas rápido y recto que el primero, pero también mas adentro del bosque y menos patrullado por las milicias de la Corona. En eso, el sendero de Wingdlum se parecía mucho al que estaban atravesando en aquellos momentos.

Mignon cogió un trozo jugoso de seta con su cuchillo y se lo metió en la boca, masticándolo con gozo. Decía que era gran amante de los hongos y todos sus derivados: setas perennes de Pelierin, las naranjas de las tierras de la costa, champiñones de Merinc, sombrerillos del diablo e incluso las bastas ponzoñas de Bajoarbusto. Conocía mil y una maneras de prepararlas y otras tantas de comerlas.

---los salvajes no suelen atreverse contra las grandes caravanas, fuertemente escoltadas y que van a paso lento y parsimonioso.---decía Mignon.---algunas de ellas son tan grandes y están tan bien protegidas que los viajeros ni se molestan en andar con cuidado, e incluso de noche se organizan fiestas y banquetes. Se dice que el olor de las carnes y los vinos hacen gritar los estómagos de los salvajes, pero que no se atreven a asaltar las caravanas. Aunque no es del todo cierto: los salvajes vigilan el paso por los senderos y siempre están dispuestos a caer sobre lo desprevenidos y los inconscientes.---Tytos abrió la boca anonadado:

---ha visto salvajes en alguno de sus viajes, mi señora?---
---un par de veces. Pero no me trates de usted, Tytos. Llámame Mignon, a secas.---no parecía cómoda por el trato servil que le daba Tytos, aunque se mostraba educada en todo momento.

---salvajes…---meditaba el joven.---…deben de ser unos bárbaros impíos! Si me cruzase con alguno le machacaría la boca antes de que pudiese proferir sus chanzas infieles!---se jactó Tytos. Mignon no parecía de acuerdo con aquella proclama.

---de sabios es no juzgar de antemano, joven Tytos. Esas gentes estaban antes que nosotros en sus tierras. En cierto modo nosotros somos los malvados, pues invadimos sus tierras sin permiso…pero de eso hace mucho.---concluyó Mignon. Después de eso terminaron la cena en silencio, recogieron todo y siguieron el camino.

El sendero que seguía torcía a la izquierda, descendiendo levemente hacia el sur. Se suponía que vadearían un pequeño lago y luego atravesarían una zona de árboles de hoja seca para llegar, bien entrada la tarde, a la aldea de Kraftamiel, famosa por la recogida de piedras de arinasca y que se vendían por todo el norte. En alguna de las casas del pequeño poblado tendrían que parar a descansar. Adega escoltaba a Mignon cuando atravesaron una zona por la que se oía, en la lejanía, el fluir del río Nánder, mientras Rhamud y Tytos se habían retrasado para seguir el rastro a unos conejos que habían detectado. Darner Pilostock, el que iba por delante era, con mucho, el mas experimentado de los 4. A pesar de que Delphian se negaba a otorgar como escolta a ninguno de sus mejores hombres, no le quedó más remedio que prescindir, al menos, de uno de ellos. Darner era un batidor experimentado y viajaba regularmente a Kraftamiel para llevar las nuevas del reino y en algunas ocasiones, cuando la necesidad lo requería, también viajaba a Salamandriya. Conocía el camino y sabía cuando este cambiaba por el efecto del caos y siempre encontraba de nuevo el sendero a seguir. Ya les había pasado un par de veces que el sendero desapareciese de golpe, de forma inexplicable, pero en ambas ocasiones Darner había regresado a buscarlos y los había guiado de vuelta al camino. Del lago no encontraron ni rastro, a pesar de que debía estar por allí, y fue en aquel tramo que a Adega, conocida por sus seres cercanos por profesar una dudosa fe en la iglesia, que decidió darle conversación a la mujer.

---la mayoría de los viajeros de alto cargo no viajan por esta zona.---Mignon la miró con curiosidad.

---seguro…la gente, sobretodo los de “alto cargo”, prefieren la ruta del camino ancho porque es mas cómoda y menos peligrosa. Pero además de que me urge prisa también soy del pensamiento de que en esta vida se ha de ver todo. O, si no: para que nos dio el Iluminador los 6 sentidos si no era para poder vivir todas las situaciones?---Adega la miró extrañada.

---pensaba que los sentidos eran 5: vista, oído, olfato, tacto y gusto…---Mignon sonrió levísimamente.

