“Hoy vengo solo a visitarte. Ya es difícil juntar a los hijos, pero aquí estoy”.
Lo vio. La barrera transparente de apenas tres centímetros era infranqueable, fría, sucia. Su voz sonaba con un poco de estática, “te quiero”, dijo ella.
Platicaron un poco hasta que se oyó el clic que cortó la comunicación. El se puso de pie y colocó su mano en el cristal. Iba a decirle que la esperaría así pasaran otros quince años, pero en ese momento el uniformado se acerco con las esposas para sujetarle las manos. Esas mismas manos con las que había matado a su vecina por los malditos celos.

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08 de Noviembre 2016 / 21:45

El tiempo se detiene 08 de Noviembre 2016 / 21:45
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