Día 1 (Tallerista: Elisa de Armas)
Caos (por Chester Truman)

Hoy se cumple el septuagésimo quinto día sin parar de llover. La ciudad está anegada, y los paraguas ya solo sirven para clavarles la punta en el gaznate a los que intentan salir a flote. Noé se anuncia con ofertas irresistibles para llenar su arca, pero va listo: somos supervivientes, pero nos jode que nos traten como a animales.


Día 2 (Tallerista: José Luis Velarde)
Capitalismo salvaje (por Sinsajo)

En nuestra ciudad llueve durante todo el año, por eso no es de extrañar que una de las profesiones más prósperas fuera la de paragüero. Y digo fuera, porque desde que doña Gertrudis entrara al negocio, todos nos hemos visto forzados a bajar las persianas. Es que no hay manera de competir contra sus paraguas con arcoíris incluido.


Día 3 (Tallerista: Juan Manuel Montes)
De extremo a extremo (por Emi Lázaro)

"El hombre del paraguas sólo viste de medio cuerpo. Su perfil se adapta a los rascacielos, de él se descascara una linea, muy fina, que lo talla desde sus rígidas piernas hasta su cuello invisible."






Día 6 (Tallerista: Daniela Truman)

Una geisha (por Black dot)
La diminuta mujer camina como dando saltos cortos y rápidos. El dolor de sus pies vendados y deformes es una tortura. Nadie sabe que trabajó para Madama Ohurí, quien yace muerta en la casa de geishas gracias a una herida abierta con un finísimo paraguas. La mujercita llora mientras el blanco maquillaje de su cara se corre. Sostiene en una mano el parasol, con el que cometió su crimen y que contemplado desde lo alto de la colina, parece un punto negro que se va recorriendo entre la muchedumbre como marcando espacios decimales.

Cosmopolita (por Gata Blues)
En aquella ciudad de matices los paraguas se tornaban espejismos: nunca llovía a gusto de todos.


Día 7 (Tallerista: Carlos de Bella (Sapo))

Defecto de fábrica (por Rudolf)

La lluvia me sorprende a media mañana, anegando callejones, avenidas y plazas. Turistas y locales se agolpan en el bazar chino para comprar paraguas. De repente, bandadas multicolores danzan sobre mis tejados: apenas les sacan la funda de nailon, despliegan sus alas y echan a volar.


Paragüeros (por Proserpina)

Hoy es un día especial, de esos que invitan a salir a dar un paseo. Las torres de los edificios siguen en pie, y yo no veo que tenga que quedarme toda la tarde en casa. Ahora, sólo tiene que llover, a ver si con la nueva temporada nos echamos un pulso [*].


[*] De uso común en mi dialecto hispano, la cosa está de poner a prueba la capacidad de uno para tomar impulso.

Dilema chino (por Regaliz)

Me citó en la puerta de un bar en la zona de bancos, con una original consigna: “voy a tener en la mano un paraguas negro destartalado”. Hace veinte minutos que, desde la vereda de enfrente, estoy tratando de elegir a qué señor abordar, de entre todos los que esperan debajo de la marquesina a que pase el aguacero.



Día 8 (Tallerista: Tequila)
INMERSA EN UNA GRAN CIUDAD (por Gata Blues)
Esta noche, los fantasmas han acudido a mi almohada. Las farolas abrazan a sus almas sonámbulas y yo despliego mis emociones bajo mi paraguas atrapasueños: por algo me protege del terror de una velada insomne.


Éxito póstumo (por crispín)

El monumento a don Aniceto Garnedo Mendizabal, excelso poeta local, se
ubicó en un coqueto jardín, situado en el centro de la plaza rotulada
con su nombre. La escultura del vate es de una absoluta fidelidad, con
su abrigo y bufanda, un paraguas abierto en la mano derecha, con el que
se cubría de la lluvia, y un poemario en la izquierda, con sus
composiciones que recitaba día tras día para quién las quisiera oír. El
libro está ejecutado con tan primoroso detalle, que en él se pueden
leer sus poesías más renombradas: "A ti, amada mía" y "Mi ciudad".
Desde su inauguración, durante los inviernos lluviosos que caracterizan
Navalpernado —su pueblo natal—, niños y adultos y no pocos turistas, se
resguardan bajo el paraguas de bronce de don Aniceto. Nunca antes había
leído tanta gente sus poemas.