---te olvidas del más importante: la percepción.---
---la percepción?---
---aquel sentido que está por encima de los demás. El que desenmaraña las mentiras de los otros 5.---al ver que Adega ponía cara de interrogante Mignon continuó: ---en la iglesia nos enseñan que, a veces, los sentidos mas, digámoslo así, “más habituales” no siempre dicen la verdad. El sexto sentido nos enseña a percibir el todo, no como cosas separadas, sino como un conjunto de acciones, sentimientos y deseos…y también poderes, si, que se mueven, fluyen por todas partes. Cada cosa, acción o pensamiento nos lleva a un mismo sitio, a una misma idea. Las cosas que pasan a nuestro alrededor a veces carecen de sentido ante nuestra limitada visión de la realidad, pero si observamos el todo podemos llegar a comprender las fuerzas que rigen el mundo…y a controlarlas.---
---como por ejemplo?---
---magia.---
---la magia!---dijo Adega. Ya había oído historias de brujería cuando era pequeña, de gente con poderes sobrehumanos que podían caminar por el aire, mover puertas con el pensamiento, e incluso matar a alguien con una sola palabra, pero lo cierto es que Adega jamás había visto nada que corroborase dichas habladurías. Para ella todas esas historias no tenían sentido, pero que lo tuvieran para alguien que se suponía mucho mas sabio que los pueblerinos del Cubo no dejaba de sorprenderle.---dicen que la magia sólo es real en los cuentos de las viejas.---dijo ella sin fiarse. Mignon se limitó a responder:

---la magia existe, aunque es mucho menos común que siglos atrás. Pero claro: en estas tierras abandonadas no deja de ser que otro misterio mas.---aquello le molestó.

---si la magia existiese, seguramente ya habría llegado a estas tierras. O, si no: como algo tan maravilloso podría pasar desapercibido?---la sacerdotisa sonrió complacida.

---todo tiene un precio, sabes? Nosotros, los clérigos de Singard, tenemos el monopolio de la curación, como debes haber escuchado alguna vez.---si lo había escuchado. Los sacerdotes de la fe tenían fama de poseer conocimientos curativos extraordinarios y se decía que sus excelentes facultades habían inclinado la balanza a favor de la Corona en las guerras del pasado.---en cambio la magia pura y dura pertenece al Cónclave…---el Cónclave de Alecksinac era otra leyenda. Se contaba que en unas tierras lejanas, muchísimo más al norte, en una cordillera de montañas que desafiaban las cualidades de los más intrépidos escaladores, vivía un gremio de magos. Los magos de Alecksinac declararon en un edicto que sólo ellos estaban capacitados para usar las fuerzas místicas de la magia y prohibieron, bajo pena de muerte su uso mundano. De eso también, según las leyendas, hacía una burrada de años.

---no se si la magia existe…---admitió Adega.---…pero yo nunca la he visto y, la verdad, creo que prefiero no verla.---eso hizo reír a la mujer sacerdotisa.

---de verdad crees que nunca la has visto? y a que crees que se deben estos cambios tan bruscos?---
---que cambios? Te refieres al paisaje? La profesora Cumplido decía que la tierra está viva y…---
---ya sé lo que dicen los profesores.---la interrumpió Mignon.---lo que no cuentan es porque.---
---ah, si? Pues soy todo oídos.---admitió Adega. En ese momento llegaron Tytos y Rhamud con una serpiente recién cazada. A lo lejos se escuchaba el pitido del flautín de Darner. Debían estar cerca de los dominios de Kraftamiel.

7-Cazador II:

---quienes son esos?---preguntó Juber. Los dos estaban despejando el camino de Rhun, usando palas y rastrillos con poco entusiasmo. Las lluvias de la semana anterior habían dejado el bosque en mal estado y a ellos les correspondía aquella ingrata tarea. Juber Croissard era novato en el cuerpo de batidores, y a pesar de que aun estaba bastante verde y, tal vez, le hubiese venido mejor permanecer en los almacenes haciendo inventario u ordenando las provisiones, el Mayor Delphian lo había mandado con él. Su verdadero compañero era Rhamud “ El bayas”, pero formaba parte de la escolta que acompañaba a una sacerdotisa que iba hacia Salamandriya y ya hacía 2 días que se habían marchado. Delphian era una persona desagradable en el trato porque siempre decía lo que pensaba y era seco y sin demasiado humor, pero su capacidad como Batidor jefe estaba más allá de cualquier duda. Había aprovechado el vacío dejado por la escolta de la sacerdotisa para adelantar el aprendizaje de varios novatos del plantel, así que por unos días Iedrich compartiría la jornada con aquel muchacho melindroso. Juber no era mal chico, pero parecía demasiado ñoño, sin sangre para un trabajo tan sacrificado como el de batidor. Sin duda las penurias que sufrían en su casa, una de las mas pobres del Cubo, le habían impelido a buscarse las habas.
Se acercó a la loma del camino donde se encontraba el muchacho. Mas abajo, en una pequeña explanada por donde pasaba un pequeño riachuelo se encontraba una familia que había extendido, sin ningún miramiento, un horrible mantel a cuadros rojos y azules y parecían en medio de una merienda campestre. Ni siquiera se habían fijado en todas las delicadas Rosas de otoño que estaban debajo de ellos, o tal vez ni les importaba. Dos zagales pequeños correteaban de aquí para allá mientras la que debía ser la madre recogía cazos, platos y restos de comida. El que parecía el padre estaba recostado bajo la sombra de una encina cercana, ajeno al ruido de los niños mientras roncaba como un bendito.

