Tras los pases mágicos del taumaturgo, la cuerda se alzó, recta, hacia las nubes. Movido por la promesa de una bolsa de oro al final del cabo, el pequeño asistente subió por la soga. Arriba, el chico se topó con una planicie de hielo cubierta con vellocinos nevados. Al poner los pies sobre la helada superficie, el crujido animó los cientos de ojos azules y colmillos bajo aquel pelambre blanco. Yerto por el frío y el miedo, el niño intentó asir, sin éxito, el extremo salvador. Abajo, el ilusionista recogía la cuerda y, en una canasta, depositaba las miembros caídos del cielo. El marajá y su corte lo premiaron con una lluvia de monedas de oro, cuando el encantador extrajo del cesto, saludable y completo, a Ayan, el hermano gemelo del sacrificado.
Malvadisco
16 de Enero 2017 / 11:09

La cuerda india 16 de Enero 2017 / 11:09
Malvadisco
         Taller21 de Enero 2017 / 10:45
         José M. Nuévalos

 

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