Convencidos de que el primer amor marca para siempre a la mujer, los habitantes de Céfiros rivalizaban en ofrecer a Dánae joyas y objetos labrados en el oro más fino. Muchos, desde el tirano Policdetes hasta algún humilde pastor, se vanagloriaban de haberla seducido. Mas lo cierto es que ella solo gozaba el placer del sexo cuando, desnuda sobre el suelo de la azotea, introducía su mano entre las piernas y separaba con delicadeza los labios para que la lluvia la penetrara hasta lo más profundo.

Lo que, tal vez por temor a la furia de Zeus, guardaba en el mayor de los secretos era que la que la hacía estremecerse entre gemidos, hasta desfallecer, no era la que acompañaba al rugido de la tormenta, sino esa menuda y suave que los asturess llaman orvallo.
Perseidas
14 de Agosto 2017 / 05:05

No es oro... 14 de Agosto 2017 / 05:05
Perseidas
         Ruego a la señora tallerista tenga en cuenta esta versión14 de Agosto 2017 / 10:19
         Perseidas
                  Taller17 de Agosto 2017 / 12:18
                  Mónica Brasca

 

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