---son turistas.---dijo Strike. juber miró sin comprender.---por la pinta diría que burgueses de Punta Rodrigo, o tal vez de Vitigerd.---
---vienen aquí a comer…ya los había visto alguna vez. Me gusta que la gente se interese por nuestras tierras.---dijo Juber. Iedrich frunció el ceño:

---puede que dentro de poco dejen de gustarte.---el muchacho lo miró confuso.---vienen por el camino sur, con sus propias provisiones, en carreta, y acampan en las afueras del pueblo. Normalmente se dedican a merodear por las calles señalando a los pueblerinos y haciendo comentarios poco afortunados, pero no suelen gastar ni una corona, a excepción de los días de mercado. Suelen ir a nuestros bosques, en donde se dedican a ensuciar y revolverlo todo. Después de 2 o 3 días se van. Y esa es toda su aportación aquí.---
---ah.---dijo Juber.---pero limpiaran todo eso, verdad?---
---porque no se lo preguntas tu, Croissard?---dijo Strike mientras entraba en la explanada. Juber lo siguió con cara de pasmarote y cuando uno de los niños se percató de su presencia los señaló, al tiempo que gritaba:

---Mamá! Hay unos señores allí!---los chiquillos corrieron a esconderse bajo las enaguas de su madre. La señora los saludó mientras les explicaba a los niños quienes eran.

---no os preocupéis. No son mas que guardabosques.---uno de los niños se quejó:

---no me gustan! Me dan miedo!---
---son feos!---anunció el otro. En ese momento el padre se despertaba y mientras se desperezaba la madre terminó de recoger sus utensilios.
---que tengan un buen día, familia.---dijo Strike.---saluda a estas buenas gentes, Juber.---el chaval saludó al instante. El padre se levantó y se llevó una bota de vino al gaznate.---estábamos limpiando el camino de detrás nuestro, cuando mi compañero os ha visto. Sólo queríamos saludarles.---
---pues encantados.---contestó escuetamente el padre.

---mi compañero se preguntaba hace un momento si iban a limpiar todo esto.---continuó Iedrich. El padre lo miró ofendido.

---nosotros? Para eso no está la gente como vosotros? Sólo hemos venido a pasar el rato, a merendar en familia. Estas cosas os las dejamos a vosotros.---era impertinente, prepotente como sólo podían ser los de ciudad, pero Iedrich no perdió la calma.

---hay que dejar el bosque como se ha encontrado.---el hombre rió.

---venga, venga! Que ya sabemos que si lo limpiamos luego no os dejamos nada que hacer.---uno de los niños intervino.

---mi hermana mayor dice que los guardabosques siempre están dando vueltas y no dan palo al agua.---meditó un instante.---de mayor me gustaría ser guardabosques…a lo mejor.---el otro niño también aportó su granito de arena.

---pues yo no! Que trabajo mas aburrido! Yo quiero ser caballero!---
---no son un cielo de criaturas?---dijo satisfecho su padre mientras les daba unas palmaditas en la cabeza. Luego se giró hacia su mujer, llevándose con él a los niños e ignorando por completo a los dos batidores. Por lo visto ya había dado por zanjada la conversación y, cuando la señora madre hubo recogido todo se marcharon, entre alborotos y risas. Iedrich, por su parte, sacó un saco y un recogedor de mano. Le dio el recogedor a Juber.

---te parece si empezamos ya? Quiero pasar por la casita de la vieja Olra antes de regresar a casa.---Juber cogió lo que se le ofrecía.

