Quería escribir sobre el invierno, pero sin caer en los tópicos —blanca nieve, rocío de la mañana, aire gélido que corta la cara— y, desde luego, quería obviar la Navidad. Con ello descartaba el noventa por ciento de las ideas que se me habían ocurrido, por lo que salí de casa y me fui al parque para, imbuido en el ambiente invernal, buscar la inspiración.
El parque estaba vacío, los dos grados bajo cero de esa mañana no invitaban a pasear, pero a pesar de ello, me senté en un banco, cogí mi cuaderno de notas y un lápiz y me dispuse a esperar a que se despertara mi imaginación. Pasaron las horas y allí seguía, sin moverme, con la seguridad de que antes o después la primera palabra quedaría plasmada en el cuaderno y tras ella el relato vendría solo. Pasó el día y la noche y, al amanecer, cayó una nevada que me cubrió totalmente.
Pocos días después todo reverdeció, pero yo seguía igual, quieto con mi cuaderno y su lápiz y cubierto por una marmórea capa de nieve. Entonces los vi llegar, se situaron a alrededor mía, un obrero puso una placa de mármol a mis pies y entre los aplausos del público, el alcalde inauguró el Monumento al Escritor Desconocido.
Crispín
15 de Enero 2017 / 01:09

Merecido homenaje 15 de Enero 2017 / 01:09
Crispín

 

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