EL SANTA TATUADO (tercer lugar)


Ana Laura Coronado Chiw
2018-01-17

El niño Jesús, harto de los villancicos con que titilaban las luces del árbol, se levantó de la rígida posición en que se encontraba y desconectó la serie musical para acabar con el sonsonete. Desde las pintadas pupilas en sus ojos cerámicos observó su pesebre. El reloj sobre la chimenea marcaba las 11:45. “Aún no he nacido”, pensó. Las demás figuras de la divina familia continuaban inmóviles bajo las ramas de Naviplastic. De sus dedos diminutos, el pequeño Mesías sintió que se le desprendía un milagro.

—¡Oh, no! ¡El primer milagro de Navidad! ¡Se me ha extraviado! ?lamentó el infante mientras revolvía el heno buscando la dádiva.

Un estruendo a sus espaldas le hizo perder el equilibrio. Su frágil cuerpecito fue a dar más allá del musgo, a las patas cóncavas de una mecedora en la que descansaba don Epifanio. Por fortuna el muñequito no se quebró. Tras la nube de polvo un Santa Claus cubierto de hollín salió aparatosamente de la boca del fogón.

—Estos ricos de ahora piden cosas cada vez más extravagantes. Bueno, ya estoy aquí. ¡Feliz Navidad, jo, jo, jo, jo!  

—¡Vaya, eres tú! ¡Qué susto me has dado!

—Jesús, ¿qué estás haciendo ahí? No deberías abandonar tu pesebre, se acerca la media noche y... espera… ¡Éste maldito bastardo!

—Tranquilo, Santa, recuerda: no maldigáis.

—¡El imbécil no dejó encendida la videocámara! ¡Más vale que no me haga entrar de nuevo por la chimenea!

—Habla más bajo, está dormido.

—¡Se supone que lo despierte con mi llegada! ¿Dónde está?

—Ahí, durmiendo en la mecedora.

Junto al anciano, sobre la encimera de la vitrina, un frasco de Seconal y una botella de whisky yacían a medio terminar. El Santa colocó sus dos dedos sobre la yugular del hombre para tratar de encontrarle el pulso.

—¡Demonios, Jesús, este hombre está muerto!

—Y sigues blasfemando.

—¡Mierda, me tatué para un cadáver!

—¿Cómo que te tatuaste? ¿Pues qué te pidió en la carta?

—¿Cuál carta, Jesús? ¿De qué carajos hablas? Ahora hasta mis alucinaciones están más piradas que yo.

—No soy una alucinación, me refiero a las cartas que recibes en el Polo Norte.

—¡Verga! ¡Ahora sí se me pasaron las tachas! A ver, a ver, pequeñín; yo no vivo en el Polo Norte. Soy un stripper que se disfraza para satisfacer a sus clientes.

—¿Estás diciendo que no eres el verdadero Santa?

—No soy, así como tú no eres real.

—Ah, ya entiendo, te está faltando la fe.

—No, lo que digo es que toda esta conversación es ficticia. Eres un producto de mi imaginación.

—Está bien, supongamos que sí soy el resultado de tu mente alterada por las drogas. De todas formas, quiero saber qué fue lo que te pidió Epifanio.

—Pues eso: que vestido de San Nicolás entrara por la chimenea, porque él iba a grabar mi llegada, y que le hiciera un striptease.

—Pero algo mencionaste de un tatuaje.

—Sí, dijo que me pagaría cuarenta y cinco mil si le bailaba desnudo y con el pito tatuado.

—¡Pero qué sádico! El dolor en esa área debe ser terrible.

—Más que tu jodida crucifixión.

—¿Puedo verlo?

Santa se desabotonó el grueso abrigo carmín que le ceñía el vientre. Se masajeó tres veces los genitales y se bajó los calzoncillos. Le mostró a Jesús su pene erguido con el glande tatuado a manera de gorrito. Bajo el surco balano un rostro regordete y bonachón hacía una mueca aún rojiza e inflamada. El resto del tronco estaba ilustrado con el cuerpo obeso correspondiente y seis flamantes renos tirando de un trineo trazado en los testículos.

—¡También es un Santa! ?exclamó divertido el pequeño Jesús.

—¡Pero esta puta comezón es insoportable! Sólo espero que no se me infecte.

En la penumbra, Santa vio un destello en el heno cuando intentaba vestirse de nuevo.

—¿Qué es lo que brilla ahí?

—¡Ah, claro! ?dijo Jesús?; ¡es el milagro!

El niño metió su manita en la gris maraña donde resplandecía la dádiva y la tomó entre sus dedos. Después se recostó en el pesebre. El reloj marcó las doce en punto.

—¡Rápido, dime qué quieres que te conceda! Voy a hacerte el primer milagro de Navidad.

Santa titubeó.

—¡Pronto! ?insistió el niñito de Belén?. ¿Quieres que te borre el tatuaje? ¿Qué resucite a Epifanio para que te pague? ¿O que lo deje muerto y te conceda el dinero?

Las doce campanadas terminaron de sonar. El indeciso Santa se desdibujaba. Jesús volvió a petrificarse. Don Epifanio se agitó en la silla, dio un sorbo al vaso de whisky y se levantó a conectar la serie de luces. El viejo villancico agudizaba su tintineo mientras el anciano se dirigía a su cuarto.

—Esta cosa, pega con madre, se dijo el hombre mientras se echaba una pastilla a la boca y daba otro trago al alcohol.

Ajeno a todo el drama ocurrido, Epifanio se arrebujó en su cama y volvió a dormir.