Sergio
30 de Julio de 2012 a las 18:23
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—Atienda vuestra merced, señor Don Miguel, mire que las desgracias nunca vienen solas, que a pares y aun a cientos las trae el diablo. Todavía estaba caliente el cuerpo de mi amo cuando supe que Sanchica había escapado al monte en guisa de pastora por no sé qué nuevas que le llegaron de cómo la hermosa Marcela vive allí a su albedrío. Y dice la muchacha que no quiere pierna quebrada, casa, ni marido que la sujete, sino triscar por el monte y cuidar de sus cabras, y no consiente ni oír hablar del amor, pues por algo lo pintan ciego. Seguro estoy de que vuestra merced podría por su pluma procurarle un mozo con la gallardía de don Florismarte y la figura de don Amadís, que por los ojos entra el cariño como el yantar, unidas al ingenio y la firmeza de mi señor don Quijote, para que la regale y contente como merece. Ande, póngase pronto a ello, que está muy desmejorado y a mí, ida con mi amo la ilusión de la aventura, no me queda otra que la de vivir reposado junto a Teresa y esperar que los nietezuelos nos llenen de alegría la vejez.
—No os inquietéis, Sancho amigo, que no habrá para mí tarea mejor que la de favoreceros. Mas tened cuidado, no llegue el encargo a oídos de mis hermanas, ni a los de mi sobrina Constanza o mi hija Isabel. Bien hubiere yo querido pergeñar para cada una un paladín que les defendiese la honra, que de boca en boca van burladas con el mal nombre de las Cervantas. Pero, desta orilla del mundo, Sancho, no hay quien nos enmiende las historias, salvo Dios si le pluguiere, mas paréceme que no le place.
Sergio