La espera ha merecido la pena. El que ha vuelto no es aquel amante impaciente y desmañado que partió hacia Troya. Ahora Odiseo se desliza en su lecho con sigilo felino y una lengua anhelante que llena cada uno de los huecos de su cuerpo, como si una hechicera la transformase en lengua de can. A veces la hace convertirse en una diosa impúdica, sabia en conceder al amante mil caprichos secretos aprendidos durante largos años; otras la trata con la ternura que los hombres experimentados regalan a la más inexperta de las vírgenes. Creed que a ella no le importa que, en el delirio, la llame con nombres extraños: Circe, Calipso, Nausicaa. Cierto es que aprovecha cada ausencia del marido para entregarse sin recato no solo a sus antiguos pretendientes, sino también a campesinos, marineros y pastores, mas no que la muevan los celos o el despecho. En su corazón generoso no anida otro deseo que el de transmitir a todos y cada uno de sus súbditos varones la nueva sabiduría, contribuyendo así a la mayor felicidad de las itacenses
Rudolf
18 de Agosto 2017 / 18:06

Apostolado regio 18 de Agosto 2017 / 18:06
Rudolf
         Seleccionada22 de Agosto 2017 / 11:37
         Carmen Simón

 

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