Desde la pequeña ventana, el pelo cano de la anciana, brilla con el sol de julio. Al final de su jardín las olas rompen en la arena dorada. Tiene tanto tiempo que enviudó, pero ella sigue ahí, día con día, apostada en su silla. Sus manos diestras recorren un rosario cuyas cuentas lucen desgastadas mientras balbucea una oración. Cuando amaine el calor se pondrá de pie e ira la orilla del agua. Se mojara las piernas para que la espuma marina le regrese las caricias y el amor de un marinero que le entregó su vida a la mar, que ella ha ido llenando con sus lágrimas.
Black Dot
11 de Noviembre 2016 / 13:52

La playa 11 de Noviembre 2016 / 13:52
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         Taller14 de Noviembre 2016 / 09:22
         carlos bortoni

 

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