Guardaba sus libros en la mochila y abandonaba el aula mientras él recogía los trabajos de los alumnos y ponía en orden la mesa. Cada día se cruzaban al salir del colegio, en la cafetería, en la cola de alguna tienda o cruzando una calle, pero era un amor prohibido. Ninguno de los dos dio el primer paso. Nadie, ni ellos mismos, podían permitir que saliera a la luz lo que sentían.

Ahora cada día ella va al cementerio, a llevarle flores a su madre, a su hermano o a una amiga fallecida unos años antes y, al terminar la visita, deja caer una rosa en la tumba del profesor, con cuidado de que no la vean, no vaya a haber malentendidos.
Crispín
05 de Noviembre 2016 / 15:02

Nov. 3 - Fidelidad 05 de Noviembre 2016 / 15:02
Crispín
         ¡Vaya, me ha sorprendido! (Nov. 3 a las 12:39)05 de Noviembre 2016 / 15:51
         Giulianna A.

 

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