Sabía que los cincuenta Euros en su cartera no eran suficientes para comprar los regalos de sus hijos. Desilusionado, deambuló por las calles hasta encontrar un teatro donde un afamado mago daba una función esa tarde. Compró un boleto de treinta Euros en primera fila y guardó el de veinte que recibió de cambio. Llegado el momento, se ofreció como voluntario para el acto de adivinación. Al ser requerido por el ilusionista, tomó el billete, lo mostró al público a sus espaldas y lo puso en una de sus manos. El mago adivinaría lo que había en ella.
—Veo… veo que tiene un billete en su mano izquierda —dijo desde el escenario.
—Sí, es verdad —respondió él —. ¿Podría decirme de qué denominación?
—Quinientos Euros —afirmó el mago sin dudar.
—No, se equivoca — respondió al instante —. En realidad es más pequeño —admitió enseguida.
—El que se equivoca es usted, querido amigo. Vea bien, por favor, se lo suplico. Yo nunca miento ni fallo.
Abrió la mano y, en efecto, se trataba de un billete de quinientos Euros, y lo mostró incrédulo al público que, sorprendido, aplaudió el acto. Desde entonces, cada diciembre, cuando el mago se presenta en la ciudad, acude a su función con un billete de cincuenta Euros y un disfraz diferente, compra un boleto de treinta en primera fila y se ofrece como voluntario. Es una estupenda inversión.
Septentrión
12 de Diciembre 2016 / 03:07

Mágica inversión 12 de Diciembre 2016 / 03:07
Septentrión

 

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