---me parece que ya empiezo a entenderte cuando me dijiste aquello de los turistas.---

Mas adelante siguieron a través del despeñadero de los Gamos y pararon al lado de un Madroño para recoger los pocos frutos que le quedaban. Apenas sacaría media botella de licor pero merecía la pena parar a cogerlos. El otoño se terminaba y eran raros los Madroños que tuviesen algún fruto, ya que se usaban para repostería en varios platos, aparte del excepcional licor que tanto amaba Iedrich y eran muy populares en las tierras de Salamandriya. Tuvieron suerte porqué el paso de los Gamos era transitado frecuentemente por buscadores de recetas esotéricas de la vieja Olra, una vieja un poco lunática que vivía sola en medio del bosque y afirmaba poseer poderes místicos. Preparaba pócimas y encantamientos a cambio de víveres, regalos o cosas para su cabaña. Era una Batlora que había renegado de sus posesiones desde que se quedara sin marido e hijos: los 4 fenecieron en el último incendio que 20 años atrás arrasó el Cubo. Seguramente la pobre Olra perdiese el norte por aquellas fechas, pero el caso es que era querida en el pueblo y a veces algunos pueblerinos acudían, mas que para escuchar sus profecías o tener sus encantamientos, para llevarle cosas. A Iedrich le gustaba venir de vez en cuando para ver como estaba la anciana.
Después de la larga cuesta sólo les quedaría vadear el bosque de abedules pero Juber ya estaba sin fuelle y la lengua le colgaba por fuera de la boca. El muchacho paró para respirar.

---buff…si que…es duro esto.---se quejó.
---respira, chaval.---dijo Iedrich. La gente de hoy en día ya no era como la de antes, pensaba. Desde que la paz se había instalado por la Corona el pueblo se había vuelto demasiado cómodo y confiado. Tampoco es que Iedrich hubiese vivido los años de la inseguridad de las guerras. No había pasado por el calvario de tener que ir a filas para luchar en algún frente lejano, pero su bisabuelo si y terminó sus días con la convicción de que las guerras regresarían, así que enseñó a su prole a estar preparada para los malos tiempos. Había sido una costumbre que llegará hasta él y la tenía bien aprendida; “días inciertos, vida corta”…
Juber se le adelantó cuando superaron el último tramo de abedules. Nunca había ido hasta tan al norte y, de hecho, tampoco es que hubiese visto mucho mundo. Se pasó todo el tramo del viaje hablando de las ganas que tenía de ver a la vieja bruja, que incluso puede que le comprase alguna de sus recetas, El clásico filtro de amor para ver si la joven Henrietta sucumbía de una vez a sus arrumacos, o tal vez alguna poción que le quitase las manchas de los dientes, una cosa que confesó media docena de veces le hacía mas tímido e inseguro. Tenía verdaderas ganas de arribar ya a la casa de la vieja Olra, pero cuando miró hacia delante pareció desconcertado.

---donde está? No la veo.---el chico era aún mas despistado de lo que pensaba Iedrich, pero cuando lo alcanzó, dispuesto a señalarle la choza que tantas veces había visitado resultaba que allí no había choza alguna. Ahora el desconcertado era él. Iba al menos dos veces por mes desde hacía 5 años, incluso podría ir desde el Cubo con una venda en los ojos sin perderse, y sin embargo se encontraban en un claro de árboles altos que jamás había visto.

---nos hemos perdido.---aseguró Juber, aunque el “nos” parecía dirigido hacia él. “además de despistado crecido”…
---imposible…yo nunca me pierdo.---entonces cayó en la cuenta: ---espera…no somos nosotros los que nos hemos perdido: es el bosque que ha cambiado.---el chico lo miró sin saber que decir.---el Caos se ha adentrado en nuestras tierras.---dedujo Iedrich.

---el Caos…---repitió el otro con voz infantil.---…pensaba que las tierras salvajes estaban mas lejos.---era verdad: al menos quedaba medio kilómetro hasta la confusión de las tierras cambiantes, aquellas que se retorcían sobre si, deformando el terreno a su antojo y eso hacia el norte, pues hacia el sur y este estaban las tierras firmes de la Corona. Otra cosa era la ruta hacia Salamandriya y Kraftamiel, pero se encontraba mas hacia el este. Las tierras del caos se consideraban fuera de las fronteras casi en su totalidad. Eran traicioneras y no existía ley alguna. Se decía que hacia el norte existían clanes de orcos y trasgos, pero estaban tan lejos que nunca se habían avistado sus tropas y se les consideraba mas bien una leyenda. También se hablaba de criaturas monstruosas, arañas gigantes, fantasmas, plantas carnívoras y un sin fin de aberraciones semejantes. Eran criaturas que aparecían en los cuentos para niños y no tanto. Y luego estaba la tierra propia, tan cambiante y confusa que era muy fácil perderse. Nadie iba mas allá de El Cubo por la sencilla razón de que nadie que lo había intentado había vuelto. Según la Fe un cataclismo de proporciones épicas destrozo las tierras al norte de la Corona, desgarrando la realidad y maldiciendo a quienquiera que habitase allí, pero cuanto mas al sur, mas estable permanecía el paisaje, mas real. El caos era como una mano que tocaba las fronteras pero que no solía adentrarse en ellas.

