LA ÚLTIMA CRUZADA DEL ABUELO (primer lugar)


José Manuel Ortiz Soto
2018-01-19

Nadie sabe a ciencia cierta la edad del abuelo Julián. Debe tener cien años o más, pues le tocó la Revolución y la guerra de los cristeros. Desde que yo me acuerdo, el abuelo es una cosita inmóvil y enjuta, que llevamos y traemos de la cama al sillón, y alimentamos con papillas y líquidos. Ah, pero en cuanto suena en la radio o en el televisor el primer villancico de la temporada, el viejo abre los ojos y se despereza como si nada.

—¡Ah qué caray! ¡Me quedé dormido! ¿De qué estábamos hablando? —musita con un hilo de voz cristalina que poco a poco se va engrosando.

¿A qué se debe tal fenómeno? No tengo la menor idea, sólo sé que nos hace mucha gracia desempolvarlo y devolverlo a la familia, aunque sólo sea por unos cuantos días.

—No sabemos por cuánto tiempo seguirá siendo así —dijo mamá muy seria la otra tarde. Y luego sugirió que, para la cena navideña, los jóvenes organizáramos un evento, tipo pastorela, para dar la bienvenida al abuelo.

“O para despedirlo”, pensé.

Todos estuvimos de acuerdo con la propuesta de mamá, pero con la condición de que el abuelo participara en el sketch, y que éste fuera una sorpresa para todos los “grandes”.

—Está bien. Pero lo que sea que preparen, que esté acorde con la época del abuelito, para que lo entienda.

La participación del abuelo Julián en la obra sería involuntaria y, por lo tanto, sujeta a la improvisación. Y para que no fuera a despertarse antes de tiempo, le taponamos las orejas con cera de abeja y tapizamos las paredes de su cuarto con dobles tapas de huevo. Por si estas medidas no fueran suficientes, al lado de su cama había un reproductor mp3 en el que a toda hora sonaba todo género de música, siempre que no evocara la época navideña.

Al fin llegó el día del evento, preámbulo a la tradicional cena de Noche Buena. Después de un baño de esponja a conciencia, vestimos al abuelo como a uno de esos rancheros que salen en las películas del Indio Fernández. A falta de una carabina 30-30 o un máuser, tomamos prestada la pistola que mi primo Juan tenía escondida en su closet, y la fajamos en su cintura. Cuando todo estuvo listo, se abrieron las puertas del “teatro”, se dio la tercera llamada, y comenzamos:

Entra un Mensajero; se quita el sombrero.

—Por órdenes del señor presidente de la República, la Navidad tendrá algunos cambios este año.

El Sacerdote Católico se le queda viendo al recién llegado; se acomoda los lentes.

—De qué cambios estamos hablando, hermano…

—En lugar del nacimiento tradicional —el pesebre con los animalitos, San José, la Virgen, el Niño Dios y los reyes magos—, se levantará una pirámide mexica en honor al dios Quetzalcóatl.

Un grupo de indios, vestidos con penachos, huaraches y taparrabos, entran en escena empujando una enorme pirámide. Uno de ellos pregona:

—¡Pásenle, señoras y señores! ¡Traigan a sus niños! ¡Nuestro dios Quetzalcóatl tiene juguetes y dulces para ellos! ¡También habrá tamales y atole! ¡Pásenle!

En lugar de los tradicionales villancicos, se escucha de fondo musical el disco A la izquierda del colibrí, de Jorge Reyes y Antonio Zepeda: “Xopan cala itec, tzontecochotzin Zan tic moyahua in puyuma xochitli…”

El Sacerdote Católico está al borde del colapso; santiguándose, llega hasta el sillón donde descansa el abuelo.

—¡Don Julián! ¡Despierte! Sólo usted, nuestro héroe cristero, podrá salvar Navidad.

El anciano no se mueve. Sigue invernando. El Sacerdote se desespera y lo zangolotea. Desde el público, alguien grita:

—¡A don Juliancito hay que ponerle un villancico para que despierte! ¡Nunca falla!

El Sacerdote, cual maestro de coro, dirige al público:

“Campana sobre campana, y sobre campana una, asómate a la ventana, verás al Niño en la cuna. Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan ¿qué nuevas me traéis?”

El abuelo no despierta. El Sacerdote se dispone a darle una cachetada, pero la aparición de un Ángel lo contiene.

El Ángel se arrodilla junto al abuelo y con una cureta le quita la cera de abeja de las orejas.

El Sacerdote da las gracias al Ángel por su participación y dice al auditorio:

—Cantemos de nuevo: “Campanas sobre campanas…”

Mientras el público entona a todo pulmón el villancico, el abuelo Julián abre los ojos, repite aquello de que se ha quedado dormido, se despereza y se le queda viendo al Sacerdote Católico, que le dice:

—Qué bueno que despertó Don Julián. Fíjese que el presidente quiere acabar con la Navidad…

El viejo se pone de pie y medio se tambalea, pero consigue mantener el equilibrio. Camina en dirección a la pirámide. Quetzalcóatl, que soy yo, comienza a bajar por la escalinata: alto, rubio y barbado, el cuerpo cubierto de plumas de colores, seguido por sacerdotes mexicas, que traen los regalos para dar a los presentes.

—¡Detente! ¡No des un paso más o lo lamentarás! —brama el abuelo; su voz es la de un trueno.

—¡Nadie podrá detener el cambio! ¡Di no a las creencias y costumbres extranjeras!

—Si te detuvimos en 1930, también te detendremos ahora. ¡Viva el Niño Dios! ¡Muera Quetzalcóatl y Pascual Ortiz Rubio!

Y con un movimiento inusitado para un hombre de más de cien años, el abuelo desenfunda la pistola y corta cartucho; su ojo enorme me mira directo a la frente…

¡Puta madre! Olvidé revisar si estaba cargada.