Comentarios:Yerbabuena
26 de Diciembre de 2001 a las 20:41[ Comentarios ] [ Embarcadero de Diciembre, 2001 ] [ Puerto Libre de Ficticia ]
La primera vez que Mundo entró a la carnicería, (lo hizo poco antes de cerrar, a la hora en que el bar de la calle de enfrente iluminaba sus ventanales como si dos ojos se abrieran en su fachada para recibir a la noche), una incómoda aunque breve sensación de espanto me recorrió el cuerpo.
Él se detuvo en la entrada, aferrado al dintel con una mano, y esperó a que pasara a sus espaldas el estruendo del colectivo 130; cuando el silencio se rehizo y quedaron sólo los pájaros que le cantaban al atardecer, avanzó tanteando el aire con su bastón blanco. Vestía traje y corbata a pesar de que ya estaba bien entrado el verano.
-Disculpe –dijo en voz muy alta, su mirada apuntaba a un punto por encima de mi cabeza.
-Disculpe –repitió.
-¿Sí?
Al escuchar mi voz se detuvo y permaneció unos cuantos segundos en silencio. En su rostro se dibujo una sonrisa de alivio como si mi voz le resultara sedativa o familiar.
-Usted debe de tener aquí unos cuantos cadáveres de animal –dijo.
Si bien la manera que Mundo tenía de ver las cosas no era de mi gusto, no dejaba de parecer inteligente y, por lo tanto, digna de cierto respeto.
-Sí –dije una vez más.
-¿Cuánto me cobra por los ojos?
-No entiendo.
-Yo le compro todos los ojos de todas las gallinas que usted venda por día.
-No sé, me parece que no debería cobrarle nada –respondí sin pensarlo un único segundo.
A partir de ese día Mundo apareció a cada atardecer para ayudarme en la tarea: sostenía con firmeza las cabecitas de gallina a punto de pudrirse mientras yo les quitaba los ojos con un punzón. Para poder trabajar a salvo de las miradas indiscretas comencé a cerrar la carnicería inmediatamente después de su llegada.
-La verdad que usted es el mejor de todos –me confesó un día.
-¿De todos?
-Los demás no me entienden. Algunos me cobran muy caro por esto, unos cuantos gramos de ojos, otros me han pedido de muy mala manera que no volviera a aparecer por sus carnicerías. Son como los animales, no saben sino relacionarse con aquello que se les parece, se manejan más con el olfato que con el espíritu.
Siempre me gustó escuchar a las personas inteligentes y todo lo que Mundo decía daba la sensación de tener mucho más por detrás, como ocurre cuando nos hacen adivinanzas. Pasado un tiempo pude hacerle la pregunta que debía haberle hecho el primer día:
-¿Para qué tantos ojos? No me diga que lo hace porque son buenos para esto o aquello. Uno no se la pasa acumulando antibióticos en un armario por más que curen las infecciones.
-Creo que a usted le puedo contar, usted es una persona sensata.
Y se aflojó el nudo de la corbata, se desabrochó la camisa, los tres botones de arriba, y mostró no sin orgullo su pecho granulado repleto de ojitos de gallina, completamente negro si no fuera porque la luz del tubo fluorescente dibujaba con su reflejo diminutos puntos blancos en la superficie convexa de cada uno de los ojos. Por debajo de esta horrenda visión no se alcanzaba a ver un solo milímetro de su pecho. Recuerdo que el espectáculo me hipnotizó de tal manera que, si bien pude constatar que la visión de semejante monstruosidad no duró mucho más de lo que demoraba el colectivo 130 en pasar por la puerta y perderse, temí no poder quitar nunca los ojos del pecho de Mundo.
-Me los pego al cuerpo con cola de carpintero –explicó-. Solo dejo libre la cabeza, las manos y dejo libres también los pies para que me entren los zapatos. El resto está todo como usted ve aquí. Al dormir, aplasto muchos ojos sin querer o se despegan y se pierden; es por eso necesito reponerlos día a día.
Ese día, al continuar con el trabajo, me temblaron las manos y sé que él pudo notarlo. Me producía una sensación de repugnancia y miedo el verme hecho partícipe de semejante locura. Era como si ahora viniera a completarse aquella sensación que se presentó ante mi instinto la primera vez que entró en la carnicería.
-Espero que usted no me desilusione – dijo Mundo antes de irse-. No sabe el tiempo que llevo esperando que alguien me entienda. ¿No quiere que le cuente cómo me quedé ciego?
-No, no, no, mañana –dije-. Mañana me cuenta.
Al día siguiente cerré más temprano y me senté en el bar de enfrente a esperarlo. Cuando el 130 dobló la esquina lo vi aparecer al lento ritmo vacilante de su bastón blanco. Llegó hasta la puerta de la carnicería, se aferró al dintel, notó que la puerta estaba cerrada y se quedó allí un largo rato sacudiendo la cabeza. Luego se dio la media vuelta y clavó sus lechosos ojos en la ventana del bar. Pero no en la mesa que yo estaba ocupando sino en otra vacía que asomaba por el otro ventanal. Eso me estremeció. Raimundo no podía verme; hasta ahí no había nada nuevo; pero podía sentirme. De proponérselo, podría encontrarme en cualquier rincón de la tierra.
Mientras mi conturbada mente disparaba estos pensamientos, lo recuerdo aún muy bien, Mundo continuaba en la vereda de enfrente amenazando a la ventana vacía con su bastón como si fuera un delgado, largo, blanco y admonitorio dedo índice. Algo decía también que me hubiera gustado escuchar.Yerbabuena
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