Salí a pasear con Firpo, mi perro. Al llegar a una esquina casi choqué con ella. Me sonrió y le correspondí. Tomó la misma dirección y me preguntó si iba al parque, a lo que asentí y seguimos platicando. Recuerdo lo que dijimos, mas no nuestras voces. Podría afirmar que era telepatía, pues en tan solo unas cuadras tuve la sensación de conocerla desde siempre. Continuamos hasta que perdí la noción de dónde estaba. Firpo iba adelante, sin distraerse, como si conociera el camino. Llegamos frente a un portón, detrás del cual había una enorme finca con una construcción antigua. Caminamos hasta un salón con un gran boquete en el techo y unos sillones viejos donde nos sentamos. Nos fundimos en abrazos, caricias y besos. Me desvistió y yo a ella; nos recostamos e hicimos el amor. En el éxtasis, perdí el sentido del tiempo y la realidad. Más tarde ella empezó a elevarse mientras yo intentaba retenerla. Le pregunté si volvería a verla. Respondió que la respuesta debería encontrarla en mí, no en ella y desapareció por el agujero.

Al regresar a casa, me entero que han pasado dos días. Oigo ladridos de Firpo quien me insiste en salir. Al hacerlo, corre en dirección de la calle, desde donde ladra, invitándome a seguirlo. Camino hasta donde nos encontramos días atrás y la veo venir: alta, delgada, pálida, envuelta en una túnica. Su apariencia me evoca a la muerte, o a la vida eterna a quien, parado en la esquina, espero con ansia de enamorado.
José M. Nuévalos
26 de Noviembre 2016 / 11:27

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José M. Nuévalos
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         José M. Nuévalos

 

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