Nosotros dos y el Chioffi

Nombre: c.t. el 29/Ago/2002 a las 20:37
Comentario a: "La soledad" por Aaglaia el 29/Ago/2002 a las 16:55

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Pal Chioffi,

por lo que él ya sabe....

Sin aviso sólo la muerte cuando está de buen humor que, como esté de malas, hasta mariachi lleva pa que te enteres. Eso nos contaba el Chioffi después de aquel extrañísimo viaje suyo al corazón de Tepito. ¿Recuerdas cómo llegó de flaco, ojeroso y tristísimo? Arrastraba en los pies toda una gusanera de congojas y penas y dolores y malpasares y pesares bastantes por culpa de la tepiteña esa que ni tan buena estaba, pero que se le coló en la punta de las botas y en otras puntas también aunque –dice el Chioffi- con menos entusiasmo.

Más que verlo nos llovió encima como una nube de humo y whisqui y lágrimas y tequila y once horas de vuelo entre lloros y copas, que son muchos lloros y muchas copas y muchas horas para agarrar una borrachera curiosa, aterrizar dando tumbos, pegarnos un abrazo de aquellos que hasta vergüenza dan por lo festivaleros, y caer redondo en el santo suelo delante de medio Madrid.

Tú, por ver de resucitarlo, sacaste el Opium del bolso para regarlo sin miramientos y, tras el perfume, unos polvitos negros –luego me enteré de los efectos desembriagantes de la cayena- que rociaste sobre su nariz mientras agradecías la buena voluntad de una sexuagenaria gorda más que dispuesta a ofrecerle los primeros auxilios.

-Déjala, déjala –decía yo- a lo mejor le hace bien.

-Pero, Charly –mirándome así como me gusta que me mires- si despierta con ella encima se nos vuelve a morir.

-¡Soy socorrista diplomada del INSEN! – Vociferaba la gorda-

-¡Adelante, señora, adelante!, intente el boca a boca, por favor, mi amigo está gravísimo- Gritaba yo con muchos aspavientos, comiéndome la risa y las mirandas furibundas, ésas que tan bien te quedan.

Él Chioffi, ajeno a todo, dormía la pena en medio de un corro de curiosos, la cabeza abierta por el golpe, arrullado entre muchos murmullos y anuncios de aviones que iban a venían cargados de baúles, gentes apresuradas, narcotraficantes, viudas, niños extraviados, perros de lanas, tablas de surf, mares, mareas y marejadas de cosas, de personas, de fantasmas borrachos, como el Chioffi, aunque fuera la suya una ebriedad distinta, fruto de la soledad o del desánimo, del cansancio o la angustia más que del tequila que, finalmente es, de entre las malas curdas, la mejor.

Para entonces ya me habías arrancado la americana –inglesa, cien % pura lana virgen, de Harrods- y hecho con ella un rebujito en el que acomodar la cabeza del durmiente.

-Pobre- dijiste- le va a dar tortículis con tan mala postura.

Luego, enojadísima con la señora del vestido floreado, pero sobre todo conmigo, se te salió lo cazurro:

-¡Carlos!

(Nota al público lector: Ella sólo me llama Carlos cuando está a punto de sacarme los ojos y tiene el cuchillo en la mano)

-¡Carlos, deja de joder y coopera!

-Pero, cariño –contesté yo todo propiedad y buenos modos- deja que la señora intente revivirlo. Al fin y al cabo es diplomada, puede salvarle la vida...

-Sí, sí. Diplomada del INSEN – afirmaba la gorda con el pecho a punto de salírsele del escote por tanto entusiasmo- Boca a boca, masaje cardiaco, pulso inguinal... Aprobé todo con muy buenas calificaciones, déjenme, déjenme...-

-Ves, mi vida, ella conoce las técnicas adecuadas al caso –continuaba yo, muy serio, con toda la risa apachurrada en el estómago- Tú, en cambio, ni idea tienes de socorrismo. La señora –sonriéndole- sabrá que hacer mejor que nosotros.

Mientras te hablaba veía ya la cara del Chioffi, despertando con aquella bola de grasa encima, los labios sobre los labios, las babas resbalándole el cuello, las manos bajo el pantalón, buscando el pulso en la ingle por ver si se había muerto o sólo estaba medio difunto... Podía escuchar el grito espeluznante del ahogado en grasas movedizas, contemplar el brazo extendido en busca de ayuda, sentir como se hundía y se hundía un poco más a cada instante bajo las varillas de la faja –seguro llevaba faja entera con varillas y corchetes- bajo los besos acarminados de rojo pasión, entre la media docena de pulseras de oro y la medalla de Ntra. Sra de las Angustias, virgen y mártir. Mientras te hablaba...

-¡Carlos!- Llamaste e interrumpiste sin consideración alguna imaginaciones tan provechosas.

-¡Mira...!

(Segunda nota al público lector: Cuando ella no me llama nada pero utiliza el imperativo, es que está a punto de cometer una barbaridad muy bárbara, es decir, que está furiosa, fúrica y furibunda.)

¡Mira!-dijiste- Si consideras que él necesita primeros auxilios, yo misma puedo aplicárselos. Carezco de diploma pero, el boca a boca no se me da nada mal, ya lo sabes.

Después, hija de puta, te me quedaste sonriendo con toda dulzura mientras yo, negro de sólo pensar que podías ponerte a besarlo –ya sé, ya sé, no exactamente a besarlo pero parecido- agarré el frasco de los polvitos y le introduje por la nariz media tonelada de pimienta.

Nos contaron más tarde el raro modo en que las ventanas de Malasaña se cimbraron con el estornudo del Chioffi, ya resucitado del todo, tristísimamente triste como la tristeza más triste, se puso a vomitar -sobre mis scapino de piel de becerro- tequila, whisqui, pena, llanto, once horas de vuelo y las tres comidas del avión a medio digerir. Entre un vómito y otro, la lloradera:

-¡No me quiere, Charly, mi Lupita no me quiere! ¡Estoy solo, Charly, estoy solo!

A mí, curiosamente, se me había acabado la risa. Tú, guiño de por medio, corriste a pedir servilletas a la cafetería.

c.t.

 


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