---hay una explicación…no te alarmes, muchacho!---dijo Iedrich al chico.---no es común, pero a veces las fronteras se difuminan. Es lo que tiene vivir en el borde del mundo!---le puso la mano en el hombro para calmarlo.---ven! Sígueme!---caminaron un rato entre árboles desconocidos para Iedrich, arbustos que jamás había visto, pero al cabo de poco ya empezaron a atravesar por vías conocidas. El chico aún no parecía tenerlas todas consigo…
---no habíamos pasado ya por aquí?---era verdad. De nuevo estaban vadeando el bosque de abedules.

---no te preocupes, Croissard. Es un efecto retroactivo: cuando atraviesas las tierras del caos a veces es como si hubieras desandado el camino un trecho.---
---Ah!---dijo él. ---ya habías pasado por esto, tú?---
---he ido 4 veces a Salamandriya por la ruta de Kraftamiel, y en alguna ocasión tuve que adentrarme mas hacia el norte de lo que quería para perseguir alguna presa.---
---ya…y cuanto falta? Hemos desandado el camino mucho?---parecía haberse recuperado de la impresión. ---ah! Me parece que ya estamos.---dijo mientras se adelantaba. Iedrich sonrió para si: recorrer las tierras cambiantes siempre le ponía nervioso porque nunca podías estar seguro de que te aguardaba, pero habían salido bien parados. Mas aún: encima Juber había aprendido una buena lección y él había salido reforzado como tutor del chico.

---Señor…---dijo Juber sacándolo de sus pensamientos. Tenía una expresión de desconcierto. Iedrich se atusó la barba, mientras se acercaba.

---no me digas que nos hemos perdido otra vez.---un olor extraño y antinatural le llegó de pronto, algo raro. Notó que incluso el aire parecía viciado, un olor a sudor, a animal. Y a muerte. El olor a muerte era inconfundible.
Se situó junto al chico y miró la escena: el pequeño claro donde descansaba la choza de la vieja Olra estaba allí, pero parecía como si estuviese removido. Vio una rama rota del Madroño que daba sombra a la casa, un arbusto chafado cerca, la tierra de la entrada de la casa removida y el pequeño portón roto, partido en dos. Juber se quedó atrás, vigilando los alrededores con su cuchillo de caza desenvainado, sujeto con fuerza por su mano y con pulso tembloroso, mientras Iedrich se adentró en la choza. Era mejor que el chico no hubiese entrado. Ya había tenido demasiadas emociones fuertes aquel día. Examinó la puerta. Estaba claro que había sido destrozada de afuera hacia adentro, aunque Iedrich no supo discernir porque tipo de herramienta. La sala principal del habitáculo estaba patas arriba: varias pócimas del sueño yacían desparramadas por el suelo junto a licores para el frío y elixires diversos. La pequeña estantería que aún contenía pociones volcadas estaba medio rota, como si la hubiesen golpeado con rabia. Casi todos los alambiques, la marmita y muchos tubos y mezcladores también estaban rotos. Iedrich se adelantó hacia la única habitación que quedaba de la casa. Allí estaba la anciana Olra, tumbada boca arriba. Llevaba puesto un camisón de tela basta que le llegaba hasta los tobillos, pero por alguna razón se le había subido y se le podían ver las frágiles piernas, arañadas y magulladas. De su parte mas íntima salía un reguero de sangre y estaba desgarrada. La pobre tenía los ojos muy abiertos, en una expresión de sufrimiento. Los arañazos le cubrían también los brazos y cara, y su vientre había sido abierto en canal, dejándole colgadas las entrañas. Las sábanas y suelo estaban cubiertas de sangre y olía mal, aunque su cuerpo aún estaba fresco. Iedrich se sintió mal…

Adrian_Amalric

 


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