La ropita, la cuna, el cochecito, los juguetes... Todo salió de casa antes de que Lucía volviera de la clínica, del estupor. Desde entonces nos convertimos en vagones empeñados por compartir un carril que ya no los admite y la cara del bebé aparecía de repente entre el tenedor y el cuchillo, dentro de las sábanas o dando vueltas en el tambor de la lavadora. En la bañera no, porque ya me había encargado de sustituirla por un plato de ducha. La idea del cachorro fue de la psicóloga. Algo que cuidar, dijo. Al principio Lucía ni lo miraba, pero él la fue conquistando, tozudo y cariñoso, hasta lograr dibujarle a veces en la cara un gesto parecido a su antigua sonrisa.
De qué rincón pudo sacarlo no lo sé, porque yo había escudriñado hasta el último. Tendíamos la ropa en la terraza y vimos a Tuno subir triunfante con el maldito pato de goma entre los dientes. El rostro del bebé, hinchado en la bañera, apareció de nuevo, colgado de las cuerdas del tendedero. De una patada lancé al perro escaleras abajo. Lucía ya no se sintió obligada a perdonar, no era un descuido, esta vez no. Su gritó liberó todo el odio acumulado. Antes de marcharme esperé que llegara la psicóloga. El patito quedó allí, agujereado por los colmillos puntiagudos, flotando en el charco de sangre que le manaba al perro de la boca.
Marjorie
14 de Junio 2017 / 13:43

Hallazgo 14 de Junio 2017 / 13:43
Marjorie
         Taller17 de Junio 2017 / 09:44
         Mónica Brasca

 

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