Nombre: El rey de Joco el 25/Mar/2009 a las 22:36
Comentario a: "Re: El rey..." por lamonoica el 25/Mar/2009 a las 15:57
[ Comentarios ] [ Embarcadero de Marzo, 2009 ] [ Puerto Libre de Ficticia ]
Ignacio está demasiado ebrio para esquivar los charcos que relucen en las baldosas de la ciudad de México. La tela de su traje ha cribado en un arroyo de lluvia la basurilla que los miles de transeúntes echaron fuera de sus bolsillos. Se ha levantado del mismo lugar en el que ayer lo desmayó el alcohol. Un ser humano puede ahogarse en unos cuántos milímetros de agua si está lo suficientemente borracho. Y lo necesariamente solo. Ignacio lo estaba y aún lo está pero también está vivo. Mira la naciente actividad de la mañana del zócalo como sólo un cervatillo puede mirar el ojo de la escopeta atascada. Un ajetreo indiferente y duro para aquellos que intentan robar un poco de vida entre las venenosas piedras de la catedral, del smog, de los agujeros blancos de desnutrición en las mejillas y de la lava negra que sepulta las calles. Y termina uno con bastante basura en el traje pero nunca con bastante vida robada.
Los puestos de comida no tendrían que hipnotizarlo pero hay que obedecer a la conciencia de clase antes que al cuerpo. Una moneda increíblemente se ha quedado atrapada entre los pliegues de su bolsillo y antes de que la marea urbana cambie paga una torta de milanesa. Exuda marginalidad por todos los hoyos de la ropa pero los mismos hoyos del asfalto le refrescan las reglas de este juego que se llama ciudad de México. Una noche sin guarida es la mejor forma de recordar estas reglas. O de cambiarlas. Pero en éste momento no está como para cambiar nada. Quiere dejarse ir y que alguien se lo lleve. Se le sale por los ojos la gallardía que da el desamparo. Está listo para irse ya. El problema de los puestos de tortas de milanesa es que están en el lugar justo para rescatar desamparados y éstos ya son multitud. Y los ojos rojos de Ignacio no doblegaran el egoísmo de nadie. Es hora de ir a casa o adonde quiera que va uno a zurcirse los bolsillos que bien atrapan las monedas.
No hay traje de zombie urbano que le quede a uno con su desvelada figura así que se inventa el del tipo con resaca que debía estar en el hospital desintoxicándose o en un cuarto gratuito en la morgue. Y a quién la maravilla de la vida le dispensa de nuevo la carga de ir a casa a rescatar con un golpe de mano lo que perdió la noche anterior. Contento se mete al metro no sin dejar de hacer las gesticulaciones debidas de un uno como él. Sus ojos están desorbitadamente atentos al culo de una rubia pero el calambre en la rodilla y las encías que sangran le dicen que corra más despacio que un maratonista en el kilómetro 15 con ampollas y que llegó una hora tarde al disparo de salida. Un viaje por las coladeras de la ciudad es lo mejor que le puede pasar a quién tiene por única excusa para estar ahí que se le pasaron los tragos. Regresará a casa, se bañará, dormirá hasta el día siguiente y volverá a ducharse. Sus rulos recordarán inclinarse hacia la izquierda y no como el ridículo giro hacia la derecha que han tomado esta mañana. Irá a casa como un zombie que regresa a su tumba.
Lo despertó en la noche la sofocación de ésta ola de calor que afecta a la ciudad. La cambiante luz que emite un foco colgado en medio de la habitación hace parecer que las paredes se cierran cuando la luz baja a amarilla. Sólo están ahí el silencio y la luz. Allí debería escucharse la actividad de Teresa porque son las 8 en un reloj de superficie. Ignacio tuerce el cuello y se prepara a levantarse del catre. Antes ve un pie. Es el pie de Teresa unido a su pierna que se pierde detrás de la puerta del baño. Si son los callos del pie derecho de Teresa y el carmesí en las uñas que él le puso hace tres días. No hay duda de que es el cuerpo de Teresa tirado boca abajo en la entrada del baño. Ignacio empieza a recordar entre las nieblas de su resaca. Recuerda que antier llegó ebrio a casa y que Teresa estaba en la estufa. Que se sentó en la silla y que miró el trasero de Teresa y le dijo que le diera de lo que cocinaba. Que fue a sacar una botella de tequila a la habitación y que se sentó a la orilla del catre para tragárselo todo. Que Teresa entró y le dijo de pasada al baño sus acostumbradas quejas sobre su alcoholismo. Que él sujetó la botella del cuello y fue tras ella. Ella estaba en la taza del baño con la mirada fija en las losas del piso. Que él le estrelló la panza de la botella en la cara. Que ella cayó de bruces. Que él fue a ella con el cuello de la botella en la mano y con el filo del vidrio le cortó la tráquea.
En la calle una pandilla de niños hace ruidos sacando a Ignacio de su sopor. La habitación huele a grasa de chivo y una rata ha salido de su escondite emergente. Mira a Ignacio comprobando que no es una amenaza y camina sigilosamente al baño a beber de la sangre del otro humano que tampoco es una amenaza para ella. Ignacio oye el chisporroteo que hace la rata. Va a la estufa y empuña el cuchillo. Encuentra a la rata y la acorrala con la mirada en una esquina del baño. Ignacio corta el pie derecho de Teresa sin interrumpir el acoso a la rata. La rugosidad de la planta en su mano le recuerda los masajes con aceite de menta que le daba. Se lleva el pie a la nariz y comprueba que el aceite era barato: no hay nada de menta ahí. Bambolea el pie desde el dedo gordo y seduce el olfato del roedor que ya se yergue en sus patas traseras anticipando el manjar. Ignacio deposita el pie en una losa cuarteada que se chupa los hilos de sangre. La rata termina de comprobar que Ignacio no es una amenaza echandole una última mirada con sus ojos de estiercol y roe. Ignacio le entierra la punta de la hoja en la espalda. Lo mira a los ojos mientras su cerebro muere y sus dientes se descubren. Ignacio no saca el cuchillo hasta notar que los bigotes enrojecidos han dejado de temblar. Mira la cola de la rata. Es rosa y es gruesa y larga. Ignacio se podría preguntar si la rata apareció apenas ahora o si ha estado presente desde que comenzó a matar. Pero no hay tiempo de cavilaciones. Hay que extraer las mollejas y llevarse lo demás junto con la rata en maletas hasta la baldía parada de autobús de Atizapán que halló el mes pasado cuando un pasajero que se quejaba de los taxis piratas se bajó sin pagar de su bettle pintado de verde. Hay luna llena. Ya mañana, tarde, puede empezar a cocinar.
El rey de Joco