Nocturno (por Sinjajo)
Cuando se largó a llover, buscó algún reparo; pero las casas, pegadas hombro con hombro, carecían de cualquier gesto amable. Entonces descubrió que había un paraguas en medio de la calle. De tres zancadas llegó hasta él, lo abrió y volvió sobre sus pasos. Era un buen paraguas, como los de antes, con asta y mango de madera. Agradeció su suerte y caminó sin apuro. Poco le importaba que ahora lloviera a cántaros: bajo aquel paraguas la lluvia le parecía una cosa lejana, que sucedía en otra parte. Al cabo de unas cuadras notó que un hombre caminaba a la par de él, pero en la vereda de enfrente, y que no llevaba paraguas. Apretó el paso, y el otro hizo lo mismo. Aminoró la marcha, y el otro volvió a imitarlo. Bufando, se detuvo y se acercó al cordón de la vereda. El otro también se acercó. Y de repente se sintió intimidado por aquella mirada aviesa y sin fondo. Aun así, se cargó de valor.
—¿Qué quiere? —le dijo.
—No se trata de lo que yo quiera, sino de lo que usted me va a tener que pedir —le respondió el otro, y desapareció al amparo de un relámpago.
Poco después, al llegar a su casa, el hombre intentó, primero, cerrar el paraguas, y luego, como no lo conseguía, dejarlo en la calle. Mas ahora el mango era una mano que oprimía con creciente fuerza a la suya. Azorado, apartó la vista, y volvió a ver al otro, en la vereda de enfrente, jugando con un bisturí entre los dedos de su única mano.
Entonces, dejó de llover.

OCHO DE MAYO (por Esleongo)

No llovía, pero la niñera mágica descendió de los cielos agarrada a su paraguas y aterrizó en una populosa calle de Nueva York. Los sorprendidos conductores y transeúntes, al ver que se trataba de Julie Andrews, siguieron su camino desencantados porque no vieron a Mary Poppins.

ARTESANÍA DE LUJO (por Rudolf)
La fábrica levantó la economía de Villantique. Sus paraguas, que conjugan la elegancia de los flamencos y el colorido de las mariposas, despliegan frente a la lluvia unas protectoras alas de albatros. Aunque sus precios desorbitados solo están al alcance de gente de fortuna, las ventas nunca decaen. Escurridizos como salmones, vuelan de regreso al lugar de origen cada vez que sus propietarios los extravían.

SELVA SECA (por Cero)
Se reconocer cualquier forma de arte, por eso compré aquellos paraguas. Los pobladores han hecho trazos maravillosos y llenos de color en cada uno.
Mi exhibición es buscada por las grandes galerías.
¿Del pueblo? ni me pregunten, es un lugar seco, infernal. Ya nunca llueve, por eso plasmaron las figuras en los paraguas, como peticiones, ruegos. El único líquido que riega esa tierra son sus lágrimas.


Día 9 (Tallerista: Lucía Casas Rey)
La ordenanza (por Anubis)
Una multitud se había reunido al pie de un par de edificios. No soy hombre de seguir los hábitos de las multitudes, pero me detuve y levanté la cabeza a imitación de mis congéneres. Un hombre, paraguas en mano, recorría sobre un alambre la distancia entre ambos edificios.

—¡Pobrecito! —exclamó una mujer a mi lado—. Ya llegó la policía.

—Sí, me temo que va a ir preso —dije.

—¿Ir preso?... ¡No! ¡Le van a cortar la cuerda!

—¿De qué está hablando usted?

—La ordenanza 9083, en su artículo 56, inciso C, dicta que: «Nadie usará los edificios para caminar sobre un alambre, so pena de cortársele, en pleno uso del mismo, el susodicho alambre».

—¡Eso es una locura!

—Así son nuestros concejales, caballero; siempre tan atentos a las necesidades de la comunidad. —Y levantando los brazos, agregó:— ¡Miré! ¡Qué rapidez cuando quieren!

Puse una mano en visera y observé que, efectivamente, uno de los policías se disponía a cortar el cable.

—¡Hay que hacer algo! —grité.

—¿Pero qué? —dijo la mujer mientras se persignaba.

Entonces la cuerda ganó el vacío y fue a parar, como un latigazo, sobre la cara del otro edificio; pero el hombre permaneció allí, flotando en el aire, riéndose de la autoridad, hasta que, tras hacernos una gentil reverencia, cerró el paraguas y se dejó caer lentamente hacia el cielo.

La multitud vitoreó al funambulista, yo invité a mi interlocutora a tomar un café, y, claro está, los concejales derogaron, aquel mismo día, la ordenanza 9083.


Día 11 (Tallerista: Carlos Bortoni)
La huelga (por José Álvarez)

Cayó la primera gota. Todo estaba listo. ?? Era el momento preciso para demostrar a la ciudadanía su vulnerabilidad. Conocían las consecuencias, sin embargo, resistieron de forma estoica a los ruegos humanos. Ese día lluvioso, cuentan que, por algún extraño motivo ningún paraguas en la ciudad se abrió.


Paraguas cosmopolita (por Gata Blues)

Básicamente, no salgo si no llueve.


Reporte meteorológico (por Black dot)

Una lluvia de palabras se cierne sobre mi cabeza. Abro el paraguas y ellas resbalan hasta caer al vacío. Estiro la mano para coger una, pero no atrapo nada. Es así como escurre esta historia.

Domo (por Malvadisco)
Cayó del espacio exterior y cubrió la ciudad como una cúpula impenetrable. Adentro, quedaron los gritos, llantos y oraciones que se fueron extinguiendo a la par del oxígeno en la ciudad aislada. Mientras tanto, un despistado dios estelar buscaba el paraguas que le había arrebatado una ráfaga de viento cósmico.



Día 12 (Tallerista: José T. Espinosa-Jácome)
Remake (por Noé)
Un polvo blanquecino ensabanaba Nueva Sodoma. Sin haber derramado una sola gota, la estación de lluvias estaba por finalizar cuando, al fin, se dibujaron unas nubes prometedoras en el horizonte. Durante cuarenta días y cuarenta noches llovieron paraguas.



Día 16 (Tallerista: Miriam Chepsy)
En celo (por Noé)

Apenas comienza la lluvia, se encabrita impaciente y no me queda otro remedio que sacarlo a recorrer la ciudad. No piense que soy yo quien elige el camino, es él quien se encarga de dirigir mis pasos, siempre por los bulevares concurridos o las calles más comerciales, para fingir encontronazos como este. Si le desobedezco, engarfia el mango alrededor de mi muñeca hasta hacerme daño. Incluso ha sido capaz de volver sus varillas hacia mí, amenazando con introducírmelas en los ojos. Sabe bien lo que busca. Sus preferidas son las de mango de marfil, tejido de raso y colores pastel, justo como la suya. Fíjese, señorita, parece que ella no lo mira con malos ojos. ¿No cree que deberíamos dejarlos intimar? En el paragüero de esta cafetería, por ejemplo. Así mientras ellos disfrutan un ratito, usted y yo, bien resguardados, compartimos una taza de té.


En una esquina (por Esleongo)
–¡Alto ahí, no se mueva! –le gritó el aparecido ladrón de pacotilla a su pasmada víctima, una anciana como de 80. Ella, incapaz de huir, sacó fuerzas de entre sus arrugas y sorprendió al asaltante propinándole repetidos golpes con su paraguas. El hombrecillo, sin poder reaccionar, le gritó adolorido desde el piso:
–Llévese lo que quiera señora, pero por favor ¡déjeme el paraguas!



Día 18 (Tallerista: Carmen Simón)
LA CHICA DEL PARAGUAS (por Lepes)

A la hora de la siesta, la ciudad era un horno. Y yo me estaba cocinando
en la esquina de Lavalle y Belgrano, cuando vi que una chica venía
caminando hacia mí con un paraguas abierto. Con este sol eso no tendría
nada de extraño, si no fuera por el hecho de que llovía dentro del
paraguas. Era una lluvia tenue, de esas que mojan al cabo de un rato.

—¿No sabés si ya pasó el 223? —me preguntó.

—Debe pasar en cualquier momento —demoré en responder.

La chica giró una perilla en el mango del paraguas y la lluvia se
incrementó de manera considerable. Se le veía tan a gusto que dolía.

—¡Qué sol para esta esquina sin sombra! —dije chambonamente al tiempo que me secaba el sudor de la cara.

—Si no te importa mojarte… —me susurró la chica, haciéndome un lugar bajo el paraguas.

Y de repente oí mi nombre como un eco lejano, y sentí que me zamarreaban y que me palmeaban las mejillas. Era la impuntual de mi novia.

—¡Estás empapado!, ¿qué te pasó? —dijo.

—No le pregunté cómo se llamaba —atiné a contestar.

—¿Cómo se llamaba quién?

—¡La chica del paraguas! —exclamé, mientras la observaba ascender,
completamente seca, al 223.


DESTINO MARCADO (por Liquidambar)

La gitana me lo dijo clarito: “en tu próximo viaje, siguiendo las pistas
de los paraguas abandonados, llegarás a las puertas del amor de tu vida. Él
te dará a elegir, entre los paraguas más bellos, amplios y fuertes que
jamás hayas visto, al que te cobijará para siempre”.

Fiel a la consigna, recorrí toda Londres hasta dar, en New Oxford Street,
con James and Sons, fabricantes desde 1830. Mi corazón dio un brinco ante
la clara señal de sus vidrieras.

De aquí no me muevo hasta que abran pasado mañana lunes, a las 9 en punto.


EL AMIGO (por Berto)


Desde las alturas, lo sigo observando mientras cobija a otros ingenuos.

Era mi mejor compañero. Juntos nos reíamos de los que se mojaban. Hacíamos mofa y diversión de cualquier tontería.

Una tarde de octubre, bajo esa lluvia eterna y cansina, sentí frío en las entrañas; él quiso aliviar mis soledades, ayudarme a aventar penas. Comenzó a cerrar sus varillas hasta abrazarme cada vez con más intensidad.

Noté cómo crujían mis huesos. Intenté soltarme, pero su fuerza me superaba. Finalmente, caí exánime y él voló.


DIFERENCIAS DE CLASE (por Black dot)

Desde que se ven en la playa las cosas no han sido nada sencillas. Los resentimientos debido a la ocupación y quizás a la clase social a la que pertenecen los separa, como si fuera una brecha larga y ancha. Todos los segundos en la historia del mundo han sido para llegar aquí y ahora, cuando un viento poderoso arranca al parasol de la arena y lo conmina a dar tumbos de borracho, mientras el paraguas se aferra a la mano de su dueño, doblándose, pero sin jamás romperse.


EL PACTO (por Crispín)
Habían profetizado que iba a empezar el segundo diluvio universal y, cuando comenzó a llover, Eón salió de la ciudad costera camino de la sierra. Solo llevaba su paraguas de siete varillas, que él mismo había embellecido con los colores del arco iris. La lluvia arreció y a lo largo del camino fue dejando un rastro de colorido inconfundible. El sol entonces apareció entre las nubes y escampó.


Día 19 (Tallerista: Fernando C. Pérez-Cárdenas)
Vendedor de paraguas (por esleongo)

Preciso cuando empieza a llover, se instala en una concurrida calle de la ciudad. Con su larga perorata, informa a los transeúntes de las bondades de su producto, sin dejar nada al azar: les habla del eje central, de la variedad de colores, que son impermeables, que sirven para no mojarse, y de cuanta cosa. Cuando termina, ha dejado de llover y nadie le compra.


Día 20 (Tallerista: el aguila descalza)
Primavera (por Malvadisco)

En la plaza de la lluviosa urbe, se pasean los paraguas de negro. Entre las montañas de edificios, asciende el sol. Las sombrías cubiertas se cierran en un puño de varillas y tela, y las antes cabizbajas conteras de acero inoxidable se elevan al percibir el cálido aire impregnado de feromonas que circula por las bocacalles de la ciudad. De las alamedas, emergen cientos de coloridas sombrillas que se abren para recibir los pistilos metálicos de los paraguas.

Critica de la sombrilla (por Black Dot)
Me dicen que las cosas tienen alma. Una taza que se emociona al rozar nuestros labios quizá la tiene; un cepillo que peina nuestro cabello; un cajón que, al abrirlo, te saluda con su boca abierta como la de un perro feliz. Sin embargo las sombrillas son como un gato casero. Ignoran con pasmosa soberbia incluso cuando existe esa intimidad entre objeto y dueño. Aunque llegan a estar tan próximas a nuestra cabeza y corazones, uno nunca sabe lo que sienten.


Paraguanón (por Gata Blues)

Puedo cantar una canción alegre, pero sólo me da por llorar en esta velada triste sin acordes. Ahora, lo único que hago es castigar su conducta, bajo la premisa de mi acusación particular: salir sin él, mi paraguas, aunque llueva a cántaros, no es una de mis mejores opciones. No voy a dejar que se justifique con aquello de, "qué maldita historia es esta de inundar la ciudad", si, total, son unas lagrimitas de nada.


Gral Macario Piedra
27 de Julio 2017 / 14:27

Recopilación del concurso de mayo de 2017 27 de Julio 2017 / 14:27
Gral Macario Piedra
         Espero archivo para veredicto27 de Julio 2017 / 15:53
         Eneas
                  sin titulo27 de Julio 2017 / 18:01
                  Gral Macario Piedra

 

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