Llevábamos meses preparando el cumpleaños. La abuela se apuntó a un taller para aprender a tricotar, aunque siempre ha odiado las labores, y le tejió un jersey a rayas de colores. Papá y sus tres hermanos ensayaban a escondidas en el cobertizo donde se guardan las herramientas del jardín que ahora nadie usa. Mamá hizo la tarta, decorada con un cielo de mermelada y árboles de mandarinas. Vera y yo, con el primo Dave, colocamos las velas. ¡Sesenta y cuatro! Tuvimos que ayudarle a soplar, porque todavía no tiene bastante fuerza. Aunque las va recuperando, porque cuando aparecieron papá y los tíos con las pelucas tocando esas canciones antiguas que tanto le gustan, el abuelo empezó a llevar el ritmo con el pie derecho, que es el que puede mover. Fue la primera vez que nos sonrió desde el día que le dio el paralís. Pero después, cuando nos quedamos a oscuras porque la guitarra del tío George hizo un contacto y papá fue a arreglar los fusibles, vi cómo le caía una lágrima por la mejilla manchada de azúcar.
Circe
20 de Septiembre 2017 / 13:18

Cumplir los sueños 20 de Septiembre 2017 / 13:18
Circe

 

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