Amanecía poco a poco, los colores ignífugos y gastados del invierno aún no tocaban las esquinas del mundo. Carlos pedaleaba débilmente su bicicleta raquítica, su boca era la chimenea de los trenes a vapor que veía cuando era niño, y sus piernas de triste locomotora lo acompañaban detrás lentamente. Sentía que el hielo del asfalto le trepaba las rodillas, lo escuchaba arañando esa vieja fractura de niño en su pierna izquierda y lo lamía cuando trozos de frío intragables, se apelotonaban en su garganta. Pero aún así continuaba, continuaba con el áspero chirrido de la cadena en su ciclo de engranajes, con el áspero reincidir del viento sobre sus nudillos.
El invierno de sombras blancas, había tocado con su dedo de insomnio a los árboles. Amanecía, las penúltimas estrellas guardaban para mañana sus luces de neón, mientras que las gotas que dejó el rocío se descritalizaban de a poco. Sus temblorosas piernas de cuarenta y quince años jamás se habían acostumbrado al frío de las mañanas de junio, cuando el sol se aleja del paisaje y se arrincona durante meses.
Delante se alzaban los cimientos de la casa, Carlos lenta y oxidadamente se bajó de su bicicleta, sacó sus herramientas de albañilería y se acercó al fuego. Alrededor cinco sombras se soplaban vaporosamente las manos. Ahora el sol se desperezaba en vetas rojas, anaranjadas y azules. Esos rayos y las llamas calentaban su tembloroso cuerpo. No tenía mucho tiempo, había que ponerse a trabajar.





Eleasar
16 de Enero 2017 / 05:31

Pelea diaria 16 de Enero 2017 / 05:31
Eleasar
         Taller21 de Enero 2017 / 10:33
         José M. Nuévalos
                  Gracias26 de Enero 2017 / 16:20
                  Eleasar

 

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