Mientras hacía la cola en un rapipago, noté que algo se movía en la bolsa que llevaba el tipo que me precedía. Al comienzo no le di importancia, ya que los movimientos habían cesado rápidamente. Sin embargo, cuando el hombre llegó a la ventanilla, una especie de leve frufrú volvió a llamarme la atención. Fijé mis ojos en la bolsa y no dejé de mirarla hasta que su portador salió del local. Entonces le dije “¡Buenos días y adiós!” al empleado, y marché detrás de aquél. ¿Llevaría un perrito o un gatito pequeño dentro de la bolsa? En cualquier caso, una crueldad de tal magnitud me obligaba a tomar cartas en el asunto. Faltaba más. De repente el sospechoso dobló en una esquina. Apreté el paso, y casi me lo llevó puesto. Se había detenido y sacaba de la bolsa un patito de goma. Le pedí disculpas, suspiré y continué caminando como quien no quiere la cosa. ”¡Hay que ver lo sugestionables que podemos llegar a ser cuando dejamos volar nuestra imaginación sin ninguna pizca de raciocinio!”, pensé. Y volando, precisamente, un instante después, pasó a mi lado el patito de goma; quien, con un estridente “¡Cuac, cuac!”, me saludó, aunque aún yo no tuviera el gusto de conocerlo.
Alarcón
14 de Junio 2017 / 21:11

La bolsa 14 de Junio 2017 / 21:11
Alarcón
         Taller17 de Junio 2017 / 09:50
         Mónica Brasca

 

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