Con el primer moratón pedí explicaciones a la niñera. Ella no recordaba ninguna caída ni golpe fortuito. Con los siguientes hablé con Pablito que simplemente dijo «jugando». Acudí al colegio donde nadie sabía de peleas ni accidentes. La semana que tuvo fiebre y se quedó en cama los cardenales se multiplicaron. La niñera me juró una y otra vez que jamás haría daño al niño. He instalado cámaras de seguridad por la casa y, pese a todo, su piel está llena de heridas. El único lugar sin vigilancia es, por ley, el baño. Decido entonces acompañarlo siempre y bañarlo yo misma con bálsamos de cúrcuma y sal marina. El, preocupado, me pregunta si también voy a jugar a darle besitos, como los patitos de goma, esos cuyos picos de plástico brillan en un rojo intenso.
Walkiria
14 de Junio 2017 / 12:44

Plumón y pelusa 14 de Junio 2017 / 12:44
Walkiria
         Taller17 de Junio 2017 / 09:41
         Mónica Brasca

 

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