Insisto por estos días en marcar ese número tan nuestro, hasta que atiendan. A la nochecita, cuando surge el eterno impulso de transmitir novedades intrascendentes, consultar una receta o averiguar “¿cómo estás, mamá?”, llamo pretendiendo encontrar a alguien allí, en la que fue su última casa. Ya no quedan muebles, imagino el teléfono sonando sobre una pila de cajas con facturas viejas. Ahora que todavía puedo hacerlo, espero pacientemente a que me conteste la voz de mi hermano o de mi hermana, quien seguramente estará de paso, desarmando, embalando, eligiendo recuerdos. Pronto nadie responderá. Y entonces sí, adiós llamados casi diarios, adiós punto de encuentro familiar, adiós raíces.
Telares
16 de Febrero 2017 / 08:24

422704 16 de Febrero 2017 / 08:24
Telares
         Taller18 de Febrero 2017 / 06:26
         José M. Nuévalos

 

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