La casa del abuelo, de Eneas

Tengo dos nietas a las que quiero mucho. Cada mañana, mientras voy de aquí para allá preparando el desayuno, escucho:
—¿Cómo amaneciste?
—Muy bien, prima, ¿y tú?
—¡Mejor que nunca!
Y por ese rumbo va siempre la charla.
Cuando el reloj cucú de la sala me trae de vuelta a la realidad, les digo:
—Niñas, se hace tarde y debo ir a trabajar; por favor, salgan ya de mi corazón.


Fuente inagotable, de Black dot

El patrón lo manda al Mocho a los lugares más jodidos. “Ahí te vas a encontrar a la bola de chamacos muertos de hambre; les ofreces unos cuantos pesos, les das el juguetito y la foto. No se te olvide explicarles bien todo. Cuando terminen el trabajo, recoges lo que les diste y, si les vieron la cara, te los llevas a un lugar seguro y terminas con cualquier contratiempo que nos puedan causar”.
El Mocho escucha atento las instrucciones y se marcha. Nadie sabe que él empezó así también: el patrón se le acercó un buen día, le dio mil pesos de aquellos tiempos, le puso en la mano una foto con la cara del fulano aquel y la pistola. De aquello hace ya tantas muertes.

The Nanny, de El Gato
De entre todo su arsenal de juguetes, mi niño Donaldo prefería los tanques de guerra, aviones caza, submarinos con torpedos y ejércitos de soldaditos. Lo sé porque yo recogía su tiradero antes de bañarlo. Ya en la tina, él ponía mi mano en su pene para que lo sobara hasta calmarlo.


Papá no es un ejecutivo, de Aarón

Su madre lo endulzó mientras pudo, pero a los once comenzaban a doler las reiteradas alusiones de los demás, la ausencia de amigos o que todos —pequeños y grandes — torcieran el gesto a su paso. El oficio de su padre no era funcionario Ejecutivo, como decía mamá, sino funcionario Ejecutor.
Ser hijo del verdugo le reveló tres certezas: que no gozaría de una vida social muy activa, que la sombra de la horca es alargada y que estaba predestinado cuál sería su futuro empleo.


Una nueva oportunidad, de Malvadisco

Le dio lástima ver en la televisión aquellas caritas inconsolables, sucias de hollín, emergiendo de entre las ruinas de la ciudad bombardeada. Conmovida, acogió un huérfano de guerra en su casa. Juró criarlo con mucho amor y no volver a cometer los mismos errores que la persistente tos de su hijo Pablo le recordaba todas las noches.
Con mucho pesar, como era rutina, salió a la puerta de su casa y lo roció con agua helada para que buscara algún otro portal donde drogarse.


El francotirador, de Chester Truman

Ya de pequeño era un niño inquietante, de esos que te fulminan con la mirada.
Mónica Brasca
29 de Abril 2017 / 08:38

Selección del 14/4 (completa) 29 de Abril 2017 / 08:38
Mónica Brasca

 

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