EL SANTO PATRON DE LOS CONDENADOS DE LA TIERRA

Hermes trimegisto
21 de Abril de 2012 a las 13:41

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 Dwitch de Castellón imploró. Humilde rogaba un plácet para obrar milagros. El confesor fue definitivo:
—No es tal el camino de la beatitud. Lo que pides es un epítrofe para hacer Magia.
—Monseñor, me encomiendo al Espíritu Santo: Si dedico mis menesteres al Señor, si me flagelo, si hago oración, si me privo de lo nimio para dar de comer al hambriento, si santifico las fiestas, si soy humilde…
–Eso, hijo, no lo cumples. Lo que dices es soberbia.
–Sólo quiero ayudar al prójimo, no es fatuidad.
–¡Deseas ser taumaturgo. Como pretendes es ir contra la ley de Dios. ¡Es Él quien decide proveernos de su gracia! Deseas que los doctos acepten que la creatura humana desciende de los micos, que la tierra no es el centro de la creación, y por si no bastara pretendes resucitar a Iknatón.

–Monseñor, es por amor a mis semejantes. No ambiciono ser Papa.
–¡Insensato. Ensoberbecido insultas al representante de Dios en la tierra! ¡Con blasfemias sólo conseguirás la hoguera!

Fray Dwitch se recluyó en el monasterio. Luego marchó a las montañas a cumplir los sacrificios autoimpuestos. Murió a los treinta y tres años, entre privaciones. En la ermita lo encontramos meses más tarde, durante la primavera. Las aves trinaban en los matorrales aledaños. Las liebres y gacelas pastaban a su vera. Su cuerpo tendido permanecía impoluto con fragancia de lilas. Hacía dos años que todos sus milagros se habían comenzado a realizar.

Hermes trimegisto